Superpoder

Miguel deslizó su pie derecho sobre la rama más gruesa, sosteniéndose con toda la firmeza que aquel árbol y su pequeño cuerpo le permitían. Tenía puestas las zapatillas que le habían comprado el verano pasado (las azules con los costados ya descosidos), una remera con el logo de Superman y una capa improvisada con un pedazo del viejo mantel rojo de su abuela. Tenía también cinco años.

Cuando ya no quedó más recorrido posible, contempló el vacío por unos segundos; cerró los ojos y pensó en lo mucho que anhelaba volar y en la firme convicción que tenia de poder lograrlo. Luego abrió sus manos y saltó estirando los brazos tanto como pudo. Las próximas semanas las pasaría con un yeso en una pierna y otro en un brazo, junto a varios moretones. Una frase repetida por su madre y su abuela volvería año tras año acompañando su leve pero permanente cojera, siempre cerca de su cumpleaños como un mantra: “Te salvaste de milagro Miguelito… de milagro”

Miguel perdió esa tarde y paradójicamente gracias a ese “milagro”, la capacidad de soñar imposibles. Quizás eso moldeó un poco su carácter huraño y callado. Su vida de adulto lo encontró ganándose la vida acá y allá en empleos temporales, no porque significaran un tránsito hacia algo mejor, sino porque no duraba trabajando más que unos pocos meses. Así fue que llegó a una cafetería en el centro de la ciudad. Había empezado atendiendo la caja y de a poco se fue ganando la oportunidad de servir cafés de especialidad, esos que requieren cierta destreza a la hora de moler los granos, seleccionar el tipo de filtrado, la temperatura del agua y hasta el dibujo de la leche en el tazón. Sin embargo y pese a todo lo aprendido, para él no era más que un trabajo rutinario y monótono; salvo los miércoles y viernes por la mañana alrededor de las siete y media. En esos días Juliana entraba por la puerta como de costumbre y se recogía el pelo. Miraba de reojo las opciones, aunque pedía siempre lo mismo: un café americano y algo dulce para acompañarlo. Miguel empezaba un rato antes de esa hora a medir el tiempo que le llevaba sacar los pedidos, para calcular al instante cuando elaborar el de ella y que no le ganara de mano ninguno de sus compañeros. Calculaba con precisión, demorando pedidos previos lo suficiente para poder servirle a Juliana, esa taza cargada de sueños. Era un profesional, el mejor de todos en su campo.

De Naya por otro lado, se podría decir que Miguel nunca lo quiso. Desde el primer día que aquel nuevo integrante pisó la entrada de la cafetería. Había algo en el modo de ese joven venido del otro lado del mundo que Miguel detestaba: su excesiva cortesía, su manera de vestir, su cadencia al hablar. Pero nada de todo de eso se comparaba a lo que sucedió aquel viernes, por lo que Miguel le juró el más absoluto de los odios. Esa mañana cuando Naya volvió sorpresivamente de la cocina justo a tiempo para tomar el pedido de Juliana y ofrecerle cambiarlo por un café con especias de la India, una elaboración propia que estaba probando. El rechazo definitivo quedó sellado con una sonrisa y un gesto de aprobación de ella, que Miguel nunca había visto antes.

Naya fue ganando aceptación, al punto de ofrecer alternativas al menú con algunas de sus creaciones. Semana a semana cambiaba una propuesta innovadora y aparecían en la cartelera nombres exquisitos como “Espresso al Tíbet”, “Energía Ristretto”, o “Latte Oriental”. A cada uno de ellos éste joven hindú le confería una extraña mezcla de agregados que traía en pequeñas bolsas provenientes del mercado donde trabajaba su familia, incrementado la clientela y las ventas.

Había sin embargo un momento en el que Miguel podía liberarse de la compañía de aquel empleado estrella: cuando el policía de la cuadra venía por sus medialunas. Miguel aprendió a reconocer el gesto del gerente Omar sobre el hombro de Naya y ser testigo de cómo aquel joven se iba rápidamente hacia la cocina en dichas ocasiones. Resolvió que ese acto de protección debía ocultar alguna ilegalidad y empezó entonces a darle cobijo a una idea que fue creciendo y fortaleciéndose cada vez más: un plan para deshacerse de su compañero de trabajo de manera permanente.

Juliana volvió otra mañana como de costumbre, pero demorándose ella ésta vez, el tiempo suficiente para ser atendida por Naya, para preguntarle que llevaba el “Filtrado del Atardecer” que figuraba en la pizarra. Miguel tragó el más amargo de los venenos mientras escuchaba el nombre de cada flor que aquel monstruo había secado personalmente, para aromatizar la infusión que llegaría a los labios de su paraíso prohibido.

Hacer la denuncia le llevo menos de diez minutos; inventando un nombre que ocultara su identidad como un villano detrás de una máscara.

La mañana siguiente cuando el hombre de gabardina gris pidió por el dueño, hubo cierto nerviosismo que podía sentirse en el ambiente. Las palabras no tardaron en llegar a sus oídos: “ilegal”, “papeles”, “migraciones”. Miguel observó entonces a Naya que, por primera vez, desdibujaba su eterna sonrisa. Luego vio como abría una de las bolsas que traía del mercado, con especias y flores. Como las mezclaba dentro de un pocillo para luego inundarlas con café y sin entregarla finalmente a ningún cliente, ingería él mismo un gran sorbo antes de perderse en la puerta que daba a la cocina.

El señor Omar pidió por Naya con una clara expresión de consternación, ordenando que fueran a buscarlo. Pero para sorpresa de todos, nadie lo encontró, ni en ese momento ni nunca más.

La cafetería solo disponía de una cocina y un baño privado. Ambos lugares sin ventanas, con tubos de ventilación tan pequeños como un brazo. No existía la más mínima posibilidad de escaparse o siquiera esconderse en aquel sitio. Naya se había esfumado y nadie podía explicar cómo.

Miguel quedó al costado de la barra mirando la puerta vaivén que en cada recorrido agrandaba y achicaba la figura de Omar y el hombre de la gabardina, que miraban perplejos de un lado a otro sin poder echar luz al asunto. Al retroceder en sus pasos, casi como un acto de resguardo ante lo inexplicable, rozó la taza que aún estaba allí con el preparado de Naya. La tomo con sus manos y observó el mar oscuro que contenía, casi igualando la oscuridad que reinaba dentro suyo. Un cliente al otro lado del mostrador preguntó curioso: “Discúlpeme, ¿que lleva el Flat White Mágico?”. Miguel abrió la boca y bebió todo lo que quedaba en la taza de un gran sorbo.

Al volver a abrir los ojos, sintió el pasto húmedo bajo las manos. Tenía los brazos extendidos y un sol incandescente se filtraba entre las hojas de un enorme roble. Se incorporó, y al sentir que algo lo ahogaba, se quitó una tela roja que le daba vuelta al cuello desde la espalda, escuchando a lo lejos unas voces que gritaban: “¿Qué hiciste Miguel? ¿Estás bien?

Miguel quedó absorto y en silencio mirándose el cuerpo; un cuerpo pequeño y sin un solo rasguño.

«And sometimes is seen a strange spot in the sky,
a human being that was given to fly”
Given To Fly – Pearl Jam (Yield, 1
998)