Calzado

Avanzaban, de cuero negro y un brillo inmaculado. En sus bordes ribetes de fantasía completaban la soberbia. Eran los cimientos necesarios para sostener (y casi asfixiar a juzgar por los cordones), al único interrogante que me tenía preso en ese sitio. “Lo sentimos mucho” –me vomitó sin anuncio previo- “pero su perfil no aplica para el crédito”. Y acompañó su sentencia con un gesto obvio, como un perro moviendo la cola solo por agradar, tratando de instaurar un clima diametralmente opuesto al mío. Salí sin decir palabra, no valía ni el enojo. Afuera un calor atípico aguardaba. Me puse a caminar con la virtud de descartar las calles conocidas y la experiencia de evitar encontrarme en ellas.

En la esquina frente al viejo bar del portugués, mientras esperaba para cruzar la calle, se me acercó una nena, tendría siete años como mucho. Llevaba una pila de estampitas ajadas, quien sabe por cuántas manos y cuantos días. Otro chico la acompañaba. Tenían unas alpargatas sucias y rotas, más grandes que sus pequeños pies; que apenas les evitaban el frío sin el lujo de la comodidad, casi como todo aquello que tienen los que no pueden tener nada. Me extendió una de esas ilustraciones que creyentes y desconfiados guardan por igual en sus billeteras, los primeros por si acaso un milagro y los otros por las dudas. Le acerqué algo de plata, haciendo un ademán para que no me diera nada a cambio, no me dio ganas de empezar a creer después de tantos años. Ella insistió con aquel papel ofrendado entre sus pequeños dedos.

Caminé por un buen rato a la deriva, recorriendo buhardillas mentales llenas de recuerdos apilados; hasta que una avenida me pareció conocida. De pronto el barrio de mi infancia hizo que quisiera ubicar el sitio exacto donde todo había comenzado, un lugar entre cientos de posibilidades. Me detuve a pensar qué dirección seguir cuando por descuido una pareja de adolescentes que pasó corriendo me golpeó con la urgencia de la juventud en carne viva. Se frenaron de golpe a unos cuantos metros y empezaron a besarse sin reparo. Ella, más baja que él; botas amarillas intervenidas con marcadores. Miré de reojo al pasarlos y encontré estrellas, lunas y garabatos; un universo completo abrazando sus pies y sus sueños. Casi que me dio envidia tanto cielo inventado.

Cuando llegué a la esquina de Blanco Encalada reconocí los inmensos árboles, o quizás ellos a mí. Pensé que tal vez eran los únicos testigos de mis primeros días; todo lo demás podía (y debía) haber cambiado. Los abracé, como queriendo profanar un pasado, y me otorgaron a cambio la posibilidad de verme a unos pasos de donde estaba; una versión mía de solo dos abriles en su haber, caminando junto a mi viejo. Yo llevaba una revista que luchaba por sostener, él una bolsa para mandados. Reconocí el paso, la sonrisa, el calor de su mirada y sus zapatillas siempre blancas; esos enormes botes que usaba aquel pirata encantado que me había enseñado a navegar. Los seguí de cerca, a solo cuarenta años de distancia, hasta que entraron en un viejo edificio. Llegué a la puerta y me senté un rato largo en los escalones de la entrada, imaginando quién viviría ahora en el noveno departamento del primer piso, como si importara o acaso sirviera de algo saberlo.

Desandé las calles hasta la avenida principal, estaba cayendo la tarde y comenzaba a llover. Me crucé con dos señoras: zapatos de un finísimo charol y tacos tan altos como rascacielos. Ninguna atendió la dirección que buscaba el repartidor de comida, quizás no lo escucharon desde ahí arriba. El que sí respondió, fue el del puesto de diarios. Un tipo de unos cincuenta años, con borcegos desgastados, a tono con el tatuaje de los Ramones en su brazo izquierdo, a tono también con el desaire que les dedicó a las dos buenas señoras, que a esa altura ya sufrían de vértigo. Mientras todo aquello ocurría yo me distraía con unas luces que llamaron mi atención, saltando por la vereda como luciérnagas pegadas a las suelas de unos chicos y al ritmo de sus risas. Se prendían alocadamente cada vez que acariciaban el piso y volvían a volar, como naves espaciales en búsqueda de otros mundos.

Encontré la parada y vi que el colectivo estaba a un par de cuadras. Saqué mi billetera y algo cayó al suelo. Era la estampita que me había dado la nena. Para mi sorpresa la imagen estaba trucada santificando a un cantante de rock; pensé que quizás no era tarde para creer después de todo.

Me subí y busqué un asiento libre en las filas del medio. Me senté del lado del pasillo, junto a una mujer que surcaba las calles con la mirada perdida. Se acomodó para hacerme lugar. Aproveché el movimiento con disimulo, pero resuelto a reconocer su calzado, jugando a eso de conferirle así un perfil, una forma de ser. Imaginando que quizás esos artefactos que nos separan del suelo; entre cueros, telas y cordones, guardan una relación con la manera en que nos paramos frente al mundo.

Para mi sorpresa, al final de esas piernas, solo aguardaban diez dedos al descubierto. El calzado dormía a un costado mientras sus pies viajaban solos, desnudos y libres. “Estoy en patas” me dijo sonriendo, mientras afuera la ciudad se adentraba en la noche, empapada de luces y lluvia.

“Can I be here all alone?
Clear a path to my home”

Low Light – Pearl Jam (Yield, 1998)