Agua

Mariano soltó la válvula del dispenser, el vaso estaba casi lleno. Luego volvió al comedor para entregárselo a Nahuel, como cada miércoles a las tres de la tarde.

Cuatro días a la semana, Mariano daba clases particulares de matemática en su casa. Lo apasionaba su profesión y le gustaba trabajar con un alumno por vez, decía que así podía concentrarse mejor en la manera en que cada chico aprendía. Sin embargo había en Nahuel algo que lo inquietaba. Desde el primer momento en que llegó para su clase de apoyo en matemática de quinto grado, lo primero que hizo antes de sentarse en cada encuentro, fue un pedido: “¿Me traes un vaso de agua?” Y Mariano así lo hizo siempre. Sin embargo Nahuel nunca bebió ni un sorbo de aquellos vasos.

Al principio Mariano no reparó demasiado en éste comportamiento, luego lo tomó como algo ocurrente. Creyó que quizás Nahuel lo hacía como una broma hacia él. Y un día se adelantó al pedido. Al recibirlo le anunció: “- Ya te dejé el vaso de agua”. Nahuel se sentó, bebió todo su contenido y luego miró a Mariano y le dijo “¿Me traes otro vaso de agua?” Y de éste segundo vaso nuevamente no tomó ni una gota. Fue luego de aquél día que Mariano comenzó a sentirse incomodo con aquellos pedidos. Empezó a pensar sobre aquello en momentos en que no estaba con su alumno. El interrogante se le presentaba a cada rato. Y él quedaba absorto cada vez que abría una canilla.

Una tarde, en medio de una clase y con el vaso lleno de agua, el celular de Mariano vibró una vez más.
“- ¿Quién es?” preguntó Nahuel.
“- Mi ex mujer” respondió Mariano, arrepintiéndose al instante de haber dado esa respuesta. Hubiera preferido decir que era otra persona. Hubiera preferido no tener que decir la palabra “ex”, o inclusive no haber recibido ese mensaje. Lo que hubiera querido era seguir viviendo aún con Noelia y no tener que afrontar aquella charla. No sentir ese temblor en su cuerpo cada vez que llegaban los mensajes o cada vez que la veía, al ir a buscar a su pequeña hija Sofía. No sentirse paralizado frente a ese futuro que ya era presente para todos, menos para él.
“- ¿Cuánto hace que te separaste?”
“- Un año”
“- Ah, hace bastante”
Bastante. ¿Cuánto era bastante? Mariano jamás lo había ponderado de esa manera. Los días se iban acumulando pero él nunca los había cuantificado.
“- Si, bastante” respondió finalmente, pero diciéndoselo más que nada a sí mismo.

Aquel día cuando la madre de Nahuel llegó a buscarlo, Mariano pidió hablar con ella. La madre le dijo a su hijo que la esperara en el auto.
Mariano abordo su duda de la mejor manera posible, pero a medida que trataba de interrogarla sobre el vaso de agua, se sentía cada vez más avergonzado por lo que estaba preguntando. No era algo que fuera a alterar la relación entre maestro y alumno, pero necesitaba saber la respuesta que tendría su madre al respecto.
Ella se quitó los anteojos de sol y esbozo una leve sonrisa, luego le respondió: “- Es por el control. Cuando Nahuel viene a su casa y tiene que aprender lo que usted le enseña y de la manera en que se lo enseña, queda a su merced de alguna forma. Ya sé que suena como si usted fuera un tirano que se aprovecha de él y no es así. Pero es un comportamiento típico de mi hijo. El pedir algo que el otro haga, sistemáticamente en cada encuentro y que luego claramente deje ver que no necesita. De esa manera ejerce un control sobre la situación. Así equilibra el caos que siente”

Mariano no pudo articular palabra. Claramente no esperaba una respuesta como esa. La mujer luego le pidió disculpas por si la situación lo incomodaba y le contó que esto ya lo habían vivido en reiteradas ocasiones. “- Obviamente no es siempre un vaso de agua, puede ser cualquier cosa”, comentó. Los especialistas les habían recomendado que no molestaran a Nahuel con el tema, que podría ser estresante para él. Finalmente la mujer le pidió a Mariano que no se negara al pedido de su hijo. Ya que si así fuera, él no iba a querer venir más, poniendo todo tipo de pretextos y hasta dejaría de prestar atención a lo que le enseñase.
“- No se preocupe –dijo él- le agradezco que me haya contado esto, lo espero el miércoles que viene”

El auto desapareció doblando la esquina. Mariano cerró su casa y comenzó a caminar por la ciudad. Pensó sobre el vaso de agua, sobre los espacios que nos resultan ajenos y cómo hacer para sentirnos a resguardo de ellos. Esas pequeñas batallas que peleamos contra nosotros mismos en favor de mantener un mundo equilibrado y consistente. Anduvo varias cuadras meditando sobre éstas cosas, pero no sin un destino concreto.

Al llegar a lo de Noelia ella se sorprendió al verlo. Le dijo que era temprano, que Sofía aún dormía la siesta. Mariano le pidió pasar y le dijo que quería hablar por lo de los trámites, que ella tenía razón y que ya era hora. Entraron a la casa. Mariano sintió que el pecho se le oprimía. Le sudaban las manos. Sintió vértigo. Había llegado caminando al tramo final de aquella etapa de su vida. Estaba parado en aquel borde, el que había evitado todos estos meses. Debía comenzar a aceptarlo en tiempo presente.

Ella lo invitó a sentarse. Mariano corrió la silla, pero antes de tomar asiento miró a Noelia y le dijo: “¿Me traes un vaso de agua?”

“Agua, sal de mi canilla
quiero que me hagas cosquillas
siempre, sonido sonriente
dame, que es grande mi confusión.”

Agua – Los Piojos (Azul, 1998)
(… ya sabemos cómo esto es, hay uno y si hay dos no hay dos sin tres …)