Frontera

Escuchó los golpes desde la cocina; dejó el libro sobre la mesa y caminó hasta la entrada. Cuando abrió la puerta, la luz del sol la cegó y apenas pudo reconocer una silueta de mujer que la llamaba nerviosa, eclipsando aquel fulgor: “Andrea, tenés que acompañarme, por favor”.

La pandemia llevaba casi dos años. Los desmadres y las marchas habían terminado cuando aparecieron los primeros casos graves. Desde entonces Andrea había elaborado una nueva vida puertas adentro; como quienes seguían aguardando y sobreviviendo. De las grandes ciudades muchos se habían marchado, buscando donde cultivar sus alimentos. La cadena de consumo había sido diezmada y la reclusión como un acto de esperanza, se había transformado en la única opción posible.

Preguntó parada en la puerta de su casa, inundada por la incandescente luz: “¿A dónde querés que te acompañe?” La respuesta quebró el silencio de la calle desierta: “Al local de Nino, tenemos que llegar en quince minutos. Es imprescindible que lleguemos a tiempo. Por favor ¡apuráte!”.

Andrea salió de su casa y comenzó a seguirla, corriendo ante ese pedido. Llegando a la esquina preguntó casi sin aliento: “¿Decime a que vamos ahí?” mientras observaba la ciudad extraña y destruida, que se abría frente a ella. Calles antes conocidas, ahora solo como restos de un pasado lejano.

“El tema es así. Tenemos que llegar como sea. Y llegar sin demora. Es importante ser puntuales. Es necesario estar allí para… “
“Esperá, volvamos” -interrumpió Andrea- “Mi teléfono”
“¡Olvidáte de tu teléfono! ¡No llegamos!“  
“No, esperá. Es una cuadra nomás”

Andrea volvió corriendo. Y entró veloz a la casa. Su padre la observó desde la cocina. “Mi teléfono” dijo ella, alcanzada por la risa de él a medida que salía a la calle. Una vez fuera, oyó la voz que la llamaba de un auto detenido a pocos metros: «El señor nos lleva, ¡apuráte!«

El auto comenzó a circular por la calle principal. Ella volvió a preguntar: “Bueno, decime ¿a qué vamos ahí?» Pero la respuesta fue una señal muda para que callara, indicando al frente del vehículo. Había algo prohibido, algo indecible en ese viaje. Andrea se sintió mareada, como a merced de todo.

Llegando a la esquina de la plaza, los movimientos del conductor la alteraron. El hombre comenzó a transpirar profusamente y acomodó el espejo retrovisor para mirarse. Andrea espió sus pómulos, de un color violeta profundo, y la frente brotada por pequeños vasos sanguíneos a punto de explotar. “¿Qué le pasa?» -le preguntó- «¿Se encuentra bien?”. El auto frenó y el hombre comenzó a gemir de dolor. La cara se le hinchaba, deformándose. Cuando Andrea pudo ver los primeros hilos de sangre que brotaban de sus poros, entró en pánico e instintivamente lo sostuvo para que no se desvanezca del dolor. Sintió esos hombros húmedos, ya alcanzados por el río viscoso y bermellón. Inmediatamente escuchó los gritos de la otra pasajera que la llamaba, mientras abandonaba el auto: “Estamos a dos cuadras, ¡vamos por favor! ¡Dale que no llegamos!” Andrea la siguió presa de la confusión. Estaba dejando a un hombre morir con ese maldito virus que se tragaba todo a su paso. Ese virus que la había encerrado, apartándola de todo y borrado la frontera de lo imposible.

Era necesario llegar al local de Nino, quedaban pocos minutos. “Si tan solo supiera el motivo”, pensó y siguió corriendo.

La mujer giró en la esquina y Andrea temió quedar sola en una ciudad vacía. Necesitaba alcanzarla. Quiso llamarla para no perder su rastro, pero fue allí que reparó en que no sabía que nombre usar. Quiso recordar, pero había olvidado todo. El nombre de esa mujer, y hasta ese rostro que se ocultaba de espaldas, corriendo frente a ella; el mismo rostro que había observado apenas minutos antes.

Detenerse no era una opción y algo en lo profundo, la impulsaba a seguir. Había en ella, una fiel convicción dirigida hacia un lugar incierto que la seducía de formas inexplicables.

Al llegar al lugar, encontró la puerta cerrada, con maderas cruzadas. No supo por donde podría haber entrado esa mujer. Apartó las maderas y empujo la puerta. Al traspasarla, una voz quiso detenerla: “No puede entrar ahí. El lugar está cerrado”. Andrea hizo caso omiso y siguió, sin voltear la vista. La voz trató de disuadirla: “¡Es propiedad privada! ¡Le dije que no puede entrar!”. Adentro todo estaba lleno de polvo. Era como un lugar abandonado y húmedo. Escuchó pasos en la entrada y siguió corriendo hacia el fondo, buscando sin parar. Surcó varias habitaciones ocultas a la luz del día, hasta que finalmente entró en un pasillo largo y corrió tan rápido como pudo. Detrás los pasos de su persecutor gritaban: “¡Fuera de aquí le digo!”. Al llegar al final del corredor golpeó una última puerta que aguardaba ser abierta; con tanta fuerza, que cayó al otro lado de la misma estirando los brazos para no golpearse.

Al incorporarse se sujetó de la mesa del living. Observó el libro junto a su teléfono y levantó la vista, para verse reflejada en la ventana que daba a su patio. Sintió el frío piso bajo sus pies descalzos y la liviana remera estirada que usaba para dormir. Se frotó los brazos y caminó hasta la puerta principal de su casa. La abrió apenas, para mirar la calle. Era de noche aún. Una noche invernal como cualquier otra: algunos transeúntes volviendo a sus hogares, una pareja besándose en la parada del colectivo, y el mar de autos abriéndose paso con sus bocinas.

Andrea volvió al cuarto, aún oscuro; salvo por el velador que habría olvidado prendido la noche anterior, no había nadie más en esa casa a quién culpar después de todo. Volvió a meterse en la cama y estiró el brazo para apagarlo y dormir otro rato. Lo último que vio al presionar el interruptor, fue aquella mancha en su mano, de un color rojo oscuro. Sintió su textura seca y cuarteada, resquebrajándose al ocultarla bajo la almohada.

«In your head. What’s in your head? Zombie«
Zombie – The Cranberries (No Need To Argue, 1994)