Caleidoscopio

Mintz demoró la respuesta a la empleada de migraciones, que lo aguardaba con su pasaporte en mano, mirando fijo al monitor. “Si, primera vez” respondió finalmente. En rigor no mintió, pero de rigores no se sostenía la vida de Uriel Mintz, habitada por historias, personas y lugares. Un universo construido en su mente, con un nivel de detallismo único.

Desde el lunes y hasta el miércoles, deambuló por esas calles una vez más, por primera vez. Lo hizo sin vacilar en qué esquina doblar y a dónde ir. Dentro suyo el mapa perfecto lo guiaba, jugando a recordar aquél pasado jamás vivido. Así visitó el teatro principal, donde los profesores Lux y Manfredi habían visto al actor francés interpretando una obra de Eliot la noche del eclipse. El museo donde Janice había descubierto un cuadro que la inquietaba, mientras esperaba al espía ruso. Y la esquina frente al hotel Las Américas, donde se había encontrado esa pareja por primera vez. Allí estaban una vez más, mientras Uriel los observaba por la ventana. Ella le hacía un comentario sobre el sol, le preguntaba si le molestaba y si quería cambiar de mesa. El que no. Que encandilado seguiría estando con su luz en cualquier parte. Luego los vio tomar el café y marcharse, pasando cerca suyo al salir. Mintz los siguió con la mirada hasta perderlos en algún rincón de su mente, e inició su camino al local del polaco Kratz, donde todas las semanas un hombre llegaba desde el otro lado del río para interpretar a Monk con una exquisitez que a Uriel le resultaba embriagadora. Allí en una mesa junto a la barra, una mujer se acercaba al oído de su compañero para decirle que “Misterioso” sonaba casi igual a “Crepúsculo con Nelie”. Y él le decía que su comentario y el pecado de los creyentes debía ser la misma cosa. Aunque sabía que el pecado era jugar con el pliegue de su corpiño y las bragas que asomaban apenas bajo su cadera, desapareciendo de a ratos entre el humo de los presentes. “Jack Daniels, sin hielo” pidió Mintz en la mesa junto al escenario vacío.

El jueves amaneció con resaca. Se duchó con agua apenas tibia y marchó a la tienda de arte, al lado del mercado de usados. Llegó justo cuando terminaban de levantar las persianas y daban vuelta el cartel de “Abierto”. Dentro, el recinto estaba abarrotado de pinturas de todo tipo. Un sumidero de técnicas y vanguardias. Mintz sonó claro y resuelto: “Quiero la obra que tuvieron expuesta en vidriera a inicios del año” El empleado quedó sorprendido, pero dada la baja rotación del catálogo, recordó fácilmente: “Déjeme verificar si aún la tenemos disponible”. Luego de unos minutos volvió al mostrador con el pedido; “Ha tenido suerte, aún está a la venta”. Mintz la escudriñó, como un arqueólogo al desenterrar un tesoro olvidado. El vendedor tomó el pago y mandó el cuadro a embalar.
Esa tarde Uriel fue al parque con el paquete bajo el brazo. Se preguntó porqué sentía un aroma a jazmines y los buscó en los senderos y entre las plantas; los encontró más lejos, a varios años de distancia. Se acomodó en un banco frente al lago y se quedó allí observando los barcos a control remoto y los patos. Al levantarse, los rayos del sol ya se despedían del horizonte.

Al día siguiente salió del museo principal luego del mediodía y cruzó la calle rumbo al edificio “Mirador”. En la entrada tomó la cola rápida, acelerando el acceso a los ascensores. Vio como el indicador de los pisos se incrementaba vertiginosamente en la pequeña pantalla de cuarzo líquido, sin que su cuerpo tuviera ningún registro de ello. Recordó el vértigo en los parques de diversiones, la emoción ante el peligro. Al salir al balcón principal, el viento lo atacó con un frío inclemente como bienvenida a un paisaje cuanto menos conmovedor: la imagen del horizonte, la ciudad fundiendo sus costas en el océano y abajo los autos, como hormigas. Quedó sumergido en una indescriptible ausencia de tiempo y espacio. Uriel se planteó hasta qué punto aquello que veía, reflejaba la realidad de sus sueños. Imaginó esa visión ante él como la de un caleidoscopio, revelando un mundo utópico, pero solo visible entre las luces y las formas conocidas. La deconstrucción de lo real mezclándose al infinito y todas las permutaciones de sus historias y sus deseos dándose cita allí, en ese preciso instante. Una niña que caminaba de la mano de su madre fue la única que se percató, vio llorar a Mintz por primera vez en años.

Por la noche, el oficial Jiménez inició su turno como de costumbre y al llegar a la comisaria décima, tuvo la primera reunión con su superior. “¿Tenemos novedades del cuerpo?” preguntó. “No mucho aún, Migraciones debería darnos el informe en las próximas horas. El análisis forense no arrojó sustancias en la sangre”. Ambos miraban fotos colgadas de un tablero en la pared mientras hablaban y tomaban café. “Los de seguridad van a volvernos locos otra vez. Van a rearmar los protocolos de acceso y control a todos lados”. Jiménez asentía. “Van a cerrar muchos lugares, hasta que todo se calme un poco. Para colmo lo de la falsa bomba no ayuda para nada”.

Unas horas antes, cuando el museo cerraba sus puertas, en el guardarropa un empleado acomodaba prendas y objetos olvidados cuando comenzó a sonar una alarma. Provenía de un paquete de sesenta por treinta centímetros. A los pocos minutos el escuadrón antibombas desalojó a todos y desarmó el envoltorio, encontrando un reloj despertador, y un cuadro. Un lienzo que retrataba una vieja esquina con la entrada a un bar. Un músico encorvado sobre un piano, algunas personas caminando por la calle y unas mesas dentro con una pareja ensimismada, hablando sobre algo inaudible a los oídos del tiempo.

La obra fue a la bóveda del museo y el cuerpo a la morgue central. La historia del hombre y el cuadro tomó orden público. A las pocas horas la ciudad entera hablaba del caso, y quizás ayudado por eso, la pintura pasó a formar parte de la muestra estable en un recinto cercano al hall principal. Jiménez fue a verlo con su hija mayor a comienzos del verano siguiente. Ambos la observaron durante un rato largo, intentando desentrañar un misterio mudo e imperceptible. “Es irónico” dijo la joven. “Las obras habitualmente logran inmortalizar a las personas y no al revés”.

Jiménez consultó el reloj y le dijo a su hija que debían marcharse, que su turno comenzaba en un par de horas. Al salir pasaron junto a dos hombres que planeaban ir al teatro. Uno decía que la compañía francesa estrenaba “Asesinato en la Catedral” esa misma noche. El otro se disculpaba por golpear sin querer a un hombre que murmuraba algo en ruso a una rubia platino. La rubia solo miraba el cuadro y se desentendía del mundo. Atrás quedaba esa imagen: la escena de la esquina con el pianista, la pareja y las iniciales “U.M.” al pie de la obra. Todo al resguardo de una noche sin luna.

“I’m gonna free fall out into nothin’
Gonna leave this world for awhile”

Free Fallin’ – Tom Petty (Full Moon Fever, 1989)