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La deuda

Mercedes le había jugado una apuesta: “Si vos ganás, te pago el café”. Hernán selló el desafío con un simbólico apretón de manos y una noche compartida, apurada por aprovechar la ocasión.

Y ganó él nomás. “Me debés el café, en el lugar de siempre” solía recordarle de tanto en tanto. Sobre todo a modo de defensa, cuando en el medio de una charla ella desplegaba el arsenal de sus palabras, siempre precisas y letales.

Pero lo letal, en rigor, fue el tiempo y la distancia que obró entre ambos. Una separación que se dió de a poco, sin saberla ahí. Como la mancha de humedad, que cuando Hernán dio cuenta de su existencia, ya había infectado la mitad del techo de la cocina. Él lijó dos días seguidos y compró una pintura que aplicó en tres manos, de a una tarde por vez. Pero no halló producto alguno que lograra sacar a Mercedes de su cabeza.

Primero intentó con especialistas y con drogas, de esas que tienen feo gusto y cuesta recordar sus nombres. Luego probó con sanadores y más drogas, de esas que saben bien y cuesta olvidar sus efectos. Pero nada. No podía olvidar ni una de las palabras dichas, ni la posición exacta de cada constelación de sus lunares. Por más que lo intentaba, ahí estaba ella, en cada recodo de su mente.

Un día dijo basta y quiso probar algo distinto. Empezó a tirar todo. Cada mínimo recuerdo. Regaló los libros que se habían prestado o siquiera comentado, y los discos donde vivían esos sonidos que fueron compañía. De los papeles que atesoraba: servilletas, entradas y boletos, no dejó ni uno. Y hasta alguna prenda que aún conservaba su aroma, fue regalada al primero que pasaba por la calle.

Lo siguiente fue burlar a su pasado. Cambiar el reparto y el guion. Como un eximio director de cine, en cada escena compartida, reemplazó a Mercedes por otra persona. El casting convocó a amigos, familiares y desconocidos, que le pusieron el cuerpo a las palabras dichas por ella. Y hasta otras inventadas, que lograban trivializar lo antes vital e increíble.

Varios meses pasaron en esta remodelación de recuerdos. Y así un día casi sin quererlo, Hernán se sentó en el café de siempre, estrenando un nuevo par de zapatillas y una brillante soledad, bebiendo un café que no logró traicionarlo. Al pedir la cuenta el mozo le hizo un gesto con la mano: “Deje, es invitación de la casa”, y le explicó que por el aniversario, el dueño había decidido regalar un café a los clientes habituales. Él agradeció y recogió el abrigo, dispuesto a salir.

Fue al llegar a la puerta cuando tuvo una epifanía. Resolvió que aquel hecho fortuito, de alguna forma sucedía por otro motivo. Que ese regalo encubría el pago de una promesa incumplida, a la espera de consumarse. Y supo entonces que ya no habría más nada entre él y Mercedes. Que finalmente, se liberaba de ella.

Desde entonces varios siguen preguntando por Hernán. Entre desayunos y meriendas, piden a los mozos que vuelvan a contar la anécdota. Y éstos recuerdan una y otra vez, el extraño caso del cliente que volvió suplicando que le cobren el café. De cómo no hubo forma de convencerlo. Y de la cara de felicidad con la que se marchó cuando accedieron a su pedido, con un ticket en la mano y una deuda a la espera.

“And if you want to quit that’s fine
While you’re out looking for cloud nine”

Cloud Nine – George Harrison (Cloud Nine, 1987)