Deseos al viento

Se tomó el 152 a las ocho de la mañana. Era una día frío, atípico para la época del año. Gabriel siempre disfrutaba aquel recorrido. Sentía un extraño placer en buscar la música justa que acompañara el camino, corvándose para mirar hacia arriba, acariciando los edificios justo en la línea en que se funden con el cielo.

Pero aquella mañana era distinta. Iba a la casa de Matilde, la madre de Manuel, su amigo de toda la vida. Manuel había fallecido unos meses antes; complicaciones de salud que lo alejaron de éste mundo demasiado pronto arrancándole a Gabriel un pedazo de su vida. Sin sentido, sin aviso, sin respuestas, como la vida misma.
Matilde le había dicho que pasara por la casa, que quería darle unos escritos y cosas que habían sido de Manuel. Quería a Gabriel como a otro hijo y conocía la relación que los había unido todos estos años, en los cuales eran como hermanos.
Al llegar aceptó un mate cocido recién hecho. En la radio sonaba Aznar y García de fondo anunciando que “en medio de las lluvias del invierno, no hay tiempo ni lugar“.

Matilde tenia la virtud de mantener los espacios inmaculados, atemporales. Gabriel recordó esas tardes de tortas fritas, juegos de mesa y debates sobre juegos y superhéroes primero y sobre putas y dioses años después. Aquellas paredes eran el escenario donde había compartido junto a Manuel cientos, miles de horas. Y podía sentirlo, de una manera que le comprimía el pecho y a la vez le alegraba el alma.

– Acá están. Vos fijate, hay de todo un poco” y le acerco una caja con libros, algunos discos y papeles. Gabriel le agradeció por todo y se marchó. Quería caminar solo y pensar.

Deambuló con la caja sin un destino fijo y al cabo de un par de horas decidió sentarse un rato. Miró a su alrededor y justo en la esquina, al cruzar la calle encontró un café que llevaba por nombre “Diente de león”. Corrió en los últimos instantes del semáforo y se apresuró a entrar, eligiendo la mesa junto a la ventana. Pidió un cortado y abrió la caja. Dentro había algunos libros de Kerouac, Galeano y Cortazar. Recorrió sus páginas sintiendo el perfume que le recordaba a Manuel. Algunas fotos de aquel verano en la playa y de viajes compartidos, con peinados horribles que fueron moda y hoy daban risa. Papeles, con frases de canciones, números y anotaciones. Ideas de proyectos y palabras sueltas.

Y de pronto unas hojas unidas por un pliegue. La historia de un grupo de gente que escapaba de los cánones de la sociedad en busca del amor verdadero. Un grupo de neo-hippies que debatían sus ideas del mundo y transitaban los días buscando un ser interior que fuera su verdadero ser. La historia le resultaba apasionante porque eran las ideas de Manuel, eran sus palabras hechas cuento, era como escucharlo ahí, nuevamente. En esas páginas encontró a Matias y Ana que se conocían en un café de la ciudad y empezaban a vivir una historia juntos. Porque en sus ideas coincidieron y armaron un mundo entre los dos.

Pero de pronto la historia quedaba inconclusa con un apartado al pie. Allí había ideas de como continuaría. Se leían las palabras “¿casamiento?, ¿hijos?, ¿viajes?” Había nombres de personas y detalles desconectados de todo lo demás. Pero lo que lo impresionó fueron las últimas palabras. Allí Manuel había dejado el registro del lugar en que había escrito eso: “Café Diente de león, Buenos Aires”. Un frío le recorrió el cuerpo. Era imposible. Sintió miedo, alegría, emoción y pánico, todo a la vez. Se quedó mirando esas hojas, temblando a punto de llorar.

– ¿Gabriel?” una voz quebró el silencio de su cabeza. Al levantar la mirada vio a Maria.
– ¿María?, ¿que haces acá?
– Es una historia muy larga, ¿pero a vos que te paso? ¡Estás temblando! ¿Estás bien?

