Pasto

El predio del antiguo parque apareció frente a sus ojos. Ella levantó la mirada apenas, evitando abandonar la bufanda que la protegía del frío invernal y ahí la vio: una manta blanca y brillante que se extendía a lo lejos. Un pastizal congelado y esa escarcha que sonaba bajo sus pies al caminar junto al silbido del viento, incesante. Natalia cruzó el camino que daba a la calle trasera internándose en ese mundo blanco. Al llegar a la mitad de su recorrido, comenzó a sentir un súbito mareo, el brillo del sol rebotando en los diminutos cristales de hielo la cegaron, tuvo que detenerse y cerrar los ojos, luego intentó seguir, pero al segundo paso cayó desplomada.

La despertó el ruido de una bocina lejana. Se incorporó, acomodó su pelo y siguió la marcha. Miró la hora y se apresuró; se le hacía tarde.

Al llegar al colegió, se sentó en el banco de la parada de colectivos, hacia la puerta que se abría de par en par. Los padres aguardaban por sus hijos que comenzaban a salir corriendo como un caudal, inundando todo de gritos y risas; con sus mochilas a cuestas, corriendo de lado a lado. Natalia comenzó a contar los segundos en su cabeza desde que vio salir al primero y aguardó por Pablo. Saldría justo cuando ella llegara a veintiséis. Su sonrisa sería lo primero que vería, entre la gente. Y a él, con sus cinco años corriendo hacia Teresa, su madre, que aguardaba a unos metros de distancia.

Natalia se incorporó y fue caminando lentamente al borde de la vereda, pisando el cordón de la calle a un metro de la senda peatonal, siguiendo la cuenta: “treinta y cinco, treinta y seis” Luego giró mirando en el sentido que venían los autos y quedó a la espera “cuarenta y dos, cuarenta y tres” Teresa hablaba con la madre de Mariano, un compañero de Pablo. Y aquel, dejando la mochila en el piso salió corriendo luego de gritar “¡Mancha!” tocándole el hombro a su amigo. Ambos se persiguieron en círculos junto a sus madres y luego alrededor de la parada de colectivos. Mariano estiró el brazo sobre el banco y tocó a Pablo, pero éste le devolvió rápido la estocada y presa de esa alegría salió corriendo en dirección opuesta. Fue ahí cuando comenzó a cruzar la calle, sin darse cuenta de donde estaba, empujado por el juego y la alegría. Natalia llegó al último número “cincuenta y uno” y corrió rápidamente hacia Pablo, agarrándolo por la cintura, levantándolo del piso y esquivando la trompa de un Ford Falcon comandado por un pálido hombre al volante que apretaba los frenos sin poder detener la marcha hasta unos cuantos metros de distancia.

Teresa corrió hacia su hijo, lo abrazó llorando angustiada, “¡Pablo, Pablito! ¡Mi corazón! ¡Ay, Dios mío! ¡Ay, Dios Mio!” repetía una y otra vez. Luego miró a Natalia para agradecerle por haber salvado a su hijo de aquel desastre. Natalia dijo que fue un segundo, que reaccionó justo; que se alegraba que estuviera bien y acariciando la cabeza del chico se marchó hacia su casa.

Al llegar le escribió a Pablo como siempre, para ver como andaba. Pablo podría estar en su casa, o trabajando, o quizás en algún bar. Ella sabía que sonaría alegre nuevamente y le diría que se sentía bien, con renovadas ganas de seguir viviendo.

La primera vez que viajó a salvarlo fue de casualidad. El primer mareo cruzando ese pastizal, el camino por esas cuadras del barrio como ella las recordaba de chica, los autos y los colectivos de antes y la gente como salida de una película. Estaba de frente al colegio cuando lo vió que cruzaba distraído y atinó a correr para empujarlo del medio de la calle. Ese día volvió a su casa con un malestar insoportable. De a poco el paisaje fue cambiando cuadra a cuadra y al mirar atrás todo fue volviendo a su presente. A Pablo, ya grande, lo conoció algunos años después. Cuando él le contó la anécdota de una mujer que lo salvó en la calle a la salida del colegio; del castigo de su madre por la imprudencia y el susto, ella nunca le dijo nada, ni a él ni a nadie.

Y siguió volviendo, varias veces.

Pablo fue cayendo en extrañas depresiones, en abismos insondables. Comenzó a lidiar batallas contra él mismo que lo dejaban maltrecho y cansado. La primera vez que tocó fondo, tuvieron que internarlo y Natalia lloró junto a él, cuando escucho de su boca la intención de terminar con su vida. Esa misma tarde volvió a ese lugar y caminó por ese pasto. Esa misma tarde volvió a salvar al Pablo de cinco años y esa misma tarde volvió a su casa y recibió un mensaje de su amigo, que le decía que lo había pensado bien, que tenía cosas por las que seguir adelante, que la quería mucho.

Luego siguieron otras encrucijadas, otros abismos en la vida de Pablo. Abismos donde nadie podía llegar a descender lo suficiente; salvo Natalia.

Uno. Natalia volvía a esos pastizales y se preguntaba como era posible. Doce. ¿Por qué era el nexo entre ese chico y el resto de sus días? Veinticuatro.  ¿Qué le impedía a Pablo vivir sin sus demonios? Treinta y ocho. ¿Por qué volvía a caer una y otra vez? Cuarenta y seis. ¿Porque ella? Cincuenta y uno. “¡Pablo, Pablito! ¡Mi corazón! ¡Ay, Dios mío! ¡Ay, Dios Mio!

Un día fue a visitarlo. Él estaba muy mal nuevamente. Se pasaron horas hablando de cualquier tema. Ambos evitaron las charlas que Pablo odiaba. Él no quería la compasión ni la pena de nadie. Recordaron momentos juntos, hablaron de los Stones e imaginaron un día en la vida de Mick Jagger. “Que lindo ser alguien así ¿no?” dijo Pablo luego de un largo silencio. Ella le pregunto qué es lo que más le gustaría hacer si fuera él, “Aparte de tocar la guitarra todo el día, algo más divertido, no me vengas con sonseras”. Pablo la miro fijo y le respondió: “Me gustaría poder ir a donde fuera. Saberme libre. Dejar de sentir que estoy atado a este mundo, preso de una vida que no parece mía”.

Ese día Natalia siguió caminando hasta el antiguo parque. La tarde iba cayendo lentamente cuando llegó. Se quedó llorando sin reparo mirando ese pasto ondular, peinado por el viento. Luego volvió sobre sus pasos, cruzó la calle y se fue a su casa. Al llegar tomó su teléfono para llamarlo. Recorrió la lista de contactos sin poder hallarlo. Al intentar buscarlo nuevamente le fue difícil recordar su nombre.

«I can almost hear you sigh, I can almost hear you cry
On every crowded street, all the places we would meet
«
Almost Hear You Sigh – The Rolling Stones (Steel Wheels, 1989)