Descreer

Federico no cree en nada.

Desde chico nunca creyó. Lo de Papá Noel y los reyes Magos no se lo tragó por mucho tiempo. A Dios menos que menos. Quizás un poco al principio cuando no se cuestionaba ciertas cosas. Pero desde su adolescencia, para él toda religión es un gran cuento. “Creo en Dios Padre todo poderoso… las pelotas”.

Desconfía de los desconocidos, pero también de los otros. Cuando se encuentra con alguien que no ve hace mucho tiempo y le dice “¡Como te extrañé!” o “Fede ¡estás igual!”, él no cree que esas palabras sean sinceras. Siempre las siente de compromiso, vacías y de plástico.

Desoye los consejos, las críticas y las felicitaciones. Por las dudas. No creyó la palabra de sus maestros cuando le decían que el único camino, para una vida plena, era estudiando. Ni tampoco a los charlatanes del saber popular, cuando aseguraban que no hace falta agarrar los libros, que laburando se llega a todos lados. “Todo extremo tiene que ser mentira en algún punto”, dice desde entonces. Hasta en el trabajo, el día que su jefe le dijo “Muy bien lo suyo Gutierrez. Usted es una pieza clave en esta empresa” se tuvo que aguantar la risa, “A otro perro para acariciarle el lomo” pensó entonces.

No cree en peronistas ni en radicales. Y menos que menos en los revolucionarios de cartón pintado. De hecho no cree en la política. Le parece un gran verso sistemáticamente armado para simular una utopía inalcanzable. Las verdades impuestas son sus más fervientes batallas contra los afirmadores seriales, como le gustan llamar a quienes dicen que si a todo, sin cuestionarse nada. Con ellos discute hasta el cansancio sobre cosas como el efecto invernadero, el agujero de Ozono, la llegada del hombre a la Luna, que un vaso de vino por día te salva del bobazo y que la leche hace bien y punto. “Nos quieren tomar por giles, a mí no” es siempre su respuesta.

En el amor, no cree que nadie lo haya podido querer demasiado. Tanta predisposición de un otro hacia él, suena imposible. Y no es falta de amor propio, suele sincerarse consigo mismo, es exceso de desconfianza nomas. Hasta de su persona. El concepto del destino, claramente es un chiste para él. Por el solo hecho de que justificar la idea de un plan preconcebido de nuestras vidas, le demandaría justificar un montón de otras cosas, de otras falacias, de otros sinsentidos. Federico no se mueve de esa idea. El libre albedrío es libre. Punto.

Así va por la vida. Descreyendo de todo. Mirando la letra chica. Los concursos: todos armados. El azar no existe. En la tele, en la quiniela, todo arreglado. Un circo. Para Federico no existen ni las ofertas. “Seguro que igual me están cobrando tres veces más de lo que cuesta” piensa al mirar los carteles en el supermercado. Y cuando la cajera le dice “¿Quiere donar el vuelto a la fundación X?” él no cree. Ni en que lo donen ni en que exista la fundación X siquiera. Si hasta desconfía del que le deja el bidón de agua en su casa. “Seguro que lo llenan con agua de la canilla”, piensa.

Hoy Federico se sube al auto, como de costumbre. Cierra la puerta y prende la radio. Están pasando esa canción. La misma que está en ese disco simple, junto a otras tres. La misma de la tele en aquel bar, cuando le confesó a su mejor amigo que lo quería como a un hermano. La que estaba sonando cuando su padre le dijo que estaba orgulloso de él. La misma que escuchó en aquel recital cuando creyó verla entre la gente.

La misma canción, siempre.

Él obviamente no cree en las coincidencias. Pero hoy, se queda quieto un rato, escuchando.
“La puta madre” dice en voz alta. “La puta madre” repite.

Federico no cree en nada… pero a veces un poco.

“God is a concept by which we measure our pain”
God – John Lennon (Plastic Ono Band, 1970)