Todas las entradas de: Sebastian

Bares

Llegué al bar del polaco a eso de las once. Lo recuerdo bien porque a las doce arrancaba la banda a media cuadra de ahí. Ni bien entré lo vi a Julián apoyado contra la pared, abajo del cuadro de Marley. Abrió los ojos bien grandes y me pegó el grito: “¡Pablito querido! ¡Tanto tiempo!”. Julián siempre decía eso, era nuestro chiste porque en ese entonces, a mediado de los noventa nos veíamos a cada rato; en el colegio, en la calle, en los bares, todo era un posible lugar de encuentro.

Un tipo de ideas firmes Julián, y muy cabeza dura. Tenía tanto de corazón como de testarudo a la hora de defender lo que pensaba. Un día lo miró feo a uno por llevar una remera del Che y no convidarle un cigarrillo. “¡Careta!” le dijo y cuando el otro le hizo una mueca, él aprovechó para reventarlo a trompadas. “Los ideales se defienden” repetía siempre.

Sin embargo, el destino le jugó una mala pasada. Su padre trabajaba en la fábrica de Ozdemir o el turco como se lo conocía en todo el pueblo. Sabido era que a Ozdemir le importaba más la guita que nada en el mundo, razón suficiente para que Julián lo tuviera entre ceja y ceja. Pero como si eso no fuera poco, en el noventa y dos, luego de que la fábrica tuviera que parar la producción por una caída grande en las ventas, el turco echó a la mitad de la planta sin pagarles un peso y al resto les dijo que, si no pasaban a cobrar el sesenta por ciento de lo que venían cobrando, que se podían quedar en sus casas. El padre de Julián aceptó el trato y para su hijo eso fue un puñal clavado en lo más hondo de su pecho. Julián amaba a su padre, pero desde ese día algo se rompió, “no puedo mirarlo sin que se me nuble la vista” me decía. Así fue cómo cada vez que el tema de la fábrica salía de la boca de alguien o acaso se nombraba al turco, Julián murmuraba por lo bajo: “Un día de estos lo mato a ese hijo de puta”.

Volviendo al bar, abajo del cuadro de Marley, le pedí una cerveza al polaco y miré el reloj para llegar a tiempo. Julián me reprochaba cada vez que lo hacía: “¡Dale che que no vas al cine, es una banda! ¡Tomamos un par de birras y vamos!” Yo no me quería perder a esos pibes, sonaban bien; pero la verdad que mis intenciones venían por otro lado, las probabilidades de que Ana fuera a estar ahí eran tantas como mis ganas de encontrarla.

De Ana podría decir muchas cosas. Podría recordar un mundo lleno de detalles; pero acaso solo aquel gesto en esa tarde bastaba para que yo la buscara a la vuelta de cada esquina. Julián sabía lo que yo sentía por ella. Y era raro, porque nunca supe cómo se dio cuenta. Un buen día empezó a decirme: “La vi a la que te gusta” y yo siempre respondía: “dale boludo” y él riendo “¡Mira que sos gil eh!”. Julián era un tipo decidido, directo. Siempre me apuraba: “No sé porque das tantas vueltas. ¿Porque no vas y le decís que la querés y listo? Tenés la mitad a tu favor, ¡Es como tirar una moneda al aire Pablo!” Pero a mí no me salía así y la cara de la moneda que ella podría no elegir, era la que me preocupaba. Porque esa cara tenía el invalorable precio de perder (aunque tan solo fuera) su sonrisa, coronando una charla impensada un día cualquiera.

El recital arrancó una hora más tarde como de costumbre, y en ese hermoso ritual de acercarse al escenario hablando con amigos y desconocidos, Julián me toco el hombro. Me di vuelta y ahí estaba Ana. Me acuerdo que sonaba Sumo por los parlantes. Nos saludó con un “¡Hola! ¿Cómo andan?” y Julián nos avisó que se iba a buscar una cerveza; yo sabía que no iba a volver. Me quedé al lado de ella. La banda salió y arrancó con el repertorio. Hicieron “Almas que luchan”, “No pudo comprender”, “Arco iris en el piano” y “Mírala” con la abuela de alguien que subieron al escenario como invitada. Ana me comentaba cosas que íbamos viendo. El gesto del bajista, el pifie de la viola, lo bien que sonaba el baterista. Y en cada comentario yo me acercaba más a ella, como si no escuchara por el sonido, aprovechando para tenerla más cerca. A la mitad del recital alguien la vino a buscar, estaban unos amigos yendo a una fiesta. Me saludó y se fue con ellos. No recuerdo que otras canciones hizo la banda después.

