Demorado

El anuncio se escuchó por los parlantes. Los vuelos habían sido cancelados hasta nuevo aviso por condiciones climáticas. Se estimaba una demora mínima de dos horas. Maldije la noticia, con la bronca de no poder hacer nada más que esperar. Los aeropuertos son eso, pensé. Lugares de paso donde lo único que hacemos es esperar. Dejar que el tiempo pase. Eran las cinco de la mañana, y yo iba a estar allí quien sabe por cuanto tiempo, aguardando.
“Nadie pude pelearse con el tiempo, ¿no es cierto?” me dijo un hombre sentado a dos asientos del mío. De traje negro, pelo canoso. Sin valijas ni nada más que lo puesto.
“No, ya lo creo, estamos a su merced” respondí.
“¿A donde se dirige?” me preguntó.
“A Catamarca, por trabajo”
“Mire usted. También es mi destino. Y también por trabajo. Aunque creo que ésta demora va a acabar con mis obligaciones” afirmó. Luego hizo una pausa y me extendió la mano: “Permítame presentarme: Salgado, Uriel Salgado. Un gusto conocerlo”
Yo acepté el saludo: “Federico Linares, encantado”

Luego entablamos una charla, motivada en mi parte por el deseo de pasar el tiempo más rápido hasta que pudiéramos finalmente tomar el avión. Le conté las razones de mi viaje. Debía estar en una reunión en la Secretaría de Planeamiento y Desarrollo a las once de la mañana. Uriel por su lado me contó que su compromiso era encontrarse con Alicia Coronado en el pueblo de El Rodeo, a unos kilómetros de la capital, a las diez y cincuenta y siete de la mañana. Me sorprendió la hora tan particular para un encuentro y el hecho de que, según dijo, el no llegar a tiempo atentaba contra sus planes. No voy a negarlo, aquello generó en mí una gran curiosidad. Le pregunté entonces si no sería posible darle aviso a ésta persona y poder posponer su trabajo por unas horas. Él sonrió y negó con la cabeza, a la vez que secaba una visible transpiración en su frente con un pañuelo de tela. Había comenzado a usarlo unos minutos atrás, agobiado por un súbito calor.
“¡Vamos!” –le dije- “Hoy día contamos con muchas maneras de contactarnos” y tomé mi celular levantándolo a modo de trofeo frente a su cara. “Seguramente tenga forma de dar aviso”.
Uriel sonrió. Estaba pálido. Luego me dijo “Mire, mi trabajo es muy sencillo pero inobjetablemente presencial, debo estar en dicha hora en la casa de esa mujer. Ni un minuto antes, ni uno después”
A lo que no pude aguantar más mi duda y pregunté directamente y sin vueltas: “Discúlpeme, pero ¿cuál es su trabajo?”
“Soy cuidador. Mi trabajo es cuidar a la gente”
“¿Cuidar a la gente?” repetí.
“Así es. Me informan un lugar y una hora en la cual debo encontrarme con alguien a quien debo cuidar. En ese momento yo represento una alternativa para esa persona. Si aquél a quien cuido decide, producto de mi encuentro, hacer otra cosa con su tiempo, como dirigirse a otro lado, no efectuar un viaje, cambiar ciertos planes de su vida o simplemente perder algunos minutos conmigo, entonces habré impedido que esa persona muera. Ahora bien, si decide lo contrario como seguir adelante con sus planes o si no puedo llegar al momento justo, entonces el curso original de todo hará que ese hombre o mujer simplemente se vaya de éste mundo” Y mientras me contaba esto, se desajustaba cada vez más la corbata.

Al principio supuse que era una broma. Pero luego seguí indagándolo. Su seriedad y tranquilidad abrieron una duda. Una duda peligrosa en mi mente que rozaba el absurdo.
“¿Pero, y cómo es que se entera de esas personas y lugares a los que debe acudir?”
“Me lo informan, generalmente por correo, un simple sobre en mi buzón. Pero como usted dijo, hoy día hay muchas formas de estar conectados” y levantó su teléfono en el aire, imitándome.
“¿Quién se lo informa?”
“No sabría decirle, no lo conozco y según me contaron cuando me inicié en esto, jamás podré hacerlo”
“¿Cuando se inició en esto? ¿Quién lo inicio en esto?”
“Un amigo de mi padre, muchos años atrás. Vea, yo andaba buscando respuestas. Respuestas de todo tipo que nunca encontré, pero ésta persona me dió un trabajo especial del que estoy muy agradecido”

Aquello era un sinsentido. Estaba frente a un loco que me contaba a la perfección una historia increíble. Sin embargo había algo que me cautivaba y me motivaba a seguir con mis preguntas: “A ver, y dígame; ¿todos tenemos un cuidador entonces? ¿Alguien asignado a cada uno? Ustedes serían como ángeles de la guarda? ¡Y porqué no vuelan en vez de esperar un avión!”

