Caminos

A través de la mirilla, Damián vio a Ezequiel con la mochila al hombro. Le sorprendió que lo visitara. Era de noche, pasadas las once. Hacía tiempo que no se veían y cuando se juntaban era raro que lo hicieran allí. Siempre aprovechaban para ir a algún bar de la ciudad.

“- ‘No’, -dijo al abrir la puerta- ‘Gracias. Acá no leemos la Biblia’… Pensé que eras un testigo de Jehová, ¿viste que te tocan timbre a cualquier hora? Está bien que su Dios atienda todo el día, pero los ateos a la noche no atendemos a nadie”

Ezequiel esbozó una sonrisa forzada respondiendo al chiste. Su amigo reconoció en él una mirada triste y distante.
“- Perdoná la hora no sabía si venir”.
“- ¿Qué perdón? ¡Es una alegría verte! Dale pasá”

Ezequiel dejó la mochila al lado de una pila de revistas. La casa de Damián mantenía un caos perfectamente organizado. Nada parecía estar en su sitio pero a la vez todo tenía un orden propio. A Damián le gustaba decir que el orden de las cosas se elegía por el uso que se le daba. Era un fundamentalista de tener vasos afuera de la alacena. “Los vasos se usan siempre, ¿para qué guardarlos todo el tiempo?” solía decir.
“- Veo que mantenés tu ideología del orden”
“- Intacta. Aparte ¿viste eso que dicen que cuanto más viejo, más cabeza dura? Bueno es así nomás. Che, ¿qué te ofrezco? Tengo cerveza, vino o whisky. Gaseosa y jugos dejé de comprar porque escuché que hacen mal a la salud”
“- No sé, lo que vos tomes está bien”

Damián descorchó un Malbec y llenó dos copas. Apagó la televisión y se sentó frente a su amigo. Se conocían desde chicos. Tenían en su haber cientos de historias. Luego la vida los llevó por caminos distintos. Ezequiel se recibió de Ingeniero civil y empezó a trabajar a poco de iniciado sus estudios universitarios en una empresa constructora. Puso mucho esfuerzo en su profesión, dedicando varios fines de semana y noches sin dormir. Damián por su lado empezó a estudiar medicina pero no terminó ni el ciclo básico. Se puso a trabajar como cadete en la oficina de un escribano y a los dos años entró como ayudante en un estudio contable por un conocido de la familia. El trabajo era para él solo el medio para solventar su vida, ni más ni menos que eso.

Levantó su copa invitando al brindis y miró a Ezequiel a los ojos.
“- Dale, desembuchá, ¿Qué te anda pasando?”
Ezequiel puso una expresión de asombro. “- Nada, tenía ganas de verte. Saber en qué andabas”
“- Eze te agradezco la visita, pero te conozco. Algo te pasa. Contame”
Ezequiel se quedó en silencio y miró la copa de vino. La hizo girar en su mano. Luego dijo sin levantar la cabeza: “- Nunca fui a ver a Los Técnicos en vivo”
Damián se rió. “- ¿Los Técnicos? ¿La banda del barrio? ¿Los que tocaban en los noventas?” Luego abandonó la risa al ver en su amigo una expresión perdida, ahogada en el vaso de tinto. Lo notó cansado, con los hombros caídos y el pelo desalineado. Era una imagen rara, no recordaba haberlo visto así nunca. La charla entre ambos se fue dando sin que Ezequiel mencionara nada que justificara esa tristeza en su mirada. Salvo aquel raro comentario. Damián agarró el paquete de cigarrillos y vio que solo le quedaba uno. “- Vamos Eze, tengo que comprar fasos, de paso damos una vuelta”
Se tomarón el resto de lo que quedaba en sus copas de un tirón, Damián agarró las llaves y se marcharon.

Era una noche de luna llena. Se fueron caminando hasta la estación de servicio que era el único lugar abierto a esas horas. Y al volver tomaron otro camino por la calle al costado de las vías.
“- ¿No es peligroso por acá?” dijo Ezequiel, mirando sobre sus hombros.
“- Igual que en todos lados. Tranquilo que no pasa nada. ¡Me estoy dando cuenta porqué nunca te animaste a ir a un recital de Los Técnicos!”
Ezequiel bajó la cabeza y miró al piso a medida que caminaba. Damián sintió que su comentario había sido inoportuno.
A unas cuadras de la estación llegaron a la entrada de una vieja casa. La reja estaba abierta y también la puerta principal. La gente entraba y salía sin cesar, con vasos o cigarrillos en sus manos y se escuchaba la música sonando a todo volumen.
“- Parece que hay fiesta. ¿Entramos?”
“- Pero ¿Conoces a alguien acá?”
, replico Ezequiel.
“- Entremos y después te digo. Dale vamos”
“- No me parece, mira si es una fiesta privada”
“- ¿Con la puerta abierta de par en par? No creo”

