Piel

Mineti primero había creído en las casualidades, convencido de que ese era el camino para mostrarle a sus dudas la salida más cercana. Hasta que un buen día ya fue demasiado y apostó en cambio, a la relación inherente entre las cosas, la gente y los lugares. Así anduvo un tiempo, convencido de algo imposible solo para saldar deudas con sus interrogantes.

Pero al tiempo, lo que más extrañó Mineti fue la ausencia de esos imposibles, justo cuando se le hicieron menos presentes. Ahí empezó a añorar las casualidades y los espacios, el desfile de incomprensibles, el descontrol de emociones al ritmo de sus insomnios. Y desesperado probó de todo. Hasta cábalas que le permitieran alinear el modelo matemático de su vida o al menos inclinarlo a un lado para arrastrar por la pendiente aquello que necesitaba cerca. Si, trocando cábalas por matemáticas, así de desesperado andaba el pobre Mineti; lazo rojo, pie derecho, el nudo siempre hecho de la misma forma. Nada, nada hizo que aquel rejunte de exquisitos recuerdos volviera a aparecer, tan vivo y tan real como anhelaba.

Por fin un día (uno no de tantos sino de tan pocos) se encontró Mineti de nuevo frente a frente con aquel vergel de infinitas sensaciones, ese que de tanto brillo, lo cegaba. Y allí, indefenso de certezas y abrumado de una felicidad que volvía a saludarlo, no pensó ni en cábalas, ni en casualidades, ni en espacios encantados. Recién cuando aquellos dedos rozaron los suyos, un pandemonio de ideas y emociones explotaron como un torrente desde lo más profundo de sus deseos. Fue en ese sutil instante cuando lo supo: el registro estaba en la piel. En esas superficies y texturas, con montañas para ocultarse del mundo, y mares para navegar siempre al horizonte. Allí aguardaba la respuesta, en la piel que había aprendido y sobre todo… la que no olvidaba.

“Let the storm rage, I’d die on the waves”
Dead In The Water – Noel Gallagher (Who Built the Moon?, 2017)