Uriel seguía acalorado, cada vez más. Se desabrochó el primer botón de la camisa y arremangó los puños. Mientras tanto me respondía: “Mire mi amigo, no soy ni un ángel ni un demonio. Soy una persona como usted, haciendo mi trabajo. Nada más. Discúlpeme que lo importune con este pedido, pero ¿sería usted tan gentil de traerme un vaso de agua?, no me siento nada bien” Me levanté y caminé en dirección al hall de entrada, había visto un dispenser allí. Al volver con el vaso, encontré junto a Uriel a un oficial de la policía, un médico y algunas personas. Le estaban tomando el pulso. Me notificaron que se había desmayado. Alguien lo había visto levantarse de su asiento y desplomarse en el suelo. Al rato lo subieron a una camilla para llevarlo al hospital más cercano.

Justo en ese momento notificaron que el embarque a mi vuelo iba a comenzar en cualquier momento dado que las condiciones climáticas habían mejorado.
Aquel viaje se me hizo eterno. Pensaba una y otra vez las cosas que me había contado Uriel. Era imposible, se había burlado de mi. No había otra explicación.
Cuando llegué al hotel, me bañe y me preparé para la reunión. Pero al hacerlo una duda me atacó en lo más profundo. Necesitaba saber si existía en El Rodeo una mujer llamada Alicia Coronado. Tomé la guía y la busque, no fue difícil dar con ella. Allí estaba su nombre, junto a su dirección y número telefónico. Sentí unas ganas incontrolables de llamarla pero me contuve. ¿Que iba a decirle después de todo? ¿Como iba a creer algo que ni yo mismo creía? Sin embargo creció un en mi una necesidad irracional. No podía dejar de preguntarme; ¿qué seria de ella ahora que su encuentro con Uriel era imposible? ¿Estaba condenada? ¿A punto de tomar una decisión que haría que su vida termine en cualquier momento? Finalmente decidí ir a buscarla. Sabía que descuidaba mis responsabilidades. No habría forma de llegar a la reunión a tiempo. Supuse que podrían esperarme y si así no fuera, la vida de una persona quizás estaba en juego; así que paré un taxi y fui hasta su casa. Pensaba en el camino que decirle. Luego de practicar en mi mente diálogos imposibles resolví que lo mejor sería la verdad. Lo que sabía. Llamé a su puerta a las diez y cincuenta y siete exactamente. Ella me recibió y allí mismo en la entrada de su casa le conté todo.

Pensó que yo era un demente. Le dije que así me sentía, pero que le estaba diciendo la verdad. Que por favor tomara recaudos y que no se fuera de su casa. Que no hiciera nada que pudiera ponerla en peligro, al menos por un tiempo. Alicia estaba nerviosa, claramente perturbada por mis palabras. Me pidió que me retirara y así lo hice. Al mirar nuevamente el reloj vi que ya era muy tarde. Debía estar en una oficina a treinta kilómetros de allí e iba a demorar mucho más aún. Lo cierto es me sentía tranquilo. No sabía si mi encuentro iba a darle otros días en este mundo a esa mujer, pero no hubiese podido vivir sin haberlo intentado. Fui hasta una agencia de remises y solicité un auto, decidido a desandar el camino de vuelta a la capital de la provincia. Al subir saludé al chofer, quién me preguntó a donde me dirigía. Le dije que al edificio de la Secretaria de Planeamiento y Desarrollo, lo más rápido posible. El chofer me dijo que podríamos estar allí en veinte minutos, pero que me iba a ser imposible entrar en aquel lugar. Y a continuación me dio la noticia más extraña, que jamás hubiese imaginado: “La explosión ocurrió hace unos minutos, a las once en punto, lo están diciendo en todas las radios ¿sabe? Aún se desconocen las causas pero le aseguro que lo que fuera que tuviera que hacer allí, va a tener que esperar. Dicen que el lugar es un desastre…”.

“Al caer la noche tomaré el avión, si la duda es el pasado”
Ahora Es Nunca – Gustavo Cerati (Amor Amarillo, 1993)


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