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La torre del árbol

No lo vi subir. Aunque en realidad yo andaba distraído, mirando en dirección a la avenida Alcorta. Desde esa altura es fácil perderse, cosa que suelo hacer con bastante facilidad.

Salir de las entrañas de la ciudad y encontrar una torre de cemento, fue para mí un descubrimiento que debía visitar: Un cilíndro de diez metros de diámetro por otros tantos de alto, con una rampa en espiral del ancho de una persona. Y en la cima, un imponente árbol. El mismo que estuvo siempre, allí emplazado; pero ahora encerrado en lo alto.

Al llegar arriba, sentí una suerte de felicidad sin sentido. De esas que me procuro al concretar nimias hazañas, como la de subir a una torre que no es castillo, ni protege a ningún rey. Decidí sentarme, y ahí fué cuando lo vi, asomando su figura por detrás del árbol. Un hombre mayor, muy arreglado. No se lo veía agitado, por lo cual pensé que debía haber subido, cuanto menos, unos minutos antes; aunque yo no me hubiese percatado de su presencia.

Se acercó directo hacia mí. Yo me puse a inventar excusas en mi cabeza. Soy de los que aman el bullicio de las ciudades en perfecto silencio. Él levantó la mano derecha con el índice extendido y preguntó: “Disculpe joven, pero ¿sería tan amable de decirme que hora es?” Verifiqué en mi teléfono y respondí: “La una y media”. El hombre sonrió y agregó: “Bien, aún es temprano”, luego se sentó a mi lado.

Me juré no entablar el diálogo, no iba a caer en esa trampa. Sin embargo lo hice, como siempre me sucede: “¿Temprano para qué?” pregunté. Me miró y sus ojos se iluminaron, esbozó una sonrisa y me contó: “Para volver a verla. Hace mucho tiempo que no lo hago” Le devolví la sonrisa y luego agregué que era un buen motivo. Los reencuentros siempre lo son.

El viejo entonces comenzó a contarme su historia: “La nuestra fue una distancia forzada sabe; si por mi hubiese sido, no la habría dejado nunca… Pero me lo prohibieron” Se detuvo y se puso serio. Yo seguí indagando.

“¿Se lo prohibió la familia de ella?”
“No, su marido”
“Mmm, siempre suele ser una complicación cuando los maridos se meten en el asunto”

De ahí en más la charla tomó un matiz extraño, por lo que empecé a dudar del viejo. Me contó que la pareja de esa mujer era un famoso mago, que juró condenarlo, si él no olvidaba a su esposa. “Pero lo que la cabeza entiende por miedo, el corazón olvida por necio, ¿sabe?” -me dijo- “Así que seguí viéndola. De a ratos, y a escondidas. Hasta que un buen día la amenaza se hizo verdad”

Yo miraba directo a sus ojos, como quien mira una película. Esperaba ansioso el fin de las pausas en sus palabras. Esperaba el fin del chiste. Finalmente pregunté reclamando: “¿Y qué le hizo?”. El hombre me dijo que fué castigado a ser prisionero en ese árbol, dejando de ser hombre y amalgamando su ser al de esa planta por varios años. “Y así me quedé, escuchando la ciudad día a día y pensando en ella. Entre estudiantes, turistas y eventuales transeuntes. Dando sombra y reparo a quien se detuviera un rato a descansar”

Ahí terminé de entender que estaba frente a un demente. Una persona con las facultades alteradas o hasta quizás, perdidas por completo. Pero amenazando toda lógica, quise saber cómo seguía el cuento dentro de su cabeza, y así lo hice: “¿Y ella?” pregunté.

“¡Oh ella lo supo!, claro que sí. Preguntó por mi hasta que su marido se lo confesó. Y desde entonces vino a éste lugar, sin siquiera poder escuchar mi voz o acaso verme. Sabiendo que yo estaba aquí, prisionero. Hasta hizo lo imposible para preservar el árbol cuando las obras comenzaron, y así evitar mi muerte”
“Lo imposible. Hasta construir esta torre cuando armaron el resto de la explanada, ¿verdad?”
“¡Exacto!, Sabíamos que debían cumplirse cien años completos, o la muerte del mago; lo que ocurriese primero, para que pudiéramos volver a vernos solo una hora por día y solo en éste lugar… No puedo apartarme de aquí, ni pretender quedarme más que ese tiempo”

Me quedé en silencio. ¿Qué podía haber agregado a esa charla insensata? Sentí una mezcla de risa contenida y tristeza. Una suerte de desencuentro por el tenor de la historia y por ver allí, frente a mí, a un loco. Alguien por fuera de todo sistema, aguardando un imposible.

“… ¿Podría preguntarle la hora nuevamente?”

Me levanté y recogí mi mochila. Miré y le respondí. Luego estreché su mano, deseándole suerte y comencé a bajar la rampa pensando; ¿Que podría sucederle a un hombre, para acabar así? ¿Qué razones, para tanta ausencia de razón? Me alejé unos pasos de la torre cuando llegué a la base y giré para volver a verlo una vez más.

Apenas lo hice, el asombro y el desconcierto me tomaron por asalto. Pero no por el viejo allí parado; sino por la mujer a la que abrazaba, la que besaba sus mejillas y sus labios, inundados en lágrimas.

Nadie subió por ese estrecho camino. Yo hubiese tenido que darle paso y me acordaría, pensé al volver a internarme en el subte. Aunque en rigor, mi mente no estaba del todo allí; andaba volando alto, por otros cielos.
… y desde esa altura es sabido que es fácil perderse.

“Alto en la torre nació mi voz,
se hizo viento y flotó con la tuya,
se fundió en el atardecer.”

Alto En La Torre – Sui Generis (Alto En La Torre, 1975)