Cuando salí me lo encontré a Julián sentado en la medianera de la casa de enfrente. “¿Y la piba?” me preguntó.  Le dije de ir por unas cervezas. Volvimos a lo del polaco y tomamos un par de botellas. El polaco después de las cuatro tenía la gentileza de cobrarte una cerveza de vez en cuando y la magia de su bondad radicaba en todo lo que había consumido a esa altura de la noche, al punto de no recordar la deuda de ninguno. Nosotros le pagábamos siempre, Julián no hubiera permitido robarle ni un peso. El resto de los eventuales se dividía en algunos honestos, otros sinvergüenzas y algunos que pagaban hasta de más porque el tipo les daba pena. A eso de las cinco le dije a Julián que me iba, estaba cansado. Él me dijo que se quedaba un rato más. Me despedí y me fui derecho a casa.

Al día siguiente me despertó la voz de mi viejo, hablando con el vecino. Tenía ese tono raro de cuando se habla de algo complicado. Me levanté y lo espié por la ventana. Llegué a escuchar algunas palabras: “¡Que increíble”, “¿Habrá sido un robo?”. Cuando entró a la casa me contó: “Mataron al turco, lo apuñalaron en la entrada de la casa cuando estaba sacando el auto”. Me quedé helado. Pensé en mi amigo y su padre. Pensé que él estaría contento por la noticia. Los detalles no tardaron en llegar como ocurre siempre con las noticias trágicas. No le habían robado nada. Al parecer lo estaban esperando. La policía dijo que fue con algo punzante o un cuchillo chico, pero no encontraron nada.

A la tarde me fui a lo de Julián, esperaba encontrarlo escuchando música a todo volumen como hacia cada vez que festejaba algo. Sin embargo, la madre me dijo que ni lo vio. Que llegó temprano y le dejó una nota, que se había ido a pescar al dique. Julián se iba de vez en cuando allá, ninguno de sus amigos lo acompañaba porque era imposible pescar nada ahí, salvo algún bicho que no servía ni para la foto. Me resultó raro que se fuera sin haberme dicho nada la noche anterior, pero de Julián podía esperarse cualquier cosa.

Cuando volví pasé por la casa del turco. Había varios vecinos en la cuadra hablando de lo ocurrido. Me quedé mirando y paré la oreja. Ahí escuche a Rosa, la vecina de la esquina. “Mi marido me dijo que estaba por salir a comprar el diario cuando vio pasar corriendo a alguien, justo a esa hora”. Creo que ese fue el primer momento en el que sentí pánico; “Un buen día lo mato a ese hijo de puta” empezó a sonar en mi cabeza como un mantra.

El lunes Julián no fue al colegio, recién apareció el martes. En el recreo de las diez nos quedamos apartados y ahí le pregunté: “¿Viste lo del turco?”

“¿Que si lo vi? Ja, estoy de fiesta Pablo, ese gordo hijo de puta no le va a joder más la vida a nadie”

“Algunos vecinos dicen que vieron a alguien salir corriendo, ¿escuchaste?”

– “No, no escuché. Por mí que haya sido el cura de la iglesia, me da lo mismo”

Me quedé mirándolo y pensé no decirle nada. Pero una mezcla de nervios, ansiedad y angustia me empujó a preguntarle: “¿Che, vos que hiciste el sábado después del bar?”

Julián me miro fijo y sonrió.

“Me fui derecho a casa, señor oficial, pero no pienso decir nada sin un abogado”. Levanto las manos al cielo actuando como un ladrón y siguió: “¿Que pensas que hice Pablo?, ¿Pensás que fui yo?”

