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Palabras

Natalia ha bajado los peldaños y está cruzando el pasillo que une las mitades de la ciudad, separadas por una cicatriz ferroviaria, cosida por túneles y barreras. Cuando llegue al otro lado buscará la inscripción junto al cartel de salida. Porque ese acto de arrebato con pintura en aerosol, ese delito sobre el espacio público la mantiene a salvo; como un bálsamo, un artilugio que le permite (después de todo) seguir creyendo.

Claro, ella dice que el significado no está en quien escribe sino en quien lee. Y por lo tanto ha ido abrigando sueños y recuerdos, escondiéndolos minuciosamente entre grafitis, poemas y canciones; en los breves intersticios que separan las palabras, como decorando un espacio propio, una casa o un templo. Logrando tejer un entramado de cientos y miles de filamentos que le sostienen el cuerpo, evitando que la gravedad de Newton se iguale a la de sus penas.

Natalia llega al otro lado del pasillo. Pero junto al cartel, y ante su sorpresa, un blanco color nada, ha censurado el tatuaje de siempre. Aquellas palabras han sido tapadas por la obra de un municipio vil, que poco entiende de quimeras y entelequias.

Mientras aguarda, abandonada ahora a su propia suerte, un joven distraído la embiste torpemente, y apartando los auriculares que suenan a todo volumen, acompaña el movimiento con las debidas disculpas por la imprudencia. En ese instante la música se escapa y se inyecta en su torrente sanguíneo, como una ola que rompe justo sobre ella, proyectando en su mente un caleidoscopio de armonías y sensaciones. Como un narcótico más fuerte que toda droga, que le permite ver esa inscripción en la pared tan nítidamente como el primer día.

Natalia sube ahora los peldaños, dejando detrás el pasillo que une las mitades de la ciudad.

La cicatriz sigue… pero ella está a salvo.

“Te doy una canción como un disparo,
como un libro, una palabra, una guerrilla;
como doy el amor”

Te Doy Una Canción – Silvio Rodriguez (Mujeres, 1978)