Desde Seattle a La Plata

Me faltaban diez kilómetros para llegar a La Plata. La autopista estaba literalmente colapsada. Miles de personas intentábamos llegar a lo que sería la segunda visita de Pearl Jam a nuestro país. Estacioné a unas quince cuadras del estadio y salí corriendo con todas mis fuerzas. Mientras corría me invadió nuevamente esa extraña sensación de felicidad. Esa suerte de ceremonia de la que uno se siente parte. Una peregrinación para recibir la inmensa fuerza de la música. Esa fuerza que en algunos casos deja de ser solo la suma de los integrantes de una banda, para transformarse en una manifestación artística que supera toda expectativa.

Quería volver a verlos. En la primera ocasión en Ferro allá por el 2006 me habían dejado asombrado y deseaba volver a vivir la experiencia. Necesitaba saber si aquella fiesta había sido tan increíble como mi recuerdo lo dejó grabado.

El momento era ideal. Pearl Jam estaba cumpliendo veinte años de carrera. Una génesis signada por la muerte del genial Andrew Wood, desde aquellos días en que Stone Gossard y Jeff Ament compartían escenario como parte de “Mother Love Bone”. Banda que nos dejó el gusto de todo lo que aún tenían por ofrecer y quedó trunco por la sobredosis mortal del carismático cantante. Seguía corriendo al estadio y recordaba aquellos primeros días tan bien retratados en el documental de Cameron Crowe “Twenty” (Veinte). Los ensayos de Gossard y Ament con Mike McCready que llegarían en forma de demo al californiano Eddie Vedder. Y el proyecto de Chris Cornell que dio lugar al genial “Temple Of The Dog” disco tributo a Wood, donde se comenzaba a sentir el fuego de ésta banda. Luego solo restaba la incorporación de Dave Krusen para grabar el demoledor disco debut “Ten” (Diez) y de allí en más la historia por demás conocida. Miles de recitales, una decena de discos en estudio. Un Unplugged retratando los primeros días. La llegada de Matt Cameron y Kenneth Boom Gaspar. La tragedia de Roskilde. El éxito y el reconocimiento a nivel mundial.

El sincronismo estuvo de nuestro lado a quienes pudimos ir a ver a Chris Cornell por estas tierras tan solo cuatro días antes de ver a Pearl Jam. Haber escuchado “Man Of Golden Words” (Hombre de palabras doradas) de Mother Love Bone o “Hunger Strike” (Huelga de hambre) de Temple of the Dog sirvio de bautismo necesario y mágico para lo que vendría.

Llegué al estadio sin aliento, con todas estas imágenes en la cabeza. Allí me encontré con Mariano y Mauro y los tres compartimos las sonrisas de aquellos que aguardábamos ver al loco Eddie tomando su vino y cantando con el corazón como en cada show. A los cinco minutos las luces se apagaron y la fiesta comenzó. Y el primer golpe directo al corazón. “Release” (Liberar). Aquel grito de liberación, el canto a un padre y un desafío latente. Luego otras grandes canciones como “Go” (Ir) o Corduroy donde todos cantamos al unísono porque el comienzo de esa canción tenía otro significado para nosotros: “The waiting drove me mad, you’re finally here and i’m a mess” (La espera me volvió loco, por fin estás aquí y yo estoy hecho un desastre). Dos composiciones con ese grado de sensibilidad tan peculiar de los temas de Vedder no tardaron en llegar, “Given To Fly” (Dado a volar), con la idea de volar sobre una tabla de surf en el mar, e “Immortality” (Inmortalidad), al poco tiempo. Y fue entonces cuando ese riff grabado a fuego en mi cabeza y mi corazón apareció. “Evenflow”… y ya no pude quedarme de pie a costado del mar de gente. Tuve que saltar y llegar adelante de todo, gritar y mutar a lo más visceral de la manifestación de la música. De allí en mas una larga lista de indispensables, himnos y excelentes canciones. El breve grito punk de Lukin en honor a Matt Lukin, bajista de Melvins y Mudhoney. El descontrol de “Do The Evolution” (Haz la evolución) con un Mike McCready en llamas. La intima “Eldery Woman Behind The Counter In A Small Town” (Mujer mayor detras de una caja registradora en un pueblo pequeño). Promediando el show otro pasaje imborrable cuyo video vi mil veces por los tempranos 90s. El controversial “Jeremy”. El regalo de la noche fue quizás una perla que no pensé escuchar y me sacudió por la emotividad de Vedder al interpretarla: “Garden” (Jardín), “I don’t question our existence. I just question our modern needs” (No cuestiono nuestra existencia. Solo cuestiono nuestras necesidades modernas) y un camino hacia el jardín de piedra. Maravillosa.

