Café

Inés golpeó la puerta a eso de las cuatro. Andrés abrió al rato y ella le recriminó la tardanza. Él la abrazó con ternura, atrapándola entre sus brazos: como siempre el derecho sobre su hombro y el izquierdo por la cintura. Ella rozó sus cabellos sin querer y apartó la mano.

“La calle es un infierno Andrés”, argumentó sacándose la campera, “Odio ésta ciudad”.
“Tengo café, lo compré en un mercado de importados” invitó él, llenando una jarra con agua.
“No, después no puedo dormir” le respondió buscando un rincón donde dejar sus cosas.

Andrés se metió en la cocina y ella fue al baño. La luz se filtraba en el comedor por la ventana, rebotando en el viejo tocadiscos, que al girar proyectaba espirales sobre la pared. A él le gustaba mantener el cuarto en penumbras para disfrutar más de aquél narcótico efecto. Inés volvió y se detuvo al lado de la mesa; “Deberías prender algo, esto está muy oscuro”. Él preguntó desde lo lejos si lo quería solo o cortado.

Inés se paró frente al escritorio y recorrió todo con su mirada: una pequeña pila de libros, tornillos en un frasco sin tapa, una billetera destripada y un vaso ya vacío. Al costado un cuaderno con anotaciones, y sobre él, un sacapuntas que parecía recién usado. Contempló aquel sitio, lo imaginó como un rincón lleno de historias. Luego juntó los restos de lápiz, empujándolos con una mano sobre la palma de la otra, buscando un tacho para tirarlos.

Andrés llegó de la cocina con dos tazas enganchadas entre sus dedos y sujetando, también con el mismo brazo, un tarro de azúcar. En la otra mano traía una cafetera y dos cucharas, con una servilleta color marfil, colgando del dedo meñique. Apoyó todo como pudo, encorvándose sobre la mesa, lo necesario para evitar cualquier catástrofe. Sobresaltada por el ruido, Inés se metió las virutas de madera en el bolsillo del saco, casi con pudor; como un ladrón que esconde una obra invaluable. Luego se acercó reprochando: “¡Te dije que después no duermo!”. Él dio vuelta el disco, ella acomodó las tazas. Él pregunto: “No tengo edulcorante, ¿azúcar está bien?” y ella sirvió el café.

Ambos se sentaron; Andrés cerca de la ventana, Inés a su izquierda y sin azúcar. Ella comentó que allí hacía un poco de frío frotandose las manos. Él dijo: “Que suerte que viniste, tenía ganas de verte”. Ella bebió el primer sorbo y no dijo nada por un rato. Finalmente se miraron a los ojos y luego Inés comentó sincera: “El café está riquísimo”. Él tomó su mano que ya no estaba tan fría, y sonrió.

“Took a drive in the dirty rain to a place where the wind calls your name.
Under the trees, the river laughing at you and me.”

Who’s Gonna Ride Your Wild Horses – U2 (Achtung Baby, 1991)