Curador

“Fue una piña” me dijo. Yo estaba parado en el medio del local, bajo la mirada de todos esos discos y de aquél hombre, acodado tras el mostrador.

Me llevó un tiempo aceptarlo, por una negación obvia. Uno no llama al hospital pidiendo turno con el “recomendador de discos”. Pero era cierto y lo fuí entendiendo de a poco. Yo buscaba entre las bateas, mientras llegaban clientes contando sus pesares. Él prestaba atención, preguntaba algún que otro detalle y recetaba un disco como remedio absoluto. ¡Qué ladrón! Pensé mas de una vez. ¡Aprovecharse de esa pobre gente! Pero de a poco comencé a dudar. Sobre todo cuando los que llegaban, lo hacían para agradecerle por la ayuda. Le decían que aquél disco les había devuelto las ganas, que esas letras estaban escritas para ellos; que por fín estaban mejor.

Un día luego de ver como uno se iba con lágrimas de agradecimiento, me quedé helado observándolo. “¿Te ayudo en algo?” me preguntó. Y yo, buscando una excusa, la encontré en el póster que había detrás de él. “El ojo de Bowie” –le dije- “Que color tan extraño. Hasta en eso era distinto del resto” Y armé un argumento barato, una vía de escape rápida para evitar quedar como un idiota. Por suerte otros clientes que justo entraban, me salvaron del momento incómodo.

Desde ese día, comencé a ir mas seguido. Empecé a prestar atención. Lo bueno de ser habitué de lugares como esos, es que uno puede pasarse todo el tiempo que quiera sin levantar sospechas. Yo miraba discos, escuchaba y aprendía. Empecé a anotarlo todo en una pequeña libreta. Quería encontrar el nexo que unía esas desventuras con la música que oficiaba de antídoto. Y así fui tomando nota, uno a uno: para problemas de pareja, donde uno se iba sin previo aviso luego de algunos años, la receta era “Strange Days” de los Doors. Al que lo echaban del laburo: “Nursery Cryme” de Genesis. Traumas post perdidas: “Walls And Bridges” de Lennon, depresiones existenciales: “Pink Moon” de Nick Drake. Y así. Cada uno que llegaba con sus males, salía con un disco bajo el brazo que le iba a devolver la luz perdida.

Y volvían… Y agradecían.

Evidentemente aquello funcionaba. Pero me era imposible encontrar una fórmula única. Los títulos se repetían en situaciones distintas y a veces cambiaban abruptamente ante otras similares. Había algo más, algo alejado de toda lógica que no podía comprender. Necesitaba saber que finalmente no era solo un efecto placebo o una artimaña de ese vendedor. Pero pese a mis deseos, nunca se lo pregunté directamente. Por orgullo, lo reconozco. Un orgullo idiota quizás, pero yo sentía que preguntarle era como rogarle que me enseñara, y debía darme cuenta solo. Por eso dejé de ir. Preferí olvidarlo, o recordarlo apenas como un sueño extraño.

Mi vida siguió como siguen todas la vidas. La mayor parte del tiempo adormecido ante aquello que importa, y otras asombrado con fugaces destellos de inquietante felicidad. Pero luego llegaron otros momentos que me robaron el brillo, como mosquitos, succionándome la alegría de a una gota por vez. Vinieron de golpe y me paralizaron para luego pegarme sin piedad. Fue así que llegué nuevamente a esa puerta, a esos discos, a esas bateas repletas de canciones. Y a ese tipo y su misterio.

“Fue una piña” me dijo. Me volví hacia él sin entender a que se refería: “¿Qué cosa?” pregunté. Me miró y señalando el viejo póster ya un poco desgastado y sin tanto brillo, agregó “El color del ojo de Bowie, fue por un golpe que le dieron. No fue algo natural. Un amigo lo golpeó cuando se peleaban por una mina.” Hizo una pausa y se acercó para observar aquella imagen a mi lado. Luego agregó: “Lo notable es que ese golpe que lo tiró al piso, dejó una huella distintiva… Tan distintiva que logró reinventarlo”

Me quedé mirando un rato largo. Mientras tanto él agarró un disco, lo metió en una bolsa y me lo dio. Yo pagué sin preguntar cuál era. De todas formas, sabía que era el indicado.

“Stars are never sleeping, dead ones and the living”
The Stars (Are Out Tonight) – David Bowie (The Next Day, 2013)



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