Apagar

Con el primer café de la mañana, Pablo miró por la ventana prestando atención al color que tomaban las hojas en otoño. “Otra vez” pensó. Otra vez la calendarización de la angustia. Arribando sin demoras, como siempre. Anualizando el dolor en cuotas iguales. Y se formuló la pregunta, como si fuera otro el que la hiciera dentro de su cabeza: “¿Existirá acaso, forma alguna de desaparecer por unos días?”. Pero lo que Pablo quería no era simplemente ausentarse e irse de vacaciones por un tiempo. Quería desaparecer realmente de todo lo cotidiano, como dormirse y despertar luego de una semana cuanto menos.

De pronto volvió a su mente aquel recorte que había guardado tiempo atrás. Revolvió su cajón hasta encontrarlo. Perdido entre notas, hojas que solía juntar de un lugar u otro y viejos recuerdos. Leyó nuevamente el título: “¿Necesita desconectarse por unos días?, ¡Nosotros podemos hacerlo! Evite el tiempo que no quiera vivir”. Pero esta vez, lejos de reírse, como en otras ocasiones, miró la dirección y emprendió el viaje. Dos horas más tarde, aguardaba en una sala sin muebles, solo con un escritorio y dos sillas.

Por la puerta principal entró un hombre de unos cincuenta años, con prominentes anteojos y una barba abultada. Se sentó sin hacer ruido alguno luego de estrechar su mano y preguntó: “Muy bien, ¿conoce usted nuestro sistema?” Pablo negó con la cabeza y el otro prosiguió “Bueno, lo que nosotros le ofrecemos es una técnica de yoga, mediante la cual su conciencia podrá apagarse por un tiempo”. Pablo estiró las cejas en señal de asombro e hizo fuerza por no gesticular una mueca absurda. Él no creía en nada de todo eso. No creía en nada de nada, a decir verdad. El hombre continuó la explicación: “Lo que usted va a realizar es una técnica de meditación milenaria”Milenaria. Pablo odiaba ese tipo de palabras, como milenaria, fe, o ancestral. Para él eran herramientas que permitían justificar en palabras, lo injustificable en la vida misma. Lo irreal. Lo imposible. El hombre pareció percibir la incomodidad de su cliente, por lo que detuvo el discurso y lo invitó a pasar a la sala, para comenzar directamente con la propuesta. Previo pago, claro está, en la caja al final del pasillo. Pablo guardó su billetera y volvió con una sensación de haber sido embaucado, de haber sucumbido ante un grupo de estafadores. De pronto alguien lo detuvo ante una puerta de caoba oscura. “Disculpe –dijo aquel- aquí debe entrar descalzo”. Pablo desato sus zapatillas dividiendo sus pensamientos entre el odio por ese lugar, el odio a si mismo por haber ido hasta allí, y la duda al tratar de recordar si sus medias estaban en condiciones de ser vistas por otra gente.

Dentro de la sala había cinco personas. El maestro como decidió llamarlo, estaba vestido con una túnica violeta, ubicado al frente con sus piernas cruzadas, sentado en almohadones. Los demás adoptaban la misma posición, formando una medialuna ante él. Pablo fue a una punta de la habitación. Lo primero que sintió fue un fuerte olor a incienso que lo mareó; lo último que necesitaba era descomponerse ahí mismo, pensó al acomodarse. Acto seguido comenzó a sonar una música muy suave. Citaras que venían desde lejos, con timbales que sonaban disonantes, pero de alguna forma armonizados entre sí. El maestro hizo una seña para que todos cerraran los ojos y comenzó a enunciar palabras inentendibles, murmullos que se repetían una y otra vez, como un mantra eterno. Pablo probó relajarse, intentó poner su mente en blanco, de no pensar en nada. Probó imitar todas las cosas que había visto en películas y oído en libros o por amigos. Pero en lo único que pensaba era en que aquello era un sinsentido. Que estaba siendo víctima de una gran mentira y que lo enojaba sobremanera ser parte de ella. Se cuestionaba porqué había sido tan débil en doblegar todo por cuanto había descreído en esta vida. Sintió una molestia punzante en sus piernas que imaginó entrelazadas como dos ramas. Hasta que finalmente dijo basta. Aquello, claramente, no era para él. Decidido a abandonar todo de inmediato, abrió los ojos y ante su sorpresa tres de los otros ya se habían retirado, y también el maestro. Mas furia sintió entonces. No era el primero en desertar, en darse cuenta de todo. Salió al pasillo, se acercó a la puerta con ganas de increpar al primero que cruzara, pero al ver la salida principal abierta, prefirió irse cuanto antes, y dejar aquello detrás. Volvió por las calles de la ciudad, camino a su casa.

“¡Qué idiota que fui!” Se repetía una y otra vez. “¡Como pude creer!” Golpeaba su cabeza con la palma de la mano, como un chico, masticando odio. Al llegar a la plaza principal sintió hambre. Necesitaba comer algo y en su casa no había nada, así que entró al mercado. Juan, el verdulero al fondo, fue el primero que se lo quedo mirando rato largo con los ojos abiertos de par en par. Pablo compró algo de pan con unas provisiones y el diario del día. “Tipo raro el de las verduras” pensó al cerrar la puerta. Mas luego se fue dando cuenta que muchos otros, también repetían aquella cara de asombro. Mezcla de espanto y sorpresa. A su paso la gente murmuraba. Algunos lo seguían con la vista desde la ventana, dentro sus hogares. Otros bajaban la velocidad de sus autos para mirarlo. Se sintió incómodo y apuró el paso.

Al llegar a su casa un policía lo estaba esperando. El tipo de uniforme azul se acercó pidiéndole los documentos. Pablo tomó las bolsas con la mano izquierda, sujetando como pudo todo cuanto traía. Con la derecha hurgó en sus bolsillos por alguna identificación que lo acreditara, ante los ojos de aquel oficial. Al hacerlo, Y pasando su mano de un bolsillo a otro, las bolsas se le escaparon de los dedos y cayeron al suelo. Pablo trató de evitarlo, estirando el brazo, queriendo asirlo todo. Y fue ahí, en ese intento, cuando palideció y se desplomó redondo, tirando lo poco que aun sostenía.

No fue su caída un desmayo por la falta de comida, ni por la gente que lo rodeaba agolpada, entre azorados y expectantes. No fue por el oficial que lo miraba con ojos inquisidores, ni por los carteles que en cada esquina mostraban su rostro, pidiendo por su paradero. Fue tan solo por aquel periódico que escapó de una de sus bolsas; dejando ante su vista la fecha, adelantada un mes completo a lo que él creía.

“In a little while I’ll be gone.
The moment’s already passed, yeah it’s gone.
And I’m not here, this isn’t happening”

How to Disappear Completely – Radiohead (Kid A, 2000)


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