“No seas pelotudo Julián”

“No, decime. Porque por ahí tenes todo resuelto. Por ahí pensas que me quedé tomando unas birras en lo del polaco y quizás tomé más de la cuenta. Por ahí crees que cuando paso eso, me acorde de mi viejo y ese gordo sorete que no me puedo sacar de la cabeza; así que resolví hacer algo. Que me afané un cuchillo del bar y que después me fui hasta su cuadra y me quede tumbado enfrente como si fuera un borracho. Los domingos hay muchos que terminan así; podía pasar desapercibido ¿no?, y cuando Ozdemir salió del auto para cerrar el portón, me levante, crucé y lo clave tres veces en esas tripas llenas de mierda que tenía”

Yo lo miraba pálido, escuchando el relato que tenía tanto de supuesta verdad como de posible mentira.

“¿Podía ser así, no Pablito? Y ya que estamos hasta me podría haber quedado con el cuchillo. ¿Porque si las cosas se complican se lo puedo plantar al primer gil que encuentre y así quedar libre, no te parece?”

Julián se quedó callado por un rato, se secó los labios y después me dijo riendo: “Lástima que no fue así, lástima que me entraron muchas ganas de ir a pescar, así que me fui a casa, cargué todo en el auto de mi viejo y encaré para el dique”

No hablamos más del tema. La vida continuó como siempre. La policía siguió investigando el caso del turco sin muchas novedades. Con Julián seguimos pateando las mismas calles y a Ana la vi acá y allá, por instantes tan valiosos como fugaces.

Una noche de verano, volviendo a casa de madrugada, me la encontré en la puerta de un boliche. Tenía puesto una remera negra y unos jeans. Ella entraba y yo seguía de largo y desde algún lado sonaba un tema de Nirvana. Hablamos por un rato. Luego alguien la llamó desde la puerta. Me dijo que se tenía que ir y nos besamos en la mejilla.  Cuando se dio vuelta pensé en Julián. Pensé en si habría sido él. En lo que podría hacer por no traicionar sus ideales, por esa valentía desmedida capaz de cualquier locura. Me di vuelta y la tomé de la muñeca. Ana giró y me miró; le dije “quedáte conmigo”.

Fuimos a un bar y luego caminamos sin destino, besándonos a cada rato. Terminamos haciendo el amor sin importarnos nada, en un recodo de una calle sin nombre al resguardo de nuestros sueños, con Bowie desde el estero de un auto a lo lejos y el sonido de una moneda cayendo del lado que yo había elegido.

Al poco tiempo la policía dio con el asesino del turco. Nos quedamos sin palabras cuando nos contaron. Había sido el polaco. Él era uno de los obreros que el turco había dejado en la calle. Vivía a dos cuadras de Ozdemir y varios testigos aseguraron escucharlo muy contento y festejando su muerte a altas horas de la madrugada en su bar. La policía lo interrogó hasta el cansancio, hasta que el polaco confesó haber hecho lo que le contaron que él hizo, aquella mañana. Le dieron una pena reducida y salió al tiempo por buena conducta, nunca mas abrió el bar.

Entrado el nuevo siglo, Julián decidió irse a recorrer América. “Solo hasta México” nos dijo “Los yanquis ni mierda” repetía con su clásica sonrisa. Cargó una mochila enorme y se fue. El día que lo fuimos a despedir con Ana nos dio un fuerte abrazo y me pidió un último favor. Me dijo que tenía que devolver unos discos y libros que le habían prestado y que no había tenido tiempo de hacerlo. Que pasara a buscarlos por lo de una tía y me los llevara. Que cuando alguien los reclamara, los fuera devolviendo de a poco. Le dije que contara con eso. Al otro día fui allí y Maria, su tía me dio la caja.

Llegué a casa y la deje sobre un escritorio de mi cuarto. Estuvo ahí unos días hasta que decidí ver su contenido. Saqué un par de novelas, una recopilación de poemas, varios discos de rock nacional y alguno de los Stones. Cuando llegué al fondo encontré algo a un costado: un pequeño paquete hecho con un papel de diario doblado. Lo levanté y abrí cuidadosamente. Apenas llegue a ver su contenido luego de escuchar cómo se deslizaba desde sus entrañas y golpeaba con un grito metálico contra el suelo.

«Adivina qué traigo en la diestra y en su hermana, adivina qué hay.
Yo te juro que amor y encontrarlo será siempre la adivinanza final»

La Adivinanza – Silvio Rodriguez (La Adivinanza, 2020)