Damián entró y Ezequiel, habiendo dejado su mochila y las llaves de su casa en lo de su amigo, no tuvo más opción que seguirlo. La casa estaba atestada de personas. Una espesa nube de humo flotaba en el ambiente . Cruzaron el living en dirección a la cocina. En el recorrido pasaron cerca de tres chicos, al lado del equipo de música, que hablaban de forma muy efusiva. Damián se esforzó en prestar atención y reconoció que decían algo sobre Bowie. En un sillón una pareja se besaba acaloradamente. Ezequiel observó el bretel de ella cayendo por su hombro. Sintió pudor y una extraña atracción. En cada espacio libre la gente bailaba, en grupos, en parejas o solos. Había vasos desparramados por todas partes. Algunos llenos, otros vacíos y muchos con cigarrillos apagados. En la cocina encontraron alcohol como para llenar una pileta. La gente pasaba y se servía a su antojo. Damián agarró una cerveza, la más fría que encontró y sirvió dos vasos. Ezequiel tomó uno diciendo:
“- Che, esto es un quilombo”
“- Si, hermoso. Y esa morocha de allá ni te cuento”

Damián se fue directo a hablar con esa mujer, como un misil a toda velocidad. Tal como siempre, en cada salida que su amigo recordaba. Ezequiel comenzó a deambular por el resto de la casa. En cada habitación un tumulto distinto. Del baño se asomaban por lo menos cuatro personas. Uno de ellos se incorporó frotándose la nariz. Otro al ver a Ezequiel en la puerta, le extendió un canuto ofreciéndoselo. Éste lo rehusó con un movimiento de la mano y siguió avanzando. En las habitaciones del primer piso había grupos de gente que discutían sobre literatura, música, política y revolución. En una de ellas, atrás de una suerte de biombo, se asomaban por un costado dos pares de piernas entrelazadas. Los gemidos se amalgamaban con la música y a metros alguien citaba a Sartre.

La noche avanzaba. Damián había desaparecido. Ezequiel siguió tomando. Se puso a hablar con alguien, compartió un porro con uno y luego varios más. A medida que pasaban las horas su cabeza comenzaba a dar vueltas, cada vez a mayor velocidad. Le parecía que la música iba sonando más fuerte de tanto en tanto. Sintió que varios comenzaron a subir la voz. El clima general se fue enardeciendo en medio del desenfreno, el sexo, las drogas y el alcohol. Los invitados a esa fiesta comenzaron a exteriorizar todo cuanto sentían. Sus odios, sus pasiones, sus miserias, sus sueños. Aquel sitio vibraba como un sórdido aquelarre y todos formaban parte de un extraño rito. Alguien elevó su voz por sobre los demás “¡Seamos el nacimiento de una nueva era!”. Y al rato muchos comenzaron a juntar colchones, sillas y cortinas que arrancaban de cada ventana. Luego vaciaron dos botellas sobre aquella pila de cosas. Cuando el fuego comenzó a brotar varios levantaron sus brazos al cielo y salieron al fondo de la casa aullando como lobos. Abajo Ezequiel y otros no se enteraban de nada. Estaban en su propio trance. En el equipo de música sonaban los Clash. Y Ezequiel saltaba como un demente, bañado en transpiración, con el torso desnudo y sosteniendo una botella de Jack Daniel’s. Damián apareció desde el garaje, lo tomó del brazo y le gritó “- ¡Ezequiel! ¡Rajemos que se prende fuego todo!”

Al intentar salir por la puerta principal los detuvieron avisándoles que se fueran por atrás. Acababa de llegar la policía. Cruzaron la casa y escaparon a un patio que lindaba con el fondo. Ezequiel sintió el viento frío en su cuerpo a medida que corría. Veía que todos estaban saltando la medianera al final del terreno. A lo lejos se escuchaban sirenas. Los bomberos se acercaban. Damián pegó un salto y con un giro estuvo del otro lado en un segundo. Ezequiel lo imitó. Quedó colgando de la pared y otros brazos lo empujaron enérgicamente. Siguieron corriendo por un pasillo de la casa vecina que daba a la vereda. Desde una ventana los dueños de esa otra propiedad miraban horrorizados el éxodo de todos los que huían como hormigas. Algunos desnudos, otros cargando botellas. Entre risas y gritos. Al salir a la calle Damián le dijo a Ezequiel que no se detuviera. “- Corré todo lo que puedas”

Luego de varias cuadras se escondieron a la entrada de un estacionamiento. Ezequiel no podía respirar. Se apoyó contra una pared y vomitó los restos de una violenta noche. Luego se sentaron codo a codo, recobrando el aliento. Al cabo de unos minutos que parecieron una eternidad Ezequiel dijo:
“- Nunca fui a verlos”
“- Basta Ezequiel. No es tan terrible. Era una banda del montón.”

Ezequiel sin escuchar esas palabras agregó: “- 22 de febrero del 97. La vi en la esquina del teatro. Llevaba una remera negra y unos jeans gastados. Estaba más linda que nunca. Me dijo ‘Me voy a ver a Los Técnicos. ¿Venís?… Y yo como un boludo le dije que no’”
“- ¿De quién hablas? ¿A quién viste?”

“- … Le dije que no Damián”

La noche se había consumido. Quedaron allí un buen rato.
“- Vamos Eze, pegate un baño en casa y después te invito un café”.
Se incorporaron con un leve mareo y comenzaron a andar en silencio. A lo lejos una columna de humo negro se elevaba al cielo.

“They sat together in the park. As the evening sky grew dark.
She looked at him and he felt a spark tingle to his bones.
‘Twas then he felt alone and wished that he’d gone straight.
And watched out for a simple twist of fate.”

A Simple Twist Of Fate – Bob Dylan (Blood OnThe Tracks, 1975)