Ámbar

El ascenso llevaba tres horas. Javier había arreglado con dos personas del pueblo para recorrer el camino hasta la primera parada del cerro; lugar que según comentaban le permitiría ver el lago y la cordillera coronada de una extraña luz ámbar, efecto que solo se daba unos pocos días a esa altura del año. Él no escalaba, pero le aseguraron que no iba a ser difícil, que era un trayecto tranquilo. Arreglaron un número y salieron temprano por la mañana.

La luz de la bengala apareció súbitamente. Javier sacaba fotos asombrado con el paisaje cuando el ruido de algo que rasgaba el cielo lo sacó del trance. Miró instintivamente a sus guías que hablaban y señalaban un mapa impreso. No tardaron mucho en acercarse y darle la noticia: “Es una señal de auxilio, tenemos que ir”.

¿Tenemos que Ir? ¿Dónde?” respondió Javier, con una incredulidad que esperaba una respuesta imposible. Le explicaron que no, que no iban a llevarlo y que era un camino peligroso. Que debía descender por la ladera oeste del cerro y qué al cabo de tres kilómetros, encontraría una estancia. “No vas a tener problemas en encontrarla. Nosotros después pasamos a buscarte, o mandamos a alguien, quedáte tranquilo”. Javier maldijo su suerte, se imaginó en el pueblo, en el bar que estaba a la entrada, compartiendo tragos al resguardo de todo ese paisaje hermoso y desolador por partes iguales. Los otros recogieron el equipo, Javier su mochila, e iniciaron el camino. Aquellos siguiendo el ascenso y él la búsqueda de la estancia.

El trayecto se hizo interminable.

Luego de una hora, tal como le habían dicho, divisó una construcción con amplias ventanas, erigida en medio de la nada. Javier sonrió estúpidamente, aliviado y asombrado. ¿Cómo era posible ese lugar allí en el medio de la nada, sin un camino de fácil acceso para llevar provisiones y gente?

Al llegar golpeó la puerta y observó por el enorme ventanal que tenía a un costado. Dentro había una mujer de pelo castaño y largo, leyendo un libro que descansaba en su regazo. A pocos metros en otro sillón un hombre de avanzada edad acomodaba un bastón sobre la mesa, cuidando que éste no rodara lejos de su alcance. Atrás de un mostrador una persona acomodaba tazas de cerámica y otro se acercaba a la puerta para abrirle.

Javier explicó lo sucedido y rápidamente lo hicieron pasar, acercándole té y pan horneado, aun caliente. La habitación lo reconfortaba con un hogar que calentaba todo el recinto. Se acomodó junto a la mesa, cerca de la mujer que cerrando el libro le regalaba una sonrisa. “Bienvenido”, le dijo. “¿Hace mucho llegaron?”.

¿Llegaron?, no. Solo he sido yo, no vine con nadie” respondió Javier

¿Sin guía?” objetó la mujer mirando al otro lado de la habitación

Javier le contó sobre la bengala y el cambio de planes.

Ya veo”, comento ella. “Encantada, mi nombre es Camila

La siguiente hora se deshizo rápidamente entre ambos. Javier le dijo que era su primera vez en esas tierras del sur y que amaba las montañas. Camila por su parte le dijo que ella siempre viajaba buscando lagos, ríos o mares. “Creo que me atrae el agua” comentó con una sonrisa desdibujada sobre el borde de una taza, mientras terminaba el fondo del café. Al rato miró el reloj y le dijo a Javier que se marchaba. Él le pregunto si alguien venia a recogerla, no había visto ningún vehículo fuera: “Perdón por el atrevimiento, pero ¿quizás podrías acércame al pueblo?”. Camila pareció incomodada por la pregunta y buscó las palabras correctas: “No, no va a ser posible. Es que no se nos permite llevar a nadie. Es mejor que esperes a los guías, ellos te dijeron que volverían por vos, ¿no?

A Javier no le molestó tanto la negativa en sí, sino el modo en que fue dicha. ¿No le era permitido? ¿Quién no se lo permitía? Quiso preguntarle, seguir indagando, pero ella saludó al hombre con el bastón, sosteniendo su mano unos segundos y se marchó.

Cuando el sol comenzó a ocultarse tras los picos nevados, la luz naranja inundó el valle. Como un reflector incandescente, todo quedo teñido de un color brillante e imposible. Javier estaba absorto, los árboles se transformaban en fogatas irreales y el lago a lo lejos emanaba un color rojo rubí. Tuvo que entrecerrar los ojos, porque el brillo era muy fuerte, se llevó las manos a la altura de la frente y salió de aquel lugar para contemplar todo de cerca. Caminó a unos metros de la entrada principal y se quedó largos minutos absorbiéndolo todo. Un paisaje irreal, majestuoso. Al observar la ladera del cerro pudo ver a Camila, acompañada de dos hombres. Los mismos que estaban un rato atrás atendiendo el mostrador y recibiéndolo en la puerta, ¿porqué se irían con ella?

La luz se fue desvaneciendo lentamente al cabo de lo que para Javier fue algo mas de media hora.

Cuando todo volvió a su color habitual, escuchó las voces desde lejos: “¡Javier! ¡Hola!” Eran los guías, que volvían con otro hombre, un alemán bastante delgado y desalineado. “Él es el de la bengala. Quedó desorientado y sin provisiones, por suerte lo encontramos rápido. ¿Estás listo para bajar?

Javier les dijo que sí, pero les comentó sobre la otra persona: “No se quién se queda con él, esperen que pregunto para no dejarlo solo, es un hombre grande

Los guías se miraron y respondieron con una sonrisa “No hay nadie en esta estancia. Hace años que quedó abandonada. Solo se usa como refugio eventual

Javier movió la cabeza, negando: “No, hay un hombre y había una mujer llamada Camila, se fue con unos empleados hace poco

Los guías no contestaron y levantaron los hombros sin entender.

Javier se volvió para entrar nuevamente en la estancia. Pero al hacerlo, encontró una habitación helada y ajada por los años. Un mostrador tapado por el polvo y unos viejos sillones frente al amplio ventanal, ya desvencijados y carcomidos por el tiempo. No podía entender lo que veían sus ojos. Aquello era como entrar en otro sitio u otro tiempo; como una foto en negativo de una realidad que no había siquiera llegado a revelarse como recuerdo.

Atrás aparecieron los guías, observaron la habitación rápidamente y le hicieron una seña a Javier: “Bajemos pronto, así no nos agarra la noche”. Javier les respondió afirmando con la cabeza, no podía pronunciar palabra. Luego miró la mesa, junto a los sillones. Vio algunas migas de pan, secas y mohosas junto a dos tazas viejas. Tomó la que tenía marcas de café y la acercó a su cara. Pudo descubrir su perfume intacto; inmortal sobre aquel pedazo de cerámica, o quizás en su mente; ya no podía asegurarlo.

Al bajar por el cerro volvió la mirada cada tanto, observando como la estancia se iba perdiendo, alejándose de su alcance cada vez más. Los guías se disculparon por todo lo sucedido. “Sobre todo por haberle errado con el día que aparece la luz. Es imposible saber con certeza cuando va a darse. Podemos probar otro día que andes por acá si te parece”. Javier intentó responderles, pero se limito a aceptar la invitación: “Si, quizás algún día

«I had a dream of you, we were laughing at everything
I had a dream, dancing in the rain and howling at the moon
«
Dream – Cat Power (Flag Day, 2021)