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Mar

Nahuel abandonó el ascensor en el quinto piso y buscó la primera habitación abierta. Tomó las llaves que colgaban del lado de afuera de una puerta y dedicando una sonrisa a la empleada de la limpieza (que no intentaba disimular lo incómodo del momento), se encerró en un cuarto de hotel.

Había llegado esa mañana a la ciudad costera por compromisos de trabajo y no había hecho más que deambular sin un destino fijo. La empleada golpeó reclamando: “señor, usted no debería…”. Mientras tanto Nahuel probó el sillón, se echó en la cama y olió las sabanas.

Más temprano había visitado el espigón. Allí se descalzó y caminó en la arena. El calor en sus pies lo fue abrazando con una nimia felicidad. Buscó caracoles, quería esos de colores pastel: violetas, ocres y blancos; enroscados como tirabuzones o aplastados como gajos de mandarina. Aquellos que solía guardar en los bolsillos de su malla cuando sus pequeñas manos solo podían sostener tres o cuatro a lo sumo. Pero esas ofrendas que le dejaba el mar ya no estaban allí. Pensó que quizás la marea había cambiado desde las mañanas donde veía aparecer el sol al horizonte, buscando tesoros junto a su padre.

“Señor, si usted no abre la puerta voy a tener que llamar a la recepción…”

Cuando volvió a ponerse las zapatillas, la rambla estaba desierta. Decidió bordear la costa en dirección norte. Avanzaba cautivado por el mar y su quimera. La lucha incesante de las olas para adentrarse en un mundo imposible.

Afuera el gerente del hotel buscaba en un enorme manojo de llaves, la que tuviera el número cincuenta y uno. Adentro Nahuel abría la puerta-ventana y salía al balcón.

En la esquina frente al monumento había reconocido la vieja confitería, ya desgastada por el salitre. Conservaba las mismas rejas, pero habían agregado una entrada para ventas express. Se preguntó si lo distinto era el lugar, o acaso el recuerdo ajado por tantos veranos. Abandonó la costa y siguió por la avenida. En el camino fue recordado cada detalle como si el tiempo se hubiera estancado y al ver la marquesina del hotel sonrió. Las letras rodeadas por tubos de neón habían sido el mojón de un lugar que él había reclamado como propio. De chico la ciudad le parecía inmensa, un universo en sí mismo. Cada esquina era un mundo nuevo y en ese entonces le costaba encontrar una referencia conocida. Salvo ese cartel, que siempre le regalaba una sensación de pertenencia. Al llegar a la puerta entró y subió las escaleras resuelto a no instalar siquiera la duda de su presencia al conserje de turno.

La llave había quedado cruzada en el cerrojo. El gerente desistió en su intento de abrirla y luego de golpear con fuerza maldiciendo por lo bajo, exclamó: “¡No nos deja más opción que llamar a la policía! ¡Abra ahora hombre!” Nahuel se sentó en la baranda del balcón, con las piernas colgando al abismo. Se sujetó con las manos de la columna que recorría todo el costado del edificio, hasta la terraza. Afuera una multitud se agolpaba en el pasillo. Se sumaba uno de los dueños que había subido por el alboroto, un cocinero y varios huéspedes de otras habitaciones. A Nahuel le llegaban las palabras que navegaban con el viento, desde lejos:

“¡Que abra le digo!”
“¡Ay Don Raúl! ¿No irá a hacer ninguna locura éste hombre?”
“¿Que locura Marita? ¡No me ponga más nervioso, por favor!”
“¡Señor!…”
“Nahuel, ¡dale, apúrate! Ponéte las ojotas que se hace tarde. Nos vamos a perder la mejor hora”
“¿Qué pasó? ¿Es un huésped que debía dejar la habitación?”
“¡Oiga señor!, ¿me escucha?”
“Vení Nahuel que te pongo protector, el sol está fuerte”
“No… que no sabemos quién es, yo terminé de limpiar la pieza ¡y el hombre entró nomás!”
“¿Nahuel?”
“¡Que abra le digo!”
“Nahuel agarrá las cosas para la arena, ¡que después te acordás cuando llegamos allá!”
“Horacio, averigüe si la policía ya está en camino. Esto es inaudito… ¡bueno llame de nuevo, ¿quiere?!”
“Nahuel, hijo, ponéte la gorra que salimos…

El viento soplaba fuerte, no había ni una nube en el cielo. Nahuel miraba las olas a lo lejos y pensaba: “Quizás el mar gane la batalla algún día, después de todo”.

“Do you remember, do you recall?
Do you remember? I remember it all”

All Over Now – The Cranberries (In The End, 2019)