Ballenas

Antonio Quevedo llegó a Puerto Madryn un miércoles por la mañana. Fue invitado por el Centro Nacional Patagónico (gracias a sus reconocidos trabajos de campo en el estudio de la fauna marina), para investigar un extraño comportamiento en las ballenas francas de la zona.

Los gigantes mamíferos habían comenzado a mostrar recorridos erráticos, interacciones infrecuentes con sus congéneres, e inclusive a emitir sonidos incomparables a otro registro previo. Luis Funes, director del centro y amigo de Quevedo, no dudó en llamarlo para solicitar su colaboración.

En el aeropuerto lo recibió Julián Barza, un pasante del centro al que habían designado como chofer durante toda su estadía. Cargaron una única valija y partieron rumbo a Puerto Pirámides, donde se encontraba asentado el laboratorio de operaciones. Quevedo no apartó la mirada del paisaje en todo el camino, recordando su último viaje por aquel sito. Al entrar en el pueblo, le llamó la atención unos grandes molinos, casi sobre la costa. “¿Y esos molinos?” preguntó. Julián le contó que se llamaban aerogeneradores. Los mismos que había al norte de Trelew, desde hacía ya varios años. “La empresa prestadora, arregló con el estado para ponerlos”. Quevedo preguntó si sabía qué suministro eléctrico aportaban. “Ninguno por el momento” –respondió Julián- “Aún no están operativos. Están en uso, pero no están inyectando la energía generada. Iban a hacer pruebas en estos días creo. Igual tiene que quedar todo listo antes de fin de año ¿sabe?, por cuestiones políticas según parece”. Antonio asintió repitiendo: “Cuestiones políticas”.

Llegó al departamento presa de un fuerte dolor de cabeza. Jamás se había acostumbrado a los aviones y siempre le había costado lidiar con los efectos de esos traslados. Tomó un par de analgésicos y aguardó a que le hicieran efecto, contemplando el paisaje por la ventana. Un inmenso mar azul y la hilera de molinos girando a lo lejos. Decidió recostarse, sumido en un sueño que lo perseguía incesantemente.

Al levantarse, poco antes de la hora en que lo pasaran a buscar, un calor insoportable le surcó toda la cabeza, desde la nuca hasta los párpados. Se tapó la cara con ambas manos y se sentó al borde de la cama, aguardando a que pasara. Como un trueno y sin aviso previo, un manojo de recuerdos sepultados cobraron vida y desataron en él un vendaval de imágenes y sonidos; una producción de ilusiones sensoriales que lo invadían todo. Al rato golpearon a su puerta, él pidió que lo aguardaran; se mojó la cara y salió a la calle.

En los días posteriores Quevedo fue dividiendo las jornadas internándose en el mar por la mañana y estudiando datos por la tarde, analizando patrones, formas, estadísticas de esas aguas y de otras partes del mundo. Verificando registros sonoros con tomas efectuadas en todos los mares del planeta. Pero nada se asemejaba a eso que sucedía en esas costas. “Las ballenas se han vuelto locas” decía Funes, esperando la risa, o la aprobación de Quevedo, quién solo observaba y buscaba, entre su dedicación y el tormento de voces e imágenes de un pasado improbable.

Algunas tardes, agobiado, decidía salir a caminar. Necesitaba ordenar todo minuciosamente en su cabeza; pero le era imposible. No podía hacerlo. Estaba  acosado por esas visiones que iban y volvían una y otra vez, como el mar, mojándolo todo; empapando su ser de rostros, voces, risas y llantos. Una y otra vez Quevedo terminaba perdido en recodos desconocidos de su mente y de aquel pequeño pueblo, tratando de alinear sus pensamientos y volver al trabajo.

Finalmente un día se presentó en la oficina de Funes quien lo recibió con un fuerte abrazo: “¡Antonio! Vení, decime a que debo tu visita” Quevedo fue directo al grano. No era un hombre que diera vueltas al asunto, no solo por honesto sino por falto de recursos al momento de hablar por gentileza. “Funes, he fracasado. Lo siento pero mi trabajo no ha dado sus frutos. No sé que les pasa a esos animales. Apenas puedo pensar acá. Me es muy difícil. Creo que estoy exhausto y lo mejor va a ser que de un paso al costado” Funes sabía como trabajaba su amigo y tenía la certeza de que no podría convencerlo de otra cosa. Le prometió llevarlo al aeropuerto personalmente en cuanto coordinara un vuelo de regreso.

Esa misma tarde, al volver hacia Puerto Pirámides y nuevamente junto a Julián, observó que los molinos estaban detenidos. El chofer, mirando a su pasajero le comentó: “Parece que están haciendo algunas pruebas finales. Mañana deberían conectarlos a la línea de energía principal”. Quevedo asintió y quedó absorto en su cavilaciones como de costumbre. Al bajar del auto, en la puerta del restaurante donde solía cenar cada noche reparó en que no había tenido en todo el día ninguna migraña, mareo ni nada que lo aquejase. Volvió en sus pasos y le gritó a Julián que estaba arrancando el auto: “¡Pibe esperá! ¡Lleváme al laboratorio, urgente!”. Esa misma noche a las tres de la mañana Funes se despertó de un salto por un incesante llamado a su teléfono. Del otro lado de la línea estaba Antonio quien sentenció sin siquiera mediar saludo alguno: “Son los molinos”.

Recién a la mañana siguiente explicaría en su informe que la rotación de los molinos, en las condiciones que estaban asentados y con el trabajo del viento, generaba ciertas frecuencias imperceptibles pero claramente perturbadoras para las ballenas. La comprobación que pudo dar nunca fue teórica, todo análisis matemático nunca terminó de hallar un modelo finito y único (de hecho sigue siendo materia de estudio hasta hoy), pero la hipótesis sí fue avalada empíricamente. Al prender aquellas torres con sus largas aspas en marcha, las ballenas se volvían locas, y Quevedo volvía a ser presa de su laberinto.

El centro solicitó formalmente la suspensión del parque eólico. Solicitud que fue rechazada por “falta de pruebas formales”. Funes y una comitiva de científicos elevaron una demanda a la empresa que llevaba el emprendimiento y ciertas autoridades del municipio que lo habían autorizado. Gracias a dicha demanda y la exposición mediática que recibió el tema por parte de algunas fundaciones de vida salvaje, el proyecto fue cancelado.

Luego de finalizar las pruebas y un abultado informe, Antonio cargó la valija en el baúl y se subió al auto, de regreso al aeropuerto de Madryn. Julián le hizo preguntas durante todo el camino: sobre funciones de integración de sonido, migraciones  de ballenas y comportamientos animales. Quería saber todo cuanto pudiera sobre cómo había dado con la solución a aquel enigma. Jamás imaginó que la única respuesta que recibiría de su pasajero, iba a carecer de cualquier fundamento académico, justo en el momento en qué le entregara su equipaje y recibiera sus saludos, acompañados de aquellas palabras: “Julián, nunca olvide que el viento guarda recuerdos” –sentenció estrechándole la mano- “No sople fuerte, si no está preparado para volar con ellos”.

«El viento viene el viento se va, el hombre viene el hombre se va, sin mas razón»
El Viento – Manu Chao (Clandestino, 1998)