A orillas del mar

“Buenas tardes señor. ¿Tenía reserva?
“Si”, respondí. “A nombre de Oleto, Fernando Oleto”

Me molestaba todo el cuerpo por el viaje. Ansiaba una ducha y el poder recostarme en una cama de verdad. Firmé los papeles y me retiré a la habitación. Una vez allí dejé la valija y me quedé embelesado mirando por la ventana. Me perdí en el gran lago que se extendía frente a mis ojos, con el enorme paredón montañoso detrás.

Al día siguiente, tomé un desayuno liviano. Dos tazas de café y me subí al auto que había alquilado en el aeropuerto. Pasé por el almacén del pueblo y compré algunas cosas para el viaje. No quería depender de encontrar un lugar para cuando tuviese hambre, prefería tener algo sencillo a mano. Mi destino era el mar, y en especial el Desdemona. Un viejo navío encallado en la costa. Pedí indicaciones de viaje al dueño y me marché.

Conduje por un sendero marcado por pinos, los rayos se filtraban mostrándose armónicamente a medida que yo avanzaba, el efecto era un destello constante que me hacía forzar la vista en el camino. De pronto ese bosque terminó y quedé librado a una pradera que se extendía por kilómetros, hasta donde mi vista llegaba a ver.

Finalmente el mar. Seguí un tramo más al sur bordeando la costa, sin sacar los ojos de la línea del horizonte. Esa era mi guía, mi compañía, que me indicaba a donde ir. Y ahí a lo lejos, lo que venía a buscar. Descansando eternamente, un buque varado en la orilla. Un gigante oxidado por los años, como testigo del tiempo. Sin posibilidad de hacer otra cosa más que aguardar el paso de los días en inquebrantable hastío.

Estacioné cerca, bajé el vino y un poco de pan, y me fui caminando a examinarlo de cerca. Era un gigante abatido por la corrosión del agua, el viento y los años. Lo recorrí dando una vuelta completa y escudriñando cada detalle. Las gruesas cadenas con el ancla que lo fijaba a un suelo al que igualmente nunca podría abandonar. Un mástil partido al medio. Su cuerpo con agujeros hechos por aquellos que profanaron su espacio en visitas a éste rincón del mundo. Decidí sentarme a unos metros de él, disfrutando mi almuerzo, solos nosotros y el inmenso mar.

“¿Increíble no cree?” Me preguntó una voz que sentí a mi espalda. “¿Qué cosa?” pregunté girando mi cuerpo para ver a un hombre de avanzada edad, enfundado en un grueso abrigo que se acercaba. “Nada” contestó. “Que una cosa tan grande pueda quedar así, atorada en una playa como ésta. ¿No le parece increíble?”

“Para serle sincero, no. La historia cuenta que fue una impericia de su capitán. La noche estaba azotada por una gran tormenta, los instrumentos no respondían y las decisiones que tomó aquel hombre hicieron que hoy estemos mirando a éste gran navío en éstas condiciones. No fue una casualidad sino una causalidad en verdad, con lo cual, discúlpeme, pero no lo veo muy increíble que digamos”

“Bueno, si vamos a ser tan rigurosos, muchos hechos de nuestra historia no son más que el resultado acertado o equivocado de un puñado de gente. A lo que yo me refiero es al hecho final, a que estemos sentados frente a éste coloso aun hoy, como estamos. ¡Hombre, déjeme conferirle cierto aire de maravilla al menos!” Luego se acercó unos pasos más y me inquirió “Yo creo que si no tuviera algo de misterioso o de encantador no hubiésemos venido hoy hasta acá. Dígame, ¿que lo trae a usted al Desdemona?”

Pensé en no contestarle, pero por algún motivo preferí contarle la verdad.

“Digamos que me une algo a este navío, por así decirlo. Verá, el hecho de que yo esté acá no es más que una vía de escape. Escape de mí mismo, no crea que me andan buscando por ahí. Digamos que en algún momento tome las decisiones equivocadas, doblé por esquinas de mi vida que no debía y me aparté de un camino deseado, cuanto menos. Y el no poder dar marcha atrás me fue inmovilizando de a poco ¿sabe? Digamos que me dejo varado, en el medio de ningún sitio. Así como este barco, víctima de malas decisiones y encallado acá por siempre”

“Ya veo. ¿Y está seguro de que no puede volver esas decisiones atrás? ¿Darse una nueva oportunidad?”

“Tan seguro como el hecho de que la persona que tanto amé y que dejé atrás en ese anhelado pasado, ahora no se encuentra más entre nosotros. Tan seguro como el hecho de que ésta nave nunca más surcara el mar”

El hombre me miró un rato. A mí y al mar. Luego me dijo “Bueno verá don… disculpe pero no sé su nombre”

“Fernando Oleto”, respondí.

