Discos y tumbas

Se encontraban en el cementerio. Al parecer Miguel tenía cierta preferencia con aquel lugar. Él decía que era un espacio para estar tranquilo entre tanto ruido de la ciudad. Para Federico era indistinto el lugar, solo buscaba poder comprarle los discos como en cada encuentro.

Miguel había sido dueño de una disquería y luego, con el tiempo, le fue más rentable manejar una clientela fija de coleccionistas y pautar encuentros para cerrar algunas ventas.
Se encontraron por primera vez ahí mismo. Federico había ido cual turista a conocer el viejo cementerio de La Recoleta y mientras contemplaba el lecho final y eterno de Adolfo Bioy Casares, Miguel se paró a su lado y dijo: “La eternidad es una de las raras virtudes de la literatura“. Federico lo miro y Miguel le comentó que era una de las célebres frases del escritor. “No creo que esté muerto, vive de alguna manera. Eterno en sus palabras y en sus creaciones. ¿No le parece?“. Poco tardó Federico en percatarse del disco “Kind Of Blue” que Miguel llevaba bajo el brazo, junto a otros que no llegaba a apreciar. Se pusieron a hablar de música, Miguel le dijo a que se dedicaba y allí empezó la relación entre ambos.

De esa forma Federico fue llenando su vida de inmaculados ítems que recorrían una gran cantidad de vertientes musicales. En cada encuentro en aquel cementerio él se encontraba con Miguel pero también con Coltrante, Zeppelin, Spinetta, The Who, Robert Johnson, Jefferson Airplane, Beatles y muchos más. El día que se llevó un par de discos de los Greatful Dead le pareció hasta una ironía hacerlo justo ahí. Creyó oír a Jerry García que se reía desde algún rincón del universo.

En cada visita cerraban un acuerdo pre pautado y Federico