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Diez

Que solos nos quedamos cuando nos quedamos sin héroes.

Cuando se van yendo esos que nos resguardan del mundo. Los que nos corren la cortina para mostrarnos un afuera inalcanzable, una gloria casi irreal. Héroes como ese por el que te pusiste la capa de pibe y estiraste las manos con dos puños que te permitieron volar un poco, aquel por el que pateaste a un arco escuchando el grito de cincuenta mil personas coreando tu nombre, o por quien tocaste las cuerdas de una viola imaginaria cantando a los cuatro vientos.

En esta tierra tan rara y hermosa, tan complicada y siempre a punto de saltar, aunque nunca sabemos bien a donde, no saber mucho de futbol es hasta raro. Y aun para mí que soy de esos que le es imposible mantener una conversación donde se hable mucho de gente pegándole a una pelota, Maradona fue parte de esa liga de imposibles, de esos tipos que te regalan recuerdos de una emoción tan profunda que dejan huella.

La primera imagen que me vino al enterarme de su muerte fue esa tarde en la galería de mis tíos, con mis primos y mis viejos viendo ese mundial; y el grito ensordecedor, que nos inundó por completo. Ese ruido tan difícil de explicar. Porque ¿cómo le contas a alguien como se siente cuando un país entero grita de alegría? ¿No es acaso eso lo más cercano que podemos sentir al poder de un superhéroe? Porque ese grito, esa emoción, esa alegría la logró un tipo en una cancha pegándole a un pedazo de cuero y así, tan simple como suena, la alegría de un país fue gracias esas piernas que hicieron magia. Que solos nos quedamos cuando nos quedamos sin héroes…

Y en él como en tantos otros se juntaron ángeles y demonios, lo que el mundo alabo y lo que condenó por partes iguales. Quizás nos mostró que el superhéroe era de carne y hueso y se podía equivocar. Y nos dolía que fuera así, lo queríamos perfecto siempre. Pero en este carnaval para reír y llorar, su vida fue eso que somos, con nuestras virtudes y nuestras miserias. Lo levantamos en andas al lugar más alto, cerca del sol y el reflejo de nuestra sociedad nos encandiló quizás más de lo que podíamos soportar.

Un raro, un distinto, un barrilete cósmico que nadie sabe de dónde vino. Un héroe para mí, de esos que construyen lugares que permanecen para siempre, lugares que con la sutileza de una imagen o un sonido que vuelve, nos llevan nuevamente ahí, a esa plaza, a ese patio de esa escuela, a esas calles, o a la galería de la casa de tu tía, a tantos abriles de distancia…

Gracias Diego

«Cuando se caigan a pedazos las paredes de esta gran ciudad,
cuando no queden en el aire más cenizas de lo que será»

Maradó – Los Piojos (3er Arco, 1996)