Acto reflejo

Esa mañana Julián no se bajó en la misma parada de cada día. Se quedó sentado y siguió andando, esperando adentrarse en aquella parte de la ciudad que no frecuentaba. Bajó varios minutos más tarde y se metió en el primer kiosco que encontró. Compró un atado de cigarrillos y un encendedor. Caminó hasta un banco de plaza y fumó por primera vez en su vida.

Tras controlar varios ataques de tos, empezó a contemplar todo como un turista. A observar los detalles a los que rara vez prestaba atención. Cada persona, cada gesto, formaban parte de una película donde él se creía único espectador. Luego de un buen rato y tres cigarrillos, sintió una languidez en el estómago que lo motivó a sentarse en un café frente a la plaza, al lado de un viejo teatro. Si bien el local era bastante chico le resultó acogedor, quizás por los cientos de cuadros que vestían sus paredes. La moza no tardó en llegar dejándole una carta y una sonrisa impostada. Al rato volvió a tomarle el pedido. Él quiso un café y un sándwich caliente.

“- Te debo el sándwich, la cocina no abre hasta dentro de una hora” le dijo ella.
“- Pero, no es un plato de comida, es un sándwich”
“- Son para almorzar y la cocina ahora está cerrada”
“- ¿Para almorzar? Pero si… Bueno, entonces ¿Puede ser un tostado?”
“- Si, no hay problema”
“- ¿Que irónico no? Digo, ¿no es básicamente lo mismo? ¿Un tostado no es un sándwich caliente después de todo?”
“- … Un tostado puede ser, no hay problema en hacerlo”
“- Ok, tostado entonces…”

Julián siguió a la moza con su mirada. Justo en ese momento su celular vibró con un mensaje del trabajo. Lo apagó sin contestarlo y lo guardó en su mochila, aprovechando para sacar el libro que lo acompañaba por esos días. Al hacerlo sintió un objeto metálico y al retirarlo comprobó que era aquella vieja llave. Una que había encontrado varios años atrás, en un mercado. Desde el primer momento lo había cautivado su forma: distinta, antigua y misteriosa. Una llave que lo había acompañado desde entonces y a la que él llevaba cual amuleto. Jugaba a imaginar que podría abrir con ella, cuál era el mundo que encerraba. La guardó en el bolsillo del pantalón y se dispuso a seguir con la lectura.

Cuando volvió a la calle tuvo la sensación de que había pasado mucho tiempo dentro de aquel bar. No tenía idea qué hora era, pero para saberlo necesitaba encender el celular y prefirió no hacerlo. Siguió deambulado hasta detenerse en la entrada de un edificio. Se sentó en un escalón para atarse los cordones. No hizo a tiempo a encender otro cigarrillo cuando una anciana que llegaba a la puerta lo miró y le dijo “No me diga que usted es el electricista, tuve que bajar por un mandado solo un momento”
Julián pensó ¿qué había en su apariencia para confundirlo con un electricista? Miró a la anciana y volviendo a guardar el cigarrillo mientras se levantaba, contestó “No es nada, acabo de llegar, no se haga problema”. Luego de seis pisos por ascensor y tras cruzar una puerta con la letra “B” colgada a la altura de su cabeza, Julián se encontró en una parte de la ciudad para él desconocida, dentro de un edificio del que no podía precisar ni la dirección, con una anciana a la que jamás había visto, haciéndose pasar por una persona idónea en una profesión de la que no tenía la más mínima idea.

“Es por acá joven. La tele enciende, pero se apaga a cada rato y para mí que es algo con los enchufes, porque el velador hace lo mismo.” Julián se agachó frente a un enjambre de cables, algunos en muy mal estado. Al verlos en detalle comprobó que estaban llenos de pequeños cortes.
“- ¿Usted tiene alguna mascota en la casa?
“- Si, un gato, ¿Por qué lo pregunta?
“- Creo que se estuvo divirtiendo con los cables, ¿me podría dar un cuchillo?”

Se puso a rearmar los enchufes y recortar tramos de los cables deteriorados. Los empalmó, recubriéndolos con etiquetas que llevaba en la mochila. Al cabo de unos minutos enchufó y acomodó todo. Fue ahí cuando la vio. Pasó caminando entre sus pies desde el mueble donde estaba la televisión en dirección a la biblioteca. Una cucaracha negra como la noche y gorda como un dedo pulgar. Julián se incorporó de un salto. Odiaba esos insectos. Siempre le provocaron una repulsión irracional. Quiso matarla pero al darse vuelta no la vio más. Pensó que era peor no verla, de ese modo no sabía dónde se encontraba. Su ausencia abría la posibilidad de que estuviera en cualquier parte. Miró en todas direcciones pero nada. Había desaparecido. Tomó sus cosas y encendió la tele y el velador. La anciana intentó pagarle, pero Julián se reusó. Quería irse rápidamente de ese lugar infesto. Aquél insecto le provocaba un rechazo infinito.

Al llegar el ascensor se subió sin vacilar aún atribulado por la experiencia y no reparó que éste iba subiendo. Metió su mano en el bolsillo, sacó la vieja llave y la apretó con fuerza. Al llegar al último piso decidió bajar allí mismo y abrir la puerta de la terraza. Una vez fuera respiró profundamente como desintoxicándose del recuerdo de aquel bicho. Miró la ciudad desde esa altura. Caminó hasta un costado y vio hacia abajo a las personas cual alfileres y los autos como pequeñas cajas de fósforos. Se sintió embriagado por la vista. Disfrutó de esa manera de apreciar lo cotidiano, de una forma distinta. Pasó el pie izquierdo al otro lado de una pared que le llegaba a la cintura y luego el derecho. Quedó de pié en la cornisa y se sostuvo con una mano de un barral que ahora estaba a su espalda. El viento lo envolvía y Julián lo disfrutaba. Fue extendiendo el brazo cada vez más inclinando su cuerpo hacia adelante, hacia el vacío mismo. Pensó que se encontraba en el vórtice, entre éste mundo y la nada. Y esa separación estaba en su mano. Sus dedos eran el nexo entre la vida y la muerte.

En ese momento, lo sintió en la nuca. Unas diminutas patas que usaban su piel como soporte. Allí estaba aquel inmundo insecto una vez más. Seguramente se había venido con él hasta allí, entre sus ropas. Julián sin vacilar golpeó su nuca con la palma de la mano, pero no sintió nada bajo ella. Solo su cuello y el borde de su camisa.

Instintivamente miró su otra mano que por suerte no había dejado caer la llave y la sujetaba bien fuerte.

“My pain is self-chosen. At least I believe it to be
I could either drown, or pull off my skin and swim to shore”

River Of Deceit – Mad Season (Above, 1995)