Laberinto

Tenía los brazos lacerados por las espinas de aquellas plantas. Ante él, otro pasillo. Ya ni recordaba cuantos. Las paredes de mata verde, apenas más altas que su cuerpo, se extendían dejando dos caminos posibles. Desde el infame momento en que decidió internarse en ese laberinto, siempre dos salidas por cada camino, a lo sumo tres. Al llegar al final del corredor, bajo la luna de una noche interminable, observó a su izquierda: un pasillo que se fundía con el brillo tenue de un velador. Ruidos de autos que provenían de una ventana que se encontraba a cientos de kilómetros y decenas de años. A su derecha el sonido del mar, arena a lo lejos y latigazos de agua en un derrotero constante. Eligió ir hacia allí. Al llegar se paró en el mismo sitio en que aquella ola lo había tumbado, donde el mar intentó comérselo. Sintió el miedo nuevamente. Se tapó los ojos mientras la pared de agua se levantaba junto a él. Una mano lo tomó por el brazo y de un tirón lo empujó hacia atrás. Cuando se incorporó vio otro camino. Y nuevamente dos salidas.

Deambuló primero trazando un criterio de elecciones, luego por instinto y finalmente de forma errática. Encontró gente a su paso. Personas que lo recordaban y otras que le eran indiferentes. Nadie lograba indicarle la salida de aquel infierno. Aparecían de pronto, pero al dar vuelta en alguna esquina, se esfumaban en la oscuridad. No podían seguirlo más allá de la siguiente vuelta. Estaba solo, entre un grupo de imposibles.

Así siguió, sin saber por cuánto tiempo, volviendo a cada rincón de su vida. Un ascensor dentro de un edificio gris. Rejas en locales cerrados, oportunas para escalar hasta la cima. Mesas de café compartidas o a solas. En cada elección, en cada giro, lo vivido y lo perdido al alcance de sus sentidos. Sabor a mate dulce un sábado por la mañana. Un gesto singular, inalterable. El calor de un abrazo a fin de año, en una noche de verano. La incomodidad de un sito añorado. Olor a otoño, a café recalentado, a sexo recién hecho, a las calles de la ciudad en la noche. Todo se daba cita y todo transcurría en aquel espacio inexplicable, de salidas que eran entradas y de entradas que daban a ninguna parte.

Cansado, finalmente olvidó lo que estaba buscando. Hasta imploró que un minotauro apareciera y lo devorara. Imaginó que quizás no había salida alguna y con las pocas fuerzas que le restaban decidió trepar las paredes carcelarias. Piso algunas ramas y tiró de otras con sus manos. Hizo lo imposible por elevarse sobre aquellos enjambres de verdes incertidumbres. La sangre brotó en cada espina clavada, la carne se le hizo jirones por cada forcejeo. Sintió un mareo. Todo cuanto lo rodeaba comenzó a dar vueltas y lo último que vio antes de desvanecerse fueron las líneas del laberinto fundiéndose en el horizonte.

Al despertar se encontró en un cuarto que volvió a ser suyo en la medida en que una imagen borrosa fue cobrando nitidez. Un dolor penetrante recorrió su cuerpo. Le tomó unos minutos incorporarse y vestirse. Era tarde, abrió la heladera y vació lo poco que quedaba en una botella de jugo. Tomó las llaves y salió. Una extraña sensación recorrió sus brazos. Un penetrante ardor que le quemaba. Al doblar en la esquina observó la calle que se abría frente a él. Otra calle más. Ya ni recordaba cuantas.

“It’s only forever. Not long at all”
Underground – David Bowie (Labyrinth, 1986)