Correr

No iba a llegar. Sentía que el cuerpo se le entumecía. Le costaba respirar y había abandonado por ello, una manera discreta de hacerlo. Sonaba como una máquina imprecisa y gastada que arrebataba el poco oxígeno que encontraba a su paso. Manuel estaba acostumbrado a esa sensación de ahogo y no solo cuando corría. La vida, al menos la suya, lo despojaba por momentos del aire necesario, dejándolo vulnerable. Como un pez que abre y cierra compulsivamente sus branquias, él hacía lo mismo, buscaba algo que lo impulsara a entregarse de lleno, o tan solo, a levantarse cada día.

Había reflexionado siempre, sobre todo. Y le había conferido un motivo a cada cosa. En su vida pesaba una deconstrucción casi absoluta sobre todas las aristas que lo definían. Una clasificación aburrida y previsible hasta para sí mismo. Pero supo tener también momentos valiosos. Situaciones que le permitieron sacar la cabeza del agua y llenar sus pulmones nuevamente. Esas experiencias habían quedado bien marcadas. Manuel las atesoraba en su mente y paradójicamente, creía él, quedaban impermeables a toda lógica. Aquellos momentos habían pasado sin quererlo, sin esperarlos. Sin que nada ni nadie hubiese hecho algo para que sucedieran. Y a Manuel eso lo inquietaba. No era asombro ni ninguna otra cosa. Era algo que lo sacaba de su estado de eterna somnolencia, de esa resistencia sorda ante el derrotero de sus días. Algo que lo empujaba desde un sitio desconocido, y le susurraba cosas imperceptibles al oído. Y ahí el ahogo y la búsqueda incesante de una imagen distinta ante la mirada del espejo.

Le recomendaron que comenzara a correr. Por prescripción médica, temas de postura. Y encontró en ello un hábito que respondía a otras cuestiones. ¿Corría para escapar o persiguiendo algo? Sentía que así dejaba rezagada a todas sus mediocridades. Todos sus vulgares tedios y sus diarias repeticiones, incapacitadas de transformarse en otra cosa. Quizás solo escapaba, pensaba él. Y en aquel horizonte veía formarse figuras de a poco. Imágenes de un futuro incierto, peligroso y abrumadoramente seductor, que lo impulsaban con todo su cuerpo para ser parte de aquella utopía. Pensándolo mejor, quizás corría para perseguir algo, reflexionaba finalmente. Corría, pero le costaba tolerar el recurrente cansancio. Peleaba por mantener el ritmo soportando el dolor de sus piernas y sentía siempre el peso acompasado sobre sus rodillas que crujían como ramas secas a punto de quebrarse.

Hoy al despertar, Manuel tuvo una extraña epifanía donde imaginó que aquel impedimento físico era el macabro mecanismo del universo para detenerlo; para inmovilizarlo ante todo cambio. Y al correr, en ese momento en el que el cansancio doblegaba su temple, decidió seguir su marcha incesante, aunque sus brazos pesados, tiraban angustiosamente de los hombros con cada paso que daba. Se secó la cara, pero no era transpiración lo que le molestaba, sino sangre. Su nariz había comenzado a emanarla debido a algún desequilibrio en las presiones de su organismo. Lejos de asustarse siguió andando, atribuyendo aquello a un desesperado intento de eso que le negaba la posibilidad de acercarse a su meta.

Pero a pesar de su esfuerzo, sabía que iba a ser imposible lograrlo.

De pronto, al llegar al viejo puente, saltó hacia un costado con todas las fuerzas que le quedaban y se escondió, pegando todo su cuerpo contra la pared. Aguantó la respiración, aun sintiendo que el corazón le iba a explotar y temiendo desmayarse al instante. Lo hizo para quedarse callado, imperceptible. Y se puso a escuchar atentamente.
Pasaron al poco tiempo y junto a él, cada una de esas versiones de sí mismo. Con la fastidiosa monotonía y el amargo pesar de todos sus días vividos. Uno a uno corriendo tras él. Los sintió desesperados, ansiosos y perdidos. Hasta los escuchó preguntarse dónde había ido su presa y a uno gritando que no lo pierdan de vista y que corrieran más rápido.

Manuel se quedó agazapado, recuperando la respiración, esperando que sus piernas volvieran a responderle. Y luego salió lentamente, espiando en la dirección en que se habían ido sus captores. Ya no estaban allí, los había perdido. No los escuchaba a lo lejos, ni dentro suyo. Los había despojado de su morada, dejándolos sin dueño alguno y sin tiempo presente. Tampoco estaban ya a lo lejos los sueños perseguidos. Al detenerse, éstos habían tomado ventaja, siguiendo su marcha y quedando fuera de su alcance nuevamente. Quizás en otra oportunidad, pensó Manuel y luego comenzó a caminar por las calles de esa ciudad sin un destino fijo. Por primera vez en su vida no le preocupaba llegar a ninguna parte.

“You better run all day and run all night.
And keep your dirty feelings deep inside”

Run Like Hell – Pink Floyd (The Wall, 1979)


Un pensamiento en “Correr”

  1. Ufffff, si fuera tan fácil como correr y hacerle una “jugadita” a mis otros “yo” ,para perderlos de vista……

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