Libros

Abrió la puerta de mi habitación y me invitó: «¿Me acompañás a buscar un libro?»

Aún recuerdo la mañana, el olor de la calle y el sonido de la gente. Pasamos varias librerías y en cada una yo detenía el paso, pero mi padre negaba con la cabeza. El lugar que buscaba estaba cerca de la feria municipal, lo recuerdo porque pasamos por lo de Valenti donde él iba seguido. Lo saludamos a don Remo, quien nos hizo probar algo de su negocio como de costumbre y luego seguimos. En la cuadra había un Jacarandá, es lo otro que sé, por el color violeta de sus flores; sería primavera tal vez.

El local era muy estrecho, pero se extendía bien al fondo. Había libros hasta donde me alcanzaba la vista. Se podía oler el papel y la tinta apenas entrabas. Estuvimos un rato recorriendo las pilas de libros. A mí me llamaban la atención las tapas en ese entonces, cuanto más colores, más ojeaba sus páginas a ver de qué iba la cosa. Luego él se puso a hablar con el vendedor, un tipo grande con anteojos de marco ancho. No recuerdo que le dijo, pero me extrañó que éste sacó un libro de una repisa que tenía detrás, lo envolvió y se lo entregó. Mi padre pagó y nos fuimos. Esa tarde comimos helado y cerca de la noche se largó a llover muy fuerte.

Si bien aquella librería no estaba en un camino habitual a nuestro departamento, en el eventual recorrido que podía acercarme a su puerta, jamás la ví abierta. Las persianas bajas hasta el piso siempre, ni un cartel, nada. Sin embargo, cada vez que mi padre repetía la invitación, nunca nos volvíamos con las manos vacías. Creí de chico que él conocía el horario, que quizás el vendedor por ser un hombre grande debía trabajar poco, de a ratos. Lo cierto es que a veces íbamos de mañana, otras por la tarde, en días de semana o hasta un domingo bien temprano.

Y cada vez, la misma situación. Mi padre tomaba el libro que el hombre recogía del mueble. No había una elección previa que él hiciera, uno que tomara de otro lado. Siempre era aquel vendedor quien le daba el libro elegido. Supuse también que en ese diálogo mi padre solicitaba el título que tenía en mente, que lo había reservado previamente, vaya uno a saber.

El tiempo llevó a mi familia a otra parte y lejos quedó aquel barrio y ese lugar.

Ya de grande, cada vez que mi trabajo o algo me empujaba cerca de la zona, trataba de tomarme el tiempo para recorrer las calles de mi infancia. Me gustaba ver cómo iba cambiando todo y jugar a recordar cómo había sido antes. Así paseaba por la vieja feria, la plaza con los juegos y el local donde vendían los pequeños autos a escala que solía coleccionar. Algunos pocos sitios seguían allí como antes, otros habían sido reemplazados por comida al paso, cafés o kioscos.

Y claro, también buscaba esa librería. Desde la feria caminaba en todas las direcciones posibles, un puñado de cuadras para cada lado; pero nada. Hasta hablé con la gente del lugar preguntando por un Jacarandá. Me dijeron que el municipio había sacado los árboles viejos por seguridad, perdiendo así, el único dato de referencia que yo tenía.

Hoy estuve caminando por esas calles otra vez. Creo que me detuve en la esquina por el semáforo. Fue al mirar a mi derecha buscando un momento para cruzar cuando la vi. Era la misma fachada que recordaba. El color de la pared, la puerta, todo. Pero ese no era el lugar. Había pasado cientos de veces, estaba seguro de que no podía ser ahí. Me acerqué buscando algo distinto, escudriñando el error que me confirmara el equívoco, pero aturdido quedé al no poder hallarlo. Por el contrario, mi vista se cruzó detrás del mostrador con esos ojos ocultos tras gruesos marcos negros de unos anteojos inconfundibles. Aquel hombre apenas cambiado, era un imposible después de tantos años.

Entré titubeando y recorrí las pilas de libros. No pude prestar atención ni a los títulos de aquellas obras. Mi mente daba vueltas en ese recinto. Cada detalle volvía a mí. Era un espacio suspendido en el tiempo, una capsula irreal.

Llegué al mostrador y me paré frente al viejo quien me miró aguardando mi palabra. Finalmente pude hablarle: “Yo… yo solía acompañar a mi padre. Él venia seguido. Sin embargo, intenté volver, solo, después de que él… pero nunca pude encontrar este lugar. Usted pensará que estoy loco por lo que le digo, pero …” El hombre sonrió y silenció mi relato con un sutil movimiento del cuerpo, se agachó, ocultando su figura debajo del mostrador. Yo me incliné para buscarlo como quién encuentra un pozo en el medio del piso, con esa intriga y ese miedo. Al instante reapareció ante mi mirada, extendiendo una bolsa negra que contenía lo que parecía ser un libro. Yo la tomé azorado. Le pregunté cuánto era y él solo respondió: “Regalo de la casa”. Agradecí y me marché.

Al salir a la calle respiré profundamente apretando la bolsa entre mis manos. Estaba nervioso y confundido. Saqué el libro lentamente esperando encontrar respuestas a todo ese sinsentido. Para mi asombro era un número más de esas historias sobre el reportero belga que recorre el mundo resolviendo intrigas. Eran las historias que mi padre me contaba antes de ir a dormir. Me puse a recorrer sus páginas y la sonrisa de a poco, calmó el temblor de mis manos.

Al darme vuelta, una cortina metálica tapaba todo el frente de aquel local, con un candado ya oxidado.

«Such is the passage of time, too fast to fold
Suddenly swallowed by signs, low and behold
«
Rise – Eddie Vedder (Into The Wild, 2007)