Alquimia

Aquella tarde Nahuel lloró. Nina, su mujer quedó perpleja por el episodio. Nunca lo había visto llorar en todos los años que habían compartido juntos, y sin embargo en aquel momento lo hizo por el solo hecho de escuchar una canción.

Con su cara hundida en sus manos intentó ocultar una angustia inconmensurable. Un despojo de todo reparo, una ausencia de toda contención posible. Sus dedos húmedos destilaban una tristeza infinita. La mano en su espalda, la de ella, intentaba conectar con algo que simplemente, en él, no quería estar presente. Su cuerpo, un rejunte de huesos y tendones, encorvado y ausente. Con su cabeza azotada por un pandemonio de ideas sin sentido. Una tormenta que hubo que esperar a que calme para recuperar al hombre de aquel despojo de existencia y traerlo en sí. Esperarlo, para poder ver debajo de tanto llanto, nuevamente sus ojos. Luego de unos largos minutos que parecieron horas, levantó la mirada, secó su rostro y volvió a poder hablar.

Negó una y mil veces que sus lagrimas fueran por algún motivo que su mujer intentaba adivinar desesperadamente. No había males ni desgracias no contadas. No había un porqué preciso. No había mas explicación que esa: una canción.
Nina al principio no quiso creerle. “Hemos compartido cientos de momentos amargos. Peleas, derrotas y velorios. Jamás he visto en ti ni una lágrima ¿y ahora debo creer que todo este mar que brota por tus ojos es producto de una canción?

Nahuel, asintiendo le explicó: “Esa canción son miles de cosas para ponerlas en palabras. Como cada una de esas obras que significan algo mas que la obra en si“. Había en ella muchas sensaciones juntas que no se anunciaban como algo único y exacto que le haya ocurrido o que siquiera lo llevara a un momento en particular de su vida. Fue esa canción un contenedor que, cargándose de muchas sensaciones, se transformó en un espacio para poderlo habitar. Un lienzo en el cual se dieron cita cientos de momentos, recuerdos y vivencias. Esa canción se transformó en una emoción mas para Nahuel. Como la felicidad, la tristeza, o la nostalgia. Existía. Y él quedaba a merced sin mucho mas análisis que cualquier hecho, innegablemente real.

Como esa canción, otras tantas le confieren a Nahuel y a miles o millones de otras personas que andan por el mundo, una conexión con algo que los eleva por los cielos mas altos o los interna en los abismos mas profundos. En las canciones, cuadros y escritos existe, desde la manifestación del arte, un vehículo donde transportar nuestras propias sensaciones, nuestras propias alegrías, tristezas, odios y pasiones. Es ese quizás el máximo logro del arte frente al hombre.

Los años pasaron. Nahuel no volvió a llorar. Al menos Nina nunca mas lo vio como aquella tarde. Un día, al comenzar el otoño ambos disfrutaban viendo el sol filtrándose por las ramas de los viejos nogales. Ana, su hija con diez abriles a cuestas aprovechaba el permiso otorgado para escuchar los discos de vinilo de su padre. El viejo combinado acompañaba aun los días en familia, luego de varias reparaciones. Pero su exquisito sonido era valorado por todos. El rito de los vinilos era para Nahuel un momento especial y desde hacia unos meses su hija jugaba a ser una exploradora musical por aquellos fabulosos y mágicos discos de sus padres, aprendiendo y conociendo canciones que habían estado desde su infancia y le habían servido como sus propios contenedores, para llenarlos de sus vivencias, sus cosas, su vida.

Encontré el otro día unos discos que ni había escuchado, solo algunas canciones quizás. Pero una me pareció simplemente maravillosa, me hizo muy feliz encontrarla. Voy a ponerla ahora mismo“. Y al rato, luego del sonido de la púa que comenzaba a surcar una nueva pista y emitir ese preambular ruido característico, Nahuel y Nina volvieron a escuchar esas primeras notas, aquella canción. Una vez mas se abría paso por los parlantes y lo inundaba todo. Nina miro a Nahuel con miedo, esperando la peor reacción. Sin embargo Nahuel miró a su hija y la vio sonreír, cantado aquellas estrofas.

Entendió entonces que la subjetividad de aquellas composiciones y el lugar desde donde se las aprecia permiten experimentar sensaciones tan disimiles que es difícil darse cuenta que quizás todas surjan de un mismo lado. Como nosotros mismos y la manera en que experimentamos esto que llamamos vida. Con aquellos que nos sentimos bien sin saber porque, aunque no conozcamos nada de ellos. Con los que compartimos vidas enteras y nos siguen sorprendiendo de tanto en tanto. Con aquellos que nos dejan un vacío infinito al partir y que un buen día vemos que en los ojos de los que nos siguen, allí están, su esencia, sus enseñanzas. Somos tan indefinibles en algún punto como el rejunte de sensaciones que van colmando aquellos espacios que declaramos como nuestros. Esos que hacen que Nahuel llore como un chico sin poder saber porque y que un buen día bajo el sol que se filtra por los viejos nogales, el visitar ese mismo lugar sonoro, lo haga sonreír, dando una nueva definición a ese espacio que guardaba desde siempre. Trocando tristeza por felicidad, amargura por esperanza y desazón por curiosidad.

Finalmente, pensó Nahuel, el arte se reinventa bajo los sentidos de quien lo aprecia y en esa alquimia, nos permite en algún punto, reinventarnos a nosotros mismos.

“Oh no, not me, I never lost control.
You’re face to face with the man who sold the world.”

The Man Who Sold The World – David Bowie. (The Man Who Sold The World, 1970)