Maria era la mejor amiga de Manuel. Se habían conocido de chicos y luego de unos años en que ella vivió en Mendoza, se reencontraron y pasaron mucho tiempo juntos, haciéndose confidentes úno del otro. Maria y Manuel se conocían al detalle. Tenían los mismos gustos, las mismas pasiones. Amaban a Elliott Smith, Miles Davis, Mafalda y Picasso por sobre todas las cosas. Gabriel la invitó a sentarse y luego de pedirse un té ella le contó que había salido a pasear y que había elegido ese café porque era uno de los que Manuel le había dicho que quería conocer.
– Bueno, creo que lo hizo de hecho” fueron las palabras de él, mostrándole el cuento que tenía entre sus manos, que aún temblaban. Ella aseguró que era imposible, que él se lo había dicho muy poco antes de morir y que era muy riguroso con los lugares. Era imposible que se hubiera confundido. Atribuyo el apartado escrito en su puño y letra a un recurso imaginario, a un deseo.
– Aún así es muy raro todo, ¿no te parece? ¡que justo yo vine a parar acá!“. Maria asintió.
– Igual el nombre es nuevo. El bar cambió de nombre, antes se llamaba ‘El paso’. Cambió de dueño en éstos días, con lo cual Manuel nunca supo como se iba a llamar“.

Aquel extraño episodio fue el inicio de una larga relación entre Gabriel y María. Compartieron muchas cosas juntos, en bares, cines, teatros y camas. Hasta que uno se mudo con el otro y la vida de ambos se transformó en un viaje de a dos.

Unos meses mas tarde Gabriel le pidió a María que lo acompañara a la casa de Matilde para darle unas fotos traspapeladas, donde aparecía ella con su hijo aún de guardapolvo en un desteñido pasado.

Al llegar a lo de Matilde se quedaron a compartir unos mates.
– Justo estaba saliendo para el cementerio, a llevarle unos panaderos a Manuel“. Allí en la mesa un manojo de panaderos envueltos en un papel muy delicado descansaban en un florero sin agua a solo efecto de que el apoyarlos en la mesa no deshiciera sus cipselas que conforman esa delicada y maravillosa esfera.

Entre mate y mate Matilde les contó que a Manuel siempre le gustaron los panaderos. Desde chico cada vez que veía uno se iba de lleno a soplarlo y se reía viendo esos hilítos volar. A veces pedía deseos, como dicen que hay que hacer antes de soplarlos. Pero la mayor parte de las veces lo hacía porque le gustaba. El decía que le encantaba el hecho de que fuera algo tan lindo considerado solo maleza, que como en la vida misma en lo mundano uno siempre puede encontrar algo increíblemente bello. Y le gustaba que fueran libres siempre. Porque aunque uno las quisiera para su florero, ellas siempre iban a salir volando. Llevando esos deseos que la gente pide por todos lados para hacerlos verdad, como por arte de magia.

– Y yo se los llevo al cementerio, que se yo. Los pongo en el florero y al rato salen todos esos filamentos volando. Pero yo se que a él eso le gusta y que lo pone contento. ¿No? Hasta lo puedo escuchar retarme como siempre lo hacia: ‘¡Panadero no viejita, se llaman Diente de león!‘”.

“And I will be a rainbow, when your storm is gone.
And I will bring the song for you, and I will carry on”

“Y seré un arco iris, cuando tu tormenta se haya ido.
Y traeré las canciones para ti, y seguiré adelante”

Rainbow – Robert Plant (Lullaby and the Ceaseless Roar, 2014)


10 pensamientos en “Deseos al viento”

  1. Cómo disfruté esta lectura! Es sencillamente, mágica. Tener la habilidad de manejar las descripciones, es para pocos y es lo que hace que cada oración de este cuento, pueda saborearse y querer seguir avanzando sin empalagarse.
    Felicitaciones Sebastián

  2. Bellísimo cuento!!! A medida que iba leyendo, me iban apareciendo las imágenes en la mente y cuando eso pasa, significa que es una historia muy bien contada. Gracias por compartirla!! Felicitaciones Seba!!!!

  3. me encanto! Admiro la habilidad de poder contar un cuento! De armar una historia! Me imagino que debe ser gratificante para vos! Te felicito Seba! Ahora queremos.mas!!! Beso!!

  4. Tenes una maravillosa manera de describir, de narrar,de hacer ver los lugares que contás. Ya te dije lo que tenés que hacer con esto…………

  5. “…. Llevando esos deseos que la gente pide por todos lados para hacerlos verdad …. ” muy bueno Seba ! Te felicito

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