Luego seguirían con el alegre pasaje de “Last Kiss” (Último beso). Una rendición al que como Vedder mismo nos dice “probablemente sea el público más fanático de Ramones“: “I Believe In Miracles” (Creo en los milagros). La poderosa “State Of Love And Trust” (Estado de amor y confianza) y otra inyección de adrenalina: la explosión de “Blood” (Sangre). Y a esta altura la ceremonia ya era un ritual. Sabía porque Pearl Jam significaba tanto para mí. Estaban esos momentos de furia reflejados en aquel cantante, estaban esas letras que tanto significan, estaba ese calor inconfundible que jamas se apagó en los últimos veinte años. La banda disfruta también y se siente. Quizás las palabras de Jeff Ament en las redes sociales (como miembro de una banda que nunca uso la demagogia como arma de persuasión) hayan sido tan fuertes como se vivió desde abajo: “From the stage, the best crowd/show of all time, an acid trip of Argentinian passion. Hard to explain not only what we were seeing but what we were feeling….first time in a long time that I couldn’t sleep after a show. Still processing it…” (Desde el escenario, la mejor audiencia/show de todos los tiempos, un viaje acido de pasión Argentina. Es difícil explicar no solo lo que estábamos viendo sino también lo que estábamos sintiendo… la primera vez en mucho tiempo que no puedo dormir luego de un show. Aún lo estoy procesando…) Quiero creer cada palabra, porque así se sintió y la entrega fue total.

Al final del show un cover perfecto de “Mother” (Madre) de la titánica obra “The Wall” (La pared) de Pink Floyd y un Vedder como crooner perfecto en conexión con tan particular pieza. Tanto en lo musical como en la relación complicada entre madres e hijos. El contrapunto llegaría con algo de su autoría que todos amamos: “Alive” (Vivo) y aquel testimonio autobiográfico de descubrir a su verdadero padre. Pero antes el introspectivo, oscuro y hermoso “Black” (Negro) haciendo un coro eterno con las estrofas finales de la canción. Mezclándose con el intro de “Betterman” (Mejor hombre) y otro guiño a los Ramones al final de la canción con “I Wanna Be Your Boyfriend” (Quiero ser tu novio). A esta altura miro a mi alrededor y estamos todos contentos de ser parte de esta fiesta que si bien sabemos que ya nos ha dado mucho más tiempo de lo que cualquier show nos ofrece, nadie quiere que termine mientras Vedder vacía su botella de vino para seguir cantando. Sin embargo “Rockin’ In The Free World” (Rockeando en el mundo libre) de Neil Young marcaria la última explosión de adrenalina antes de la marca irrefutable que impone “Yellow Ledbetter” como el final del viaje.

Comenzamos a salir lentamente del estadio con la certeza de que lo que había visto años atrás no había sido un recuerdo trastocado. Pearl Jam había brindado un concierto demoledor como cada show, entregándose por completo al público. Solo restaba la vuelta a casa, varios kilómetros en que no pude borrar la sonrisa. Los recuerdos frescos comenzaban a reproducirse. La espera para otro encuentro recién comenzaba.

A mí también me costó dormir esa noche …


3 pensamientos en “Desde Seattle a La Plata”

  1. Muy buena reseña! Mientras la leía me iba acordando de cada momento, de cuando llegaste y nos abrazamos, de cuando empezó “Evenflow” y me miraste como diciendo “yo me rompo!” y nos metimos a poguear, etc etc etc. Que lindos recuerdos, y que lindo show! Una lástima que no hayamos contado con la presencia de Kblok y LucasMetal…
    Para Foo Fighters estamos todos no?

  2. Muy bueno el texto eh!!!

    Me parece que voy a tener que ir acostumbrándome a pelar varios billetes para estas bandas grosas, no?

  3. Muy bueno Seba!! Muy emocionante la manera de describir todo el ritual. Debo confesar que un par de escalofríos se apoderaron de mi a medida que avanzaba… eso sólo lo puede sentir alguien que estuvo ahí, no sólo en el recital, sino luchando y luchando para alcanzar la gran ansiada valla… lo cómico fue que estábamos a un par de metros (o personas)… Abrazo

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