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El robo

“Es un trabajo fácil Sosa. Entrás, agarrás la caja y salís como pancho por tu casa” El gordo Juárez recitaba por décima vez una sucesión de hechos, haciéndolos parecer cada vez mas simples. Mientras tanto, mojaba en el tercer café con leche, la octava medialuna del día. Sin acercar el tazón a la boca, terminaba su contenido solo por sumergir esas facturas una tras otra; dejando detrás un cementerio de náufragos, salvados de su voraz e inagotable apetito.

“Pero jefe, ya se lo dije. Nunca en mi vida me afané nada” repetía una voz suplicando, al otro lado de la mesa, entre servilletas usadas. Sosa era flaco, tanto que si uno hubiera mirado en ese momento desde la puerta, hubiese visto solo la espalda de Juárez y jamás se hubiera dado cuenta que alguien más estaba con él. Tenía los hombros vencidos y el pelo revuelto, por la manía de ensortijárselo cuando algo le molestaba. Eso y las ojeras acusaban como venían sus últimos días. Estaba complicado. Y seguía repitiendo una excusa inútil, que buscaba en la pena propia, la desmotivación ajena: “No me saldría. No soy el indicado para esto. Le repito sin faltarle el respeto Juárez, ¡yo no soy chorro!”

El gordo paró de masticar de golpe y se llevó la mano derecha a los anteojos de sol con marco nacarado. Se los levantó hasta la frente, descubriendo dos pupilas que se contraían como Dráculas al ver el sol, rodeadas por desiertos inyectados en sangre. “Mirá forro, a mi me tenías que laburar y no me cumpliste. Para mí eso y robar es lo mismo, así que no te estoy preguntando. Mañana hacés lo que te digo. Sino anda acostumbrándote a estar acostado” sentenció haciendo una seña con la palma de la mano estirada, recorriendo de oeste a este, como para graficar la idea.

Sosa se quedó duro y estúpidamente no pudo evitar distraerse con la gota de café que se escurría por la patilla de las gafas. Le repugnaba cada centímetro de ese hombre, amorfo y excedido en todo lo imaginable.

“No te escucho Sosa”
“Si… si patrón. Quédese tranquilo. Mañana.”
El gordo volvió a sonreír sarcásticamente: “¡Yo vivo tranquilo Sosa!, no necesito que nadie me lo pida. Ahora rajá” Y mientras el otro se levantaba, él le hizo una seña al turco Demír, su mano derecha, que lo seguía como una sombra. Éste se acercó de inmediato. “Preparáme a la rubia, turco. A la nueva. Los doctores me dicen que tengo que hacer mas ejercicio y les voy a hacer caso” El otro asintió y cruzó el salón. Abrió una puerta y se perdió por un pasillo largo. Al fondo aguardaban tres de las mujeres que el gordo regenteaba. La mulata Verónica. Jazmín, la de los ojos verdes. Y Rocío, la rubia que había llegado hacía poco y que se había ganado el nefasto premio de tener que meterse en la misma cama con el descuartizador de medialunas.

Jazmín escuchó a Demír y suspiró cuando el nombre que salió de su boca no fue el suyo. Agarró una pequeña cartera de mano y se fué a la calle por la puerta de servicio. Allí lo vio a Sosa, caminando en su dirección. “¿Hablaste?” le dijo ofreciéndole un cigarrillo.
“Si, pero no cambió nada” –respondió apoyándose en la pared junto a ella- “Quiere que haga el trabajo o soy hombre muerto”

Jazmín se ajustó el saco largo que le llegaba hasta las rodillas y al volver a acomodarse, aprovechó a moverse lo suficiente para rozar el brazo de él con el suyo. Le gustaba sentir su calor. Recordar esa piel que la había acariciado en mas de una oportunidad, no era la de un cliente sino la de un hombre. Exhaló una larga columna de humo y sentenció: “Y hacélo… ¿Qué podés perder? Nosotros ya perdimos hace tiempo”
Él la miró horrorizado. Estaba escuchando su condena, de la boca de todos. La imposibilidad de negarse, el abismo infinito.