“¿Oleto? Qué curioso, parece un palíndromo. Un ‘bifronte’ para ser exacto. De “Otelo”. Es su apellido escrito al revés. Y justo acá parados al lado de Desdemona, a quien Otelo asesinó por celos en la obra de Shakespeare. En fin, no me haga caso, me gustan los juegos de palabra nomás. Pero como le decía Fernando, seguramente en esas decisiones que usted tomó y que lo apartaron de la posibilidad de estar junto a ésta persona, hubo otras cosas en juego. Cosas por las que debió optar. Si pudiera volver el tiempo atrás, esas cosas dejarían de formar parte de su vida. ¿Estaría dispuesto a perderlas por el amor de esa mujer?”

“Lo que obtuve a cambio fue una vida segura y solitaria. Dedicada al trabajo. Sin vaivenes económicos. Un reconocimiento a mi labor tal vez. Algo que no puedo dejar de sentir como una suerte de adormecimiento del alma ¿sabe? A su pregunta, ¿qué más quisiera yo que dejar ésta versión de mí, pudiendo recuperar aquel viento que me lleve a otros rumbos inciertos y tan deseados?”

“¿Está seguro? Mire que como dijo, nuestras decisiones nos condenan”

Se hizo tarde y comenzaba a caer una helada lluvia. Así que subí al auto y saludando con un brazo en alto a éste hombre, desandé el camino de nuevo al hotel.

Aquella noche no pude dormir bien. Sería el lugar, o quién sabe qué. Pero me sentía raro. Me levanté varias veces a mirar el lago desde la ventana tratando de conciliar el sueño ausente.

Temprano por la mañana fui a desayunar. El empleado de la recepción me saludó cordialmente con las preguntas que por protocolo, siempre se hacen. “¿Por dónde anduvo paseando ayer, pudo disfrutar el día?”
“Fui hasta el Desdemona” le respondí. Pero el hombre me miro con una expresión rara, como perdido. Así que agregué “el barco, a orillas del mar”

Su respuesta no tardó en llegar. “Disculpe pero ¿qué lugar?”

“No, no es un lugar. Es decir si, donde se encuentra el navío encallado”

“No sé a qué navío se refiere, pero no conozco ninguno encallado por la zona”

Pensé que quizás él había dormido aún peor que yo, así que decidí no seguir con la charla. Sin embargo me dejó algo enojado con su respuesta. Al volver lo increpé. “Mire, al salir al mar, el navío que está encajado desde hace más de cincuenta años, el Desdemona, ¿lo recuerda ahora? ¡Vamos, no hay tantas cosas por la zona como para que no la recuerde!” Y en mis palabras había un dejo de brusquedad e ironía.

El tipo me miro ofuscado y fue contundente con la respuesta. “En mis años aquí jamás nadie habló de un navío encallado. Quizás se confunda señor” y se marchó.

Al salir y pasar nuevamente por el almacén le pregunté al dueño si me recomendaba algún otro lugar para visitar y mencioné el hecho de que había llegado bien con sus indicaciones a ver el barco en el día previo. Nuevamente la misma escena se repitió, me miró extrañado. “¿Desdemona? No sé de qué habla”. Estuve un rato hablando y discutiendo sobre la charla que mantuvimos el día previo. De un hecho tan claro como las toneladas que pesaba ese viejo rejunte de metales olvidado a la vista del extenso mar. Sin embargo la respuesta era siempre la misma y quedaba yo como un loco que hablaba de una historia irreal.

Subí al auto y maneje nuevamente hasta ese lugar, sin prestar demasiada atención a nada. Quería volver a ese sitio. Sin pensar aceleraba cada vez más el auto. Hasta que vi el mar y comencé a bajar por la costa. Al cabo de varios kilómetros comencé a buscarlo incansable a la distancia. Debía estar allí. Sin embargo había desaparecido como por arte de magia. Como una extraña broma. Llegué finalmente y sin salir de mi asombro, lo único que vi eran kilómetros de arena en una playa que depositaba sus brazos al mar.

Me transpiraban las manos. El corazón me latía sin cesar. ¿Cómo podía haber desaparecido? Era como estar dentro de un sueño. Miré el piso buscando detalles, marcas. Nada. Era como si ese navío nunca hubiese estado allí.

Lo único que encontré fueron unas piedras marcando un sitio. Y en el centro, una botella de vino, un poco de pan y un libro. Al abrirlo vi que era la obra de Shakespeare y en la primera hoja una dedicatoria. “A un Otelo que en vez de asesinar a Desdemona, prefirió devolverla al mar”

La quietud de esa mañana se quebró por un único sonido. Mi teléfono, y en él un mensaje. Era ella, diciendo que me esperaba.

“Del fuego vino el diluvio. La nave vuelve a partir.
Y mi alimento son las cenizas de una noche larga”

Un Millón De Años Luz – Soda Stereo (Canción Animal, 1990)