Doce

La noche había llegado sin reparo al calor de los últimos días. Ernesto estaba parado al fondo de la casa debajo del nogal, contemplando el cielo estrellado. Su hija Inés lo interrogó curiosa al cabo de un rato: “¿Qué hacías?”. Él volvió de sus cavilaciones y mirando a la niña respondió resuelto: “Pido un deseo”.

“No podés hacer eso” contestó ella.
“¿No?… ¿Y por qué no?”
“Porque no se te va a cumplir. Solo podés pedir deseos cuando es tu cumpleaños, no podés pedir deseos en Navidad ni en año nuevo o cada vez que se te ocurra. No funciona así”

Inés era implacable en eso de las reglas. Ernesto sonrió, desprovisto de todo argumento.

“Ya que no se te va a cumplir, podes decirme” volvió a la carga la pequeña.
“¿Decirte qué cosa?«
“¡Tu deseo! ¿Qué habías pedido?”

Su padre hizo un gesto de sorpresa y luego respondió “Pedí…” pero la frase quedo silenciada por los fuegos artificiales y la sirena de los bomberos. Eran las doce de la noche. Todos comenzaron a saludarse y llenar las copas para el brindis.

Al poco tiempo, un cachetazo de imprevistos arrancó a Ernesto de ésta vida, dejando detrás como siempre (o como casi siempre), un tendal de personas abatidas, sin razones que justificaran lo que de todas formas no podía ser justificado. Y la dejó a Inés con la duda de ese pedido, ese deseo de aquél hombre, en esa noche de diciembre.

Treinta años más tarde, luego de varios años que la mantuvieron alejada por obligaciones laborales en un estudio de Buenos Aires, y personales junto a su hija Guadalupe; Inés decidió volver a su pueblo natal. La excusa eran las fiestas en la casa de su familia, pero las intenciones reales eran el poder estar nuevamente allí, en un intento irracional de acercarse al recuerdo de su padre, de sentirlo más cerca. La acosaba el hecho de buscar el lugar donde encontrarlo. Odiaba a quienes le repetían que ese lugar existía dentro suyo, porque ella buscaba sentirlo de una manera distinta e inexplicable y así recorrió viejas habitaciones, calles compartidas y hasta un banco de la plaza, testigo de incontables charlas entre ambos.

Se instaló en su viejo cuarto, con un colchón más para Guadalupe.  Su hija odiaba aquél sitio. Había nacido en la ciudad y la austeridad del pueblo le aburría los diez años que ya llevaba en su haber. Solo disfrutaba de las tardes en la pileta y el té helado que preparaba su madre.

La víspera de año nuevo, estuvo colmada de trabajos en el hogar. Inés conocía toda esa liturgia: la limpieza de la casa, la elaboración de las comidas, el armado de la mesa. Cada cosa se hacía con la destreza de una compañía circense que no dejaba librado el más mínimo detalle. Cuando estaba encaramada a la pileta lavando verduras, su madre hacía el repaso de tareas y allí procuró: “El pan lo trae Jorge, ya le avisé a la tía que no se preocupe”. Inés no conocía a nadie con ese nombre y ante su pregunta, le recordaron sobre el hijo de los Suarez, los vecinos de al lado con los que pasaban siempre las fiestas juntos. “¿No te acordás de Jorgito? Andaba todo el día con esa cámara, dale que dale”.  Jorge tenía unos pocos años más que Inés. Era un chico inquieto pero muy atento. Inés lo había olvidado y aquél comentario lo trajo de vuelta, como quien recupera un objeto olvidado de un viejo arcón. “¿Y que fue de su vida?” preguntó. “También se mudó a Buenos Aires, trabaja en una empresa, no recuerdo bien el nombre. Llega hoy al mediodía”.

Llegó luego del almuerzo. Inés discutía con su hija, la niña dentro de la pileta y ella mirándola a unos metros. “Te dije que esperaras a hacer la digestión, sabes que es peligroso” “¡Ay mamá por favor, no me voy a ahogar ni anda de eso! ¡Hace calor!” A lo lejos, Inés, escuchó a su madre: “¡Jorgito! ¡Tanto tiempo!”

Jorge estaba cambiado de aquel recuerdo que Inés evocaba. Sin embargo, la mirada era la misma. Se saludaron con la distancia de los años y compartieron sonrisas.
“Que tal Inés, que bueno verte”
“Lo mismo digo Jorge, lo mismo digo”.

Jorge entregó una enorme bolsa con el pan para la cena y algunos regalos que había traído para la familia. “No te hubieras molestado” insistió la madre de Inés.  “No es molestia para nada. Aparte mire lo que encontré, las traje por si quería verlas. Se las dejo cualquier cosa” y sacó de un bolso una caja pequeña de zapatos, que contenía varias cintas de ocho milímetros. “¿Se acuerda cuando filmaba doña?”. Inés miro aquellos rollos de cinta como una máquina del tiempo que le permitiría ir a otro lugar. A ese sin lugar que tanto buscaba, donde encontrarse con su padre, sus gestos y el timbre de su voz. “¿Tiene el viejo proyector aún?” preguntó Jorge. “Tiene que estar en el desván. Nadie lo sacó de allí en todos estos años”. Jorge se ofreció a buscarlo y preparar todo para ver algunas cintas luego de las doce.

