Flotar

Andrea y Joaquín compartieron varios veranos juntos. Sus familias vivían a pocas casas de distancia, en un barrio sin otros de su edad y con varios adultos que asistían rigurosamente a la siesta de cada tarde. En esas horas de calor silencioso donde ni los animales asomaban la cabeza, se encontraban entre castillos de cartón y muñecos de plástico. Entre manchas y escondidas, subiendo árboles y andando en bicicleta.
Sin embargo, lo que más le gustaba a Andrea, era la pileta en el fondo de la casa de los abuelos de Joaquín. Allí jugaban corriendo carreras por títulos mundiales, a ser exploradores en lo profundo del mar, o a decir palabras bajo el agua para que el otro las adivine. Joaquín siempre ganaba en ésto úlitmo. «Vos me lees la mente» -le reprochaba ella-«¡Es imposible que entiendas!». Él le decía que solo había que explotar las burbujas donde quedaban encerradas las palabras, qué así es como lo lograba.
Cuando el sol se escondía e iba siendo hora de la cena, alguien los llamaba y salían arrugados y tiritando, saludándose hasta la próxima jornada.

Aquellos mágicos encuentros terminaban con el comienzo de clases. Joaquín volvía a la casa de su madre y se despedía de Andrea por algunos meses. El último año que compartieron, fue antes de que él empezara la secundaria. Su madre había decidido mudarse y sabían que eso lo cambiaría todo, hasta los veranos en casa de sus abuelos. Hubo entonces silencios incómodos, miradas prolongadas y frases inconclusas. Era quizás la primera vez que ambos extrañarían a otra persona que habían llegado a querer tanto. No sabían acaso, como era esa sensación. Las tardes en la pileta, fueron casi el único pasatiempo y ambos grabaron como un registro inalterable cada encuentro, cada palabra y cada roce de sus cuerpos, como un recuerdo que los uniría por siempre.

Andrea se recibió varios años más tarde como licenciada en ciencias oceanográficas, dedicando su vida a su pasión: el mar. Una propuesta de trabajo en el Centro Nacional Patagónico, la llevó luego a tomar la decisión de mudarse a Puerto Madryn; cargando una valija llena de ropa y varios sueños. Siguió nadando, ya no en pequeñas piletas llenas de hojas, pero siempre con la misma sensación. La de sumergirse en un espacio atemporal y propio, flotando en un mundo líquido que la suspendía en lo más alto de sus pensamientos.

Al cabo de unos años tuvo que volver a Buenos Aires por unos trámites y decidió dedicar una tarde a visitar su antiguo barrio. En realidad, ya no quedaba nadie de su familia para visitar, solo el gusto de volver a recorrer las calles que había transitado tantas veces.  Así se internó en un viaje en el tiempo, reconociendo cada lugar al igual que entonces: el viejo almacén, la plaza principal, su colegio. Todo mantenía su recuerdo intácto. Caminaba y recordaba abrumada por el narcótico efecto del calor agobiante en las tardes de verano. Al pasar por la casa de los abuelos de Joaquín se detuvo e intentó espiar sobre la medianera, interrumpida por la dueña que se asomó a la ventana.

– “Disculpé, no quise importunarla, es que un amigo mío vivía aquí, es decir sus abuelos” – dijo Andrea contrariada.
La mujer le pidió que aguardara y salió a su encuentro.
“¿Usted por casualidad es Andrea?”– le preguntó.
“Sí, soy yo. Disculpe, pero ¿Nos conocemos?”
“No, no. No es eso. Es que verá, cuando nosotros compramos esta casa, el hombre que nos la vendió dejó algo para usted, dijo que quizás algún día volvería por aquí, aguárdeme un minuto por favor”
Andrea aguardó frente a la puerta de entrada, nerviosa y asombrada.
“Acá esta”-anunció la mujer, con una pequeña caja en las manos.

Andrea levantó la tapa lentamente, temblorosa. Dentro había tres muñequitos de plástico que reconoció al instante. Eran los que arrojaban cuando chicos, a ese mar de tres por dos en el fondo de esa casa, para luego irlos a buscar en su vasta e inhóspita profundidad acuática. Debajo una nota plegada indicaba: “La vida nos arrojó muy lejos querida Andrea. Si andás por este mar, buscáme“, y un número de teléfono al pie.

Andrea caminó unas cuadras envuelta en un mar de sentimientos. Aquel retorno a esas calles le había regalado un tesoro oculto que aguardaba ser hallado. Caminaba y recordaba las risas, caminaba y sentía el roce de las mallas húmedas bajo el inclemente sol, caminaba sin cesar. Tomó su teléfono y llamó a ese número una y otra vez, pero del otro lado nadie respondía. Aguardó paciente y siguió intentando. Luego de algunas horas, ya entrada la noche escuchó un tono agudo y luego un sonido distinto, cargado de estática. A lo lejos una voz respondió en una comunicación colmada de ruidos. «¿Hola?, ¿Joaquín? Soy Andrea» repitió ella mas de una vez. Las palabras llegaban desde el otro extremo desordenadas y entrecortadas, tal como en esos juegos debajo del agua. Ella jugó a adivinar como entonces sonidos que formaban palabras y pequeñas frases: “¡Sos vos!” “¡Qué alegría!” «Esas tardes en la pileta» “¡Tanto  tiempo esperando Andrea!”. Luego un silencio prolongado, y el sonido grave y constante en secuencias de un segundo indicando el nefasto fin de esa llamada. Andrea siguió intentando pero nadie volvió a atender jamás.

Algunos días más tarde, buscó la dirección para ese número de teléfono y manejó varios kilómetros a su encuentro en Coronel Pringles, pero al llegar solo halló una casa cerrada. Preguntó a los vecinos, quienes le dijeron que el dueño, un tal Joaquin, había muerto hacía unos años y que la casa estaba en venta desde entonces. No quería dar crédito a esas palabras. Lloró sin cesar hasta entrada la noche, recordando esa voz al teléfono luchando por emerger desde las profundidades de un océano sin lugar y sin tiempo.

De vuelta en Madryn, junto al mar, pensó en esas tardes y en Joaquín; en el oleaje que un día los apartó. Pensó en como él lograba siempre adivinar lo que ella decía bajo el agua. Luego comenzó a nadar. Avanzó varios metros y mirando al horizonte, arrojó con todas sus fuerzas los tres pequeños muñecos que desaparecieron bajo la primer ola.

Quedó así, flotando unos instantes en esa suspensión de cuerpo y mente, a merced del inmenso mar; “Quizás un día vuelvan a alguna orilla» -pensó- «Quizás vuelvan como vuelven las cosas, encerradas en burbujas al resguardo del tiempo, hasta que alguien las explota«.

Finalmente se hundió y nadó hacia la costa, pronunciando palabras bajo el agua que nadie (o casi nadie) pudo escuchar.

«Somewhere under Heaven
in the eye of a hurricane
Little Jenny would dance in the rain”
Somewhere Under Heaven – Tom Petty (Wildflowers, 1
992)