Portadores

El aviso lo encontró tirado debajo de la puerta. Habían pasado tres veces por su casa a dejarle un envío, y en el papel membretado decía que tenía quince días a partir de esa fecha para ir a buscarlo personalmente. Manuel no estaba esperando nada en particular, con lo cual (motivado por la curiosidad), no demoró la visita y fue a una dependencia del correo al día siguiente.

La caja era grande, como un cubo de cuarenta centímetros de lado más o menos. Firmó la entrega y se marchó mirando de reojo la dirección del remitente: Nono, Córdoba.

No conocía a nadie allí, la intriga en torno a esa caja lo siguió hasta su casa. Al llegar se sentó en el sillón y comenzó a tirar de la cinta que unía las solapas del paquete. Lo primero que vió fue un papel y debajo varios discos y un par de cuadernos.

Al desplegar el papel, perfectamente doblado por el medio, reconoció una carta. Buscó a su autor al pie de la misma: una mujer llamada Ana Benítez. En ella se presentaba como la hermana de Leandro Benítez, persona a la que Manuel había conocido en una visita al pueblo hacía más de veinte años. “Estimado Manuel, mi hermano ha partido de este mundo debido a problemas respiratorios que se fueron agravando con los años. Entre las cosas que nos ha pedido, dejó expresas instrucciones de que le enviemos estos discos que según mencionó, usted sabría apreciar. Espero tenga a bien recibirlos cumpliendo así su voluntad”.

Manuel prendió el equipo de música y comenzó a escucharlos, recordando aquél viaje al terminar su carrera en la universidad de Buenos Aires; estuvo varios meses recorriendo el país y uno de sus destinos fue aquél recodo en las sierras de Córdoba.

Leandro era entonces empleado en una radio zonal en la que Manuel trabajó para poder seguir costeando su viaje. Durante aquellos días, ambos compartieron largas charlas, y extensos recorridos por cuanto bar hubiese abierto. Leandro fue para Manuel desde un primer momento, una persona bastante singular. Con ideas que no pasaban inadvertidas, políticamente incorrecto siempre. Era anarquista, agnóstico, fundamentalista del té de hierbas y pecador de las buenas costumbres, como le gustaba presentarse. La vida para él era un sinsentido constante y repudiaba cuanta institución, credo o ley le fuera impuesta. Sin embargo, había una sola cosa en la cual tenía una férrea convicción. Y no fue el hecho de que aquél creyera en algo lo que más sorprendió a Manuel, sino ese secreto que compartiría en la pequeña mesa del bar Libertad, sobre la avenida principal del pueblo, cerveza mediante: “Mira Manuelito… el hombre ha creado maquinas perfectas, que encierran un mecanismo único. El problema es que somos tan jodidamente ciegos que nos cuesta percibir siquiera su funcionamiento”. Manuel esperó atento otra declaración de principios de la boca de su nuevo amigo. Leandro acercó la silla y se inclinó hacia Manuel, quién imitó el gesto.

“Los discos, mi querido amigo, son portadores” Manuel quedó encorvado, aguardando. Leandro se tomó el resto del vaso lentamente y luego prosiguió: “Hay algo en torno a las frecuencias del sonido y de éstas otras frecuencias” –señalándose la cabeza y el corazón- “que pueden juntarse; almacenarse”. Leandro hablaba y le brillaban los ojos. Manuel intentaba resolver si el brillo era producto de una broma que le estaban jugando, o de algo más allá de su entendimiento. Leandro sonreía: “Todo puede quedar guardado. Son máquinas atrapa-ondas, ¿entendés?” Manuel no comprendía nada: “Si. Entiendo”-afirmó- “¿Y eso mismo puede volver a… sentirse?”.

Leandro abrió los ojos bien grandes y respondió: “Solo, si escuchas debidamente, solo si podés modular esas mismas frecuencias. Y eso, solo es posible si estás conectado con lo que querés sentir”. Manuel escuchó atentamente y resolvió tajante: “Estas totalmente loco”.

Sobre aquella noche no volvieron a hablar. Sin embargo, el último día antes de partir, Leandro invitó a cenar a Manual a su casa y acompañó el encuentro con música. Manuel notó en Leandro momentos de una profunda tristeza y otros de una notoria exaltación. Pensó que el vino estaría jugando en favor de aquellos momentos y le restó importancia. Luego intercambiaron direcciones y números telefónicos. No volverían a verse o saber uno del otro, nunca más.

Manuel escuchaba la música mientras ojeaba los cuadernos sentado en el living de su casa, llenos de anotaciones sobre formas de onda, frecuencias y fórmulas incomprensibles. Su cabeza seguía en las calles de Nono, en esos días en las sierras y en esas charlas.

Inés abrió los ojos y sintió el calor de los auriculares presionando sus oídos. Miró el reloj, eran las once de la mañana. Se le había hecho tarde para ir al centro. Se acercó al equipo de música y presionó el interruptor para apagarlo. Luego se abrigó, tomo su teléfono, las llaves y algunos apuntes del trabajo. Verificó que el gas estuviera cerrado y las persianas bajas. Antes de salir volvió a esa pila de discos y apoyó su mano sobre ellos. Pensó en su tío Manuel y aquel legado. Aun desfilaban en su mente las tardes de estudio, junto a él y esas melodías. Finalmente apagó la luz y cerró la puerta, con un inusual antojo de té de hierbas.

«Te doy una canción si abro una puerta, y de las sombras sales tú»
Te Doy Una Canción – Silvio Rodriguez (Mujeres, 1978)