Apnea

El juego siempre consistió en aguantar la respiración; el primero que respiraba, perdía. Helena seguro recuerda de esas tardes cuando él la miraba desde otro pupitre invitándola: abría su boca bien grande y luego de aguardar para que ella hiciera lo mismo, ambos hinchaban las mejillas al unísono. Matias por su lado evocaba siempre sus ojos brillantes y aquel gesto, aceptando el reto. Luego alguno de los dos exhalaría para respirar nuevamente, acompañando la derrota con una sonrisa, mientras la profesora o sus compañeros miraban sin entender del todo lo que estaba pasando.

Del tiempo que siguió a esas ceremonias poco supieron uno del otro; sin embargo, él nunca abandonó esa extraña práctica cada vez que el mundo caía sobre sus hombros con el peso absurdo de la realidad. Aguantaba el aire y cerraba los ojos mirando a otro sitio, en otro lugar. Creía que de esa forma escapaba mágicamente del inclemente destino que (aunque no creyera en él) desataba de tanto en tanto una penosa angustia de lo inevitable. Y en ese escape se sentía acompañado, desde algún lugar distante, por la complicidad de su compañera de juego.

Cuando algunos trastornos de sueño lo llevaron a realizarse estudios, el resultado sentenció “complicaciones respiratorias” y así, irónicamente la vida se burló de sus escondites. Sin embargo siguió haciéndolo, reteniendo aire y subsistiendo en una suerte de vacío absoluto. Muchas veces al dormirse imaginaba que la ausencia de oxigeno lo sumía en el más profundo de los letargos y que no volvería a respirar hasta la mañana siguiente.

Un buen día (Matias recuerda el momento y el lugar, pero casi nada más) Helena apareció, y al menos por el hecho de que ella también lo reconoció, él quiso creer que no estaba tan cambiado después de tanto tiempo. Se saludaron con la sorpresa del impensado. Repasaron los años en unos pocos minutos, con la urgencia de un resumen improvisado, se prometieron seguir hablando y luego se despidieron con un abrazo. Nunca mencionaron el juego. Matias hubiese querido saber si ella lo seguiría jugando. Si seguiría inhalando pasados perfectos y exhalando presentes improbables. Pero nunca pronunció palabra al respecto, hasta se esforzó por disimular una respiración sin sobresaltos.

Ese fin de año por la noche, él dejó la copa y miró al cielo. A lo lejos alguien anunció a los gritos que quedaban pocos segundos, mientras Matias imaginaba que las estrellas habían cambiado su posición intentando decirle algo, coincidiendo finalmente con ellas en un mensaje. Luego aspiró con todas sus fuerzas el aire cálido, sintió como cada parte de su cuerpo se llenaba del torrente que atrapaba por su nariz agrandándole el pecho. Aguantó una vez más y cerró los ojos. Faltaba poco y el resto de los presentes comenzó la cuenta: «diez, nueve, ocho…”. Él estaba decidido a superar su mejor tiempo.

«I will try not to breathe,
I can hold my head still with my hands at my knees.
These eyes are the eyes of the old, shiver and fold»

Try Not To Breath – R.E.M (Automatic For The People, 1992)