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Sangre

Nahuel traza surcos en una madera, espacios caprichosos calados laboriosamente. Luego apoya la obra en la ventana y aguarda ese momento del día. Son cuatro minutos y veinte segundos, lo tiene medido. El sol se filtra por esos ríos, iluminando espacios del cuarto donde una colección de cristales y espejos meticulosamente ubicados espera ser descubierta por la luz. Cuando eso sucede, navega a merced de brillos y contrastes, sostenido y empujado a transitar, bailando entre sutiles espacios de no oscuridad. Luego imagina nuevas rutas, nuevos colores. Dispone otros cristales y sigue trabajando en su obra esperando un nuevo día.

De pronto las ve, pequeñas gotas de sangre. Examina su cuerpo sorprendido, mientras busca también y a la vez, hallar más en el resto de la casa, como si todas las superficies fueran parte de una misma cosa. Examina su antebrazo, la biblioteca, luego sus piernas, la lámpara color ámbar. Nada. Decide ir en busca de un paño húmedo y limpiar el sillón.

Mientras frota suavemente la tela, escucha la risa de ella sentada en la otra punta. Ese día se habían reído uno del otro, tratando de poner en ridículo sus diferencias y festejando similitudes. Nahuel sonríe y se dirige al pasillo donde divisa otros puntos bermellones a un costado de la pared. Se agacha y aprieta el paño, aprovecha el instante para buscar una herida en sus pies. Siente la mano de ella sobre su hombro como la noche que quedaron a oscuras sin poder hablar y aquel gesto fue necesario y suficiente.

Las tres que encuentra en el espejo son los últimos vestigios color rubí de un pasado improbable. Solo basta la palma de la mano para quitarlas. Él desliza la otra por su nuca y su espalda. Nada lastimado en todo el cuerpo. Quebrando el silencio él pregunta, al fondo de aquel espejo, que le había pasado en el brazo, mientras la acaricia suavemente con las yemas de sus dedos. Ella le responde que fue un golpe por accidente. Recordaba el dialogo y aquella sensación en la piel.

Nahuel vuelve a su tarea como cada día. Él traza heridas en una madera buscando que una perfecta luz se filtre sobre momentos cautivos en cristales de colores. Luego aguarda el momento del día.

Son cuatros minutos y veinte segundos.

A veces más.

«Here there is something we call elucidation
Is it the truth or merely a description?
«
Here – David Byrne (American Utopia, 2018)