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Equilibrio

Molinari había desarrollado una singular habilidad para el control del equilibrio. Al parecer esta destreza comenzó a poco de dar sus primeros pasos, cuando jugaba a balancearse sobre las líneas imaginarias de las veredas como un malabarista: caminando sin pisar ni mucha baldosa ni tanto pasto, sin trastabillarse y nunca dando un paso en falso. Con el tiempo los desafíos fueron creciendo con él, primero con los cordones de la calle, luego con la medianera del vecino y finalmente con cuanta pared, escalera o techo que le permitiera estar parado entre dos profundidades.

Pero esta necesidad natural por el balance, no se manifestaba solo en espacios físicos, también lo acompañaba en elecciones de una profunda reflexión ante cada decisión que se le iba presentando. De tal forma administró sus tempranas amistades por partes iguales, ofreciendo una misma cantidad de invitaciones para jugar en su casa, igual tiempo con cada actividad que allí les proponía y hasta una idéntica cantidad de galletitas ingeridas a la hora de la leche o el té. En el colegio, confeccionó un mecanismo de normalización al estudio de las materias, ponderando dificultades y cargas horarias, otorgando una atención uniforme a cada asignatura. Así, en el mundo de Molinari, todo estaba cuantificado y normalizado; dividido en partes iguales con una línea imaginaria por la cual él avanzaba, siempre resuelto y a paso firme.

Su vida profesional lo encontró recibido bajo el título de profesor en matemáticas. En un breve discurso (que ubicó justo a la mitad del tiempo, entre un aplauso de los familiares presentes y un brindis colectivo) confesó que las matemáticas le garantizaban una vida siempre en equilibrio. Y claro, él entendía aquello como un arte donde todo interrogante numérico fundamentaba la existencia de un punto único de apoyo. Su misión, según creía, era encontrar ese punto y con eso, la inobjetable armonía.

Aquella mañana, Molinari se levantó con la alarma fijada como siempre a las cinco y treinta y dos minutos. Dos minutos más de y media porque eso hacía que las agujas del viejo reloj que veía colgado en la pared al abrir los ojos, dibujara una proporción perfecta a cada lado del mismo. Se bañó como de costumbre, con el agua un tanto tibia, pero que le permitía ver las canillas en cruz enfrentadas como espejos, de igual forma. Al rato llegó caminando a la cafetería, contando un número par de pasos desde la esquina y hasta cruzar la puerta; y celebró la belleza de un reloj de arena, con proporciones idénticas, que trabajaba sin cesar, decantando un desierto entre un norte y un sur imaginario hasta que el café estuviera listo. Mientras tanto, prestó atención a un gato que se balanceaba sobre la delgada baranda de un viejo balcón, impertérrito al grito de su dueño que lo llamaba desde adentro: “¡Siris!, ¡qué entres de una vez!”. ‘Siris’, reflexionó; el palíndromo que le confería un sutil e inequívoco sentido de identidad a ese animal. Luego volvió sus ojos al café y a la mujer que lo acompañaba frente a él compartiendo la mesa, sin imaginar el peligro que lo esperaba.

Como ocurren casi todos los desastres naturales, sin anticipación posible y desprovisto de cualquier escudo, observó como ella llevó sus manos a la altura de la sien, iniciando un gesto sutil y definitivo: deslizando los dedos hacia atrás y recogiéndose lentamente el pelo. A un lado de ese rostro que él creía conocer a la perfección, quedaron expuestos dos aros pequeños y dorados en la oreja derecha y un aro esférico y blanco en la izquierda. Así, a quemarropa, aquel rostro disparó ante él y sin piedad, una asimetría fulminante, una fórmula sin respuesta posible, una danza de formas y colores dispares que imponía una ruptura en su frágil mundo. Un mundo medido, estadístico y calculado al detalle, azotado sin previo aviso por un universo de improbabilidades, lleno de colores y sonidos nunca antes imaginados por ese pobre hombre.

Cuando el reloj de arena depositó el ultimo grano, ella sonrió y entonces ya fue demasiado tarde; Molinari caía en el abismo.  

«And I’ve got tar on my feet and I can’t see all the birds
look down and laugh at me, clumsy, crawling out of my skin»
Let Me In – R.E.M. (Monster, 1994)