Al otro día se fue a la hora pautada a la casa del escribano. Los hombres del pelado Rizo trabajaban para él. Le hacían los mandados que no podían hacerse por derecha. Rizo era la espina clavada en el ojo de Juárez desde siempre. Y ésta vez el gordo tenia un dato de primera mano. Sosa tenia que hacerse pasar por uno de los hombres del pelado, entrar en la casa del escribano para ir a dejar unos vinos que supuestamente le mandaban de regalo. Buscar la caja de cigarrillos llena de diamantes, en el cajón del escritorio de su despacho, y salir sin que lo vieran.

Llegó transpirando como si estuviera en el medio de una sartén a fuego lento. Tenía que hablar lo menos posible, porque la voz le temblaba con cada palabra. A las siete y veintidós entró en esa casa.

Una hora mas tarde llegó al bar y fue derecho a la mesa de Juárez, quien estaba diezmando el segundo plato de un ejercito de ravioles. Una servilleta manchada de rojo, atestiguaba la sangrienta derrota de la cena. Sosa se quedó parado a su lado y el gordo al verlo, abrió los ojos dejando correr un hilo de salsa que se filtraba por sus comisuras. “¡Mi amigo Sosa! Dichosos los ojos. ¡Sentáte nomas che!”

Éste se sentó y estiró el brazo izquierdo por el costado de la mesa, dejando detrás del servilletero la caja de cigarrillos envuelta en papel madera. Volvió a guardar su mano en el bolsillo y se quedo mirando a Juárez a los ojos, sin pronunciar palabra. El otro abrazó el paquete con los tentáculos de su mano. Y se lo guardó en el bolsillo en un solo movimiento.
“¿Viste que era fácil? ¿Qué se siente volver a respirar Sosa? ¿Linda sensación no?” Y al decir esto se rió descaradamente deslizando restos de comida por sus dientes.

Sosa le dijo que iba al baño. Se levantó y fue a la puerta del fondo. Al llegar, el turco le frenó el paso. El gordo le hizo una seña para que se corra, dejando que el otro se perdiera en el pasillo.

Juárez pidió una botella de vino y mientras esperaba, con la mano acariciaba el paquete que guardaba. Lo recorría con la punta de sus dedos y sonriendo murmuraba por lo bajo: “¡Cómo te cagué Rizo… qué bien te la hice!”

Al rato, del fondo apareció un hombre visiblemente molesto e increpó a Demír. Juárez escuchó que algo pasaba y vio como ambos entraban y salían del pasillo una y otra vez, hablando en voz alta y moviendo los brazos. Llamó al turco y le preguntó “¿Qué carajo pasa acá?” Éste le contestó: “Es Jazmín, le dijo que iba al baño, que lo esperara y nunca mas apareció. ¡No la encuentro por ningún lado jefe!”
“¿Al baño? En el baño está Sosa”
“¿Sosa? Ese me dijo que iba con Rocío. En el baño no hay nadie.”

El turco salió corriendo y se internó en el pasillo una vez mas, subió una pequeña escalera y se metió en la primera de tres piezas, allí dentro estaba Rocío, Sin mas compañía que la de una caja de maquillajes.

Cuando el gordo vio la cara del turco nuevamente, volviendo solo, se apoyó torpemente con una mano en la mesa para pararse y con la otra sacó el paquete de su bolsillo. Arrancó el papel madera de un tirón rasgando al unísono un costado de la caja. Desde su interior brotaron un puñado de cápsulas blancas con la marca de un laboratorio, que rebotaron y rodaron por la mesa hasta el piso.

El turco se acercó gritando “¡no está ninguno de los dos!” mientras veía a su jefe de pié. Sus rollizas piernas, que temblaban como un flan por el esfuerzo de tanto peso. La cara deformada por venas hinchadas como mangueras a punto de reventar. Sus ojos clavados en un papel con algo escrito que se asomaba entre las pastillas. Mientras Demír le sostenía del brazo a esa montaña obesa que respiraba con dificultad, ayudándolo a que se sentara nuevamente; leyó de reojo aquellas palabras, a modo de dedicatoria: “Una después del desayuno y antes de cada comida. Cuidáte gordo, no vaya a ser que el colesterol te mate antes que el pelado. Atentamente, tu amigo Sosa”

“Come on with me, tramps like us.
Baby we were born to run”

Born To Run – Bruce Springsteen (Born To Run, 1975)