Ajedrez

El problema estuvo en la apertura. En el ajedrez la apertura es todo, y yo arranqué mal. El día que mi viejo me preguntó si quería ir y le dije que no. Ahí tendría que haber agarrado viaje. Pero no. Adelanté el peón equivocado. En vez de haber hecho una apertura clásica o de manual, moví el que está al costado del tablero. Los peones igual no son de mucha ayuda. Como todos dicen: “Nunca un peón se come a un rey”

Lo mismo pasó cuando anduve con los Benitez, no salió nada bueno de eso. Ni sé porqué los buscaba. Creo que me hacían sentir mas grande, en esos años donde deseaba crecer lo más rápido posible. Decían que eran mis amigos, pero en cuanto pudieron, me sacaron el alfil que tanto quería. Me tomé mucho tiempo en entenderlo. Y para ser sincero, nunca tuve una estrategia. Fui tanteando la cosa, creyendo que las idas y vueltas iban a jugar a mi favor. El azar iba a resolver aquello que yo no hiciera por decisión propia. Pero el azar era una bengala sin rumbo. Nunca sabías donde te podía quemar.

Ojo que hubo buenos movimientos. No todo fue una derrota constante. Algunos precisos, inesperados para el ejército contrario. Los veranos en la costa por ejemplo. Cuando se empieza a aprender “cosas de grandes”. En ese entonces gané una torre y varios peones del otro. Recuerdo que fue la primera vez que tuve esa sensación de que podía ser posible. De ganar la partida digo. Ese momento donde dejé de ser solo un chico y quería comerme el tablero. De ahí en más me colmé con todo lo otro que viví afuera de las escuelas. Esa desmesura, como un banquete lleno de alternativas, y yo con tanto apetito. Estaba subido a un caballo del que nadie me bajaba.

Llegaron las muertes. Las primeras. Esas que me golpearon duro. Al principio me escondí con un enroque. Intenté pasar desapercibido. Ocultar mi rey y disimular mi miedo, mi terror. Pero la torre contraria, la que quedaba, se me vino al humo y extrañé mi viejo alfil más que nunca. Benitez y la puta que los parió. Pero me las rebusqué y descubrí cuando los otros cambiaron la estrategia, armando una emboscada. Estaba aprendiendo a mover mis piezas. La idea del adversario era hacerme creer que tanto ellos como mis soldados respondíamos a una sola persona y que encima nadie tenia pruebas claras de su existencia. Que debía creer y someterme. Una artimaña barata, porque me prometían extender la partida si lo hacía, si me adormecía ante ese circo. Hasta intentaron burlarme con la idea de que no importaba perder, pues luego habría otro juego mas, incierto y en otro reino alejado del mío. Me di cuenta a tiempo: estaba solo y si había alguien que iba a vencerlos, eran mis piezas y yo.

Así llegaron mas encrucijadas. Mi tropa iba bajando en cantidad, mas rápido que los otros. Cuando creí estar defendiendo a mis últimos peones, me echaron de ese trabajo, por pensar distinto al resto. La reina desde el otro lado del tablero vino a envenenarme un caballo y antes de que yo pudiera armar un plan, volvió muy ligera a su reino, a resguardo con los suyos. Fue difícil volver a empezar y encontrarle la vuelta. Pero no me doblegué. Empecé en otro lado, con otra gente. Cambié de casa y de lugar. En el ajedrez la partida se sigue hasta que alguno gana y punto.

Un buen día empecé a sentir que necesitaba respuestas y para eso tenía que moverme y hacer mover al rey contrario. Debía revolver verdades y ensuciarme, si quería despojarme de esa oquedad que me atormentaba. Tenía que hacer que esa pieza principal se cansara. Exponerla y obligarla a que me diera lo que yo quería. Así las respuestas aparecieron, pero no fueron gratis. El precio fue darme cuenta de mis errores. De las desiciones que pudieron haber sido otras, para estar plantado de otra manera y con posibilidades de ganarlo todo. Me había equivocado mucho. No tendría que haber distribuido todos los peones, y debería haber hecho ese viaje que nunca hice, poniendo siempre alguna excusa. Tendría que haber usado más mi reina en vez de guardarla por tanto tiempo, y haberle dicho otra cosa a esa hermosa mujer aquella madrugada, en vez de un “chau, nos vemos” Tendría que haber usado los dos caballos juntos para ser mas agresivo, y haber contado que si; que tenia miedo y que no podía, cuando era el momento.

Fui siguiendo la partida, mas reflexivo, pero mas débil. Con pequeñas victorias y terribles pérdidas. Mataron a la reina, diezmaron a mi gente. Solo me acompañaba un puñado de sueños y algunos soldados heridos. Pero no me detuve nunca y avancé escapando. Creí que si lo hacía por mucho tiempo, podría quedar empatado con mi adversario. Una suerte de cobardía que auspiciaba cuanto menos, mas amaneceres en el horizonte.

Una tarde finalmente ocurrió algo, en un movimiento a pocos casilleros de casa. Fue casi imperceptible. Un frío me recorrió la espalda, el aire estaba espeso. Miré a una esquina. Ese corcel anulaba dos vías de escape. A lo lejos la torre podía llegar rápidamente a aniquilarme. El otro costado estaba cerrado por un alfil que esperaba al acecho. Solo quedaba una opción y era moverme hacia atrás, retroceder. Me di vuelta y lo sentí junto a mi. Bajé la vista, encontré esos ojos salvajes y escuché su risa endemoniada. Tenía una daga afilada en su mano derecha. Era un peón. Un bueno para nada. Un soldado que se mueve de a un paso a la vez; ahí junto a mi rey, aguardando para ejecutarme.

Sesenta y cuatro lugares posibles, combinados en una infinidad de caminos. Sesenta y cuatro lugares llenos de música, sueños, penas y alegrías. Si solo hubiera tomado las desiciones correctas. Si solo hubiera hecho una buena apertura.

Retiré mis manos ensangrentadas del abdomen y caí de rodillas. Aquél peón se me acercó al oído riendo y sentí su nefasto aliento a medida que lo hacía. Luego hundió el filo en mis entrañas nuevamente. Pensé en quién me encontraría tirado ahí en el medio de la nada, unas horas mas tarde. La vista se me nublaba, ya no quedaba nada; solo él y yo. Mis sentidos se iban apagando de a poco y él lo sabía. Así que sin perder tiempo pronunció esas palabras, aquellas que serían las últimas dirigidas a mí: “Jaque mate, el juego ha terminado”

“When he was six he believed that the moon overhead followed him.
By nine he had deciphered the illusion trading magic for fact, no tradebacks.
So this is what it’s like to be an adult.
If he only knew now what he knew then”

I’m Open – Pearl Jam (No Code, 1996)