Inalterable

Laura los llama desde el living y les indica con voz firme: “A sus lugares”. Luego vuelve a estudiar la foto que sostiene en su mano derecha con el retrato de todos ellos en ese mismo sitio, veinticinco años atrás. De a uno los va acomodando con una obstinada precisión, imitando la postura y el gesto.

– “Ezequiél, sentáte más a la izquierda

Ezequiél es el hermano mayor de los Ibáñez. De chico, era el más popular del barrio; en todos lados alguien lo conocía. Al terminar la secundaria avisó que sería médico, pero al segundo año de la carrera se dio cuenta que los que realmente querían eso eran sus padres. Un buen día dejó todo y se fue al sur. Muchos pensaron que era un acto de rebeldía, algo momentáneo. Que ya se le iba a pasar porque “todos sabían cómo era él”. Sin embargo, nunca volvió. Compró una casa mínima y mantuvo un perfil bajo. Allá tiene pocos amigos y jamás estuvo en pareja. Está peleando contra una visible calvicie y lo aquejan algunos dolores en el estómago de tanto en tanto.

-“Ana, levantá más el brazo y tiráte el pelo hacia atrás

Ana es amiga de Laura. Conoció a Ezequiél y Julián en un bar, la noche de la tormenta que tiró todos los árboles de la plaza. Ella siempre recuerda esa anécdota diciendo que aquello fue una “advertencia del universo” y todos ríen. Supo desde chica que quería dedicar su vida a la docencia. Trabaja como maestra en el colegio del barrio. A su analista, le contó sobre los episodios de pánico que sintió frente al grado en varias ocasiones. Cree estar harta de lidiar con la rutina. Quiere cambiar de trabajo cada fin de año, y cada marzo siguiente se asegura de que “ese será el último”. 

-“Micaela, cerrá la mano. No, la derecha apretando más el hombro de Eze

Micaela es amiga de Julián. Se conocieron estudiando. La madre de él la quería como a una hija; decía que tenía una luz propia. Julián estuvo muy presente en su vida cuando Mariano, el hermano de Micaela se quitó la vida, llenando su estómago de pastillas. Hace cuatro años se casó con un compañero del trabajo al que siempre presenta a sus amigas como “el primer hombre que realmente la cuidó”. Su marido divide el tiempo cuidándola y amando su religión con profusa pasión. Micaela solo se persigna si él la está mirando. Ella dice que cree, solo para que él no dude.

-“Julián, estás muy lejos. Arrimáte más. Abrí la boca, ¡sonreí con ganas che!

Julián es el hermano menor de Ezequiél. Siempre estuvo enamorado de Micaela, pero siempre también, creyó que ella prefería la compañía de su hermano. La sombra de Ezequiél lo acompañó desde chico, relegándolo al título de “el hermano de” en cada sitio que pisaba. Eso le quitó la poca confianza a su carácter y lo hizo creerse incapaz de casi todo. De Ezequiél guarda el secreto de la vez en que aquél, borracho, le dijo a Mariano que “si se iba a quitar la vida, que lo hiciera de una buena vez”, la noche anterior a su muerte.

Julián planeó mil excusas. No sabía cómo lo iba a afectar volver a ver a Micaela. Sabía que lo llevaría nuevamente a esos recuerdos: los reales en bares y cafés, con sus charlas y ese perfume; y los inventados en aquel cuarto, con una pequeña ventana inundada por la luz de la ciudad; armando la escena de ella desnudándose de prendas y desabrochando breteles que guarda en su memoria. Ezequiél habla con él bastante seguido. Hace tiempo que le recomienda ver a un especialista porque lo escucha deprimido. Julián dice que ya se le va a pasar, solo para dejarlo tranquilo.

– “Yo me acomodo al lado de Ana, quédense quietos

Laura es la prima de Ezequiél y Julián. Cuando vino del interior, estuvo viviendo con ellos dos años hasta que sus padres pudieron mudarse también. Se hizo amiga de Ana en el club de deportes. Nadie sabe de su adicción y ella prefiere que sea así. No es que le moleste hablar del consumo, lo que la aterra es contar el porqué.

Se aleja lo suficiente. Presiona el botón y corre a su posición, ladeando la cabeza apenas hacia la derecha y escondiendo el brazo tras la espalda de Ana.

En esa misma casa hace veinticinco años inauguraban aquella escena. Allí juraron con la seriedad que la juventud les demandaba ser confidentes de sus sueños y sus penas; y de no doblegar sus ideales por nada en el mundo.

La cuenta regresiva dura tres segundos. El led de la cámara parpadea un instante. Los cinco contienen la respiración, evitando que nada altere el equilibro de ese momento suspendido en el tiempo. El flash tiñe el cuarto de blanco y todos mantienen la forma, alargando el inerte segundo que enmascara cualquier imperfecto.

Laura corre a la cámara y mira la pantalla. Luego declara con absurda seguridad: “Quedó bien, estamos iguales

«I’m so tired of being tired, sure as night will follow day
Most things I worry about never happen anyway»

Crawling Back To You – Tom Petty (Wildflowers, 1992)