Cuando la mesa estuvo lista, Inés le gritó a Guadalupe que saliera de la pileta y fuera a vestirse, que ya era tarde. Guadalupe le pidió quedarse un rato más, como siempre. “¿Para qué tengo que ponerme el vestido mamá? ¡Es solo una cena y hace calor!”. “¡Guada, por favor te lo pido!” suplicó su madre, frunciendo el ceño. Su hija se retiró al baño envuelta en una toalla murmurando por lo bajo.

Al cruzar la galería del viejo patio, Inés vió a Jorge que salía del cuarto de libros. Luego escuchó que hablaba con su madre y le decía que estaba todo listo, que la lámpara funcionaba y las cintas estaban en buen estado. Resolvió entonces meterse al cuarto y se sentó a leer los lomos de aquellas cintas. En cada una había un número y en la caja una lista con las referencias:

1 – Navidad ’85
2 – Día del trabajo ’85
3 – Reunión cumpleaños Marcos ´86
.. y así.

Inés recorrió la lista nerviosa. Tropezando con las letras mientras leía veloz cada línea. Solo buscaba una, hasta que la encontró: 18. Año nuevo ’87. Buscó el rollo en la caja y acomodó la cinta en el proyector, con una destreza torpe, pero a sabiendas del recuerdo de ver como lo hacía su familia en el pasado.

Cuando la película comenzó a proyectarse con los típicos manchones que dejaba el paso del tiempo en el celuloide, Inés no pudo contener una ansiedad que la abrumaba. Podía sentir el latido de su corazón bramando y la transpiración en las manos. El sonido de la voz de su padre quebró la suya, como un ardid inexplicable del tiempo que enmudece el presente ante la visión de un pasado. Las imágenes duraban unos pocos segundos, a veces un par de minutos, no mucho más y se sucedían una a una: la cena en familia, el tío que hablaba a los gritos, algún chiste de sobremesa. Todos instantes típicos de su familia o de cualquier otra. Pero ella esperaba un solo momento, y lo esperaba desde esa mañana, cuando su madre le hizo recordar a Jorge. Porque la primera imagen que evocó de él, fue la de un chico con la súper 8 en la mano, esa misma noche junto ella, a las doce. Y allí estaba todo proyectado, con la pregunta que retumbaba en el eco del infinito: “¡Tu deseo! ¿Qué habías pedido?”.

Pero una vez más, nada pudo escuchar. Un sonido abrumador que lo tapaba todo se repetía, cada vez que Inés detenía el proyector y desandaba el camino del tambor para rebobinar manualmente aquel instante. Solo veía los labios de Ernesto moviéndose, imposibles de descifrar todo cuanto habían dicho. Al detener finalmente la escena por un segundo antes de apagar la lámpara y ver a su padre mirándola agachado para lograr su altura, un sonido quebró el silencio: “Pidió que seas feliz Inés”.

Jorge estaba parado en el umbral de la habitación observado y repitiendo. “Esas fueron sus palabras. Pidió que seas feliz”. Inés no entendía y secándose la lagrimas que no paraban de brotar replicó: “Es imposible saberlo. No se escucha nada y tampoco se entiende que dice al mover los labios”.  Pero Jorge la interrumpió: “No, no es lo que haya en esa cinta. Él lo contó esa noche, más tarde, vos ya dormías. Se lo contó a mi padre, y yo estaba ahí junto a ellos. ¡Amaba contar todo lo que vos hacías y esa noche arrancó así: ‘la piba no me dejó pedir un deseo’ ¡ja! es brava mi hija’”

Inés se tapó la cara con las manos tratando de contener un mar de lágrimas. Lágrimas de tristeza y también de una felicidad inexplicable, por sentir que su padre estaba ahí con ella, nuevamente, en un lugar sin tiempo y sin espacio.

Antes de la medianoche llamaron a todos para el brindis. Inés hizo lo propio con su hija: “¡Guadalupe salí de la pileta hija, dale que van a ser las doce!” Y su hija que había abandonado el vestido y recuperado la malla ante la aprobación de todos y hasta de su madre a poco de haber cenado, se acercó secándose el pelo junto a la mesa del gran patio. Todos brindaron y se abrazaron. Cuando le tocó el turno a Jorge, pareció sostener a Inés por varios segundos, aferrándola a un instante que quiso atesorar para siempre. Inés por su lado, también hizo lo mismo. Luego llenó la copa y se fué caminando en dirección al viejo nogal, a ver los fuegos que iluminaban el cielo, anunciando el comienzo de un nuevo año. Todos los demás siguieron en torno a la mesa cortando turrones y repartiendo frutas secas. Solo Guadalupe siguió los pasos de su madre observándola y preguntándole finalmente: “¿Qué hacías?”. Inés abrazo a su hija y le susurró al oído: “Cumplo un deseo”.

« I wish I was a radio song, the one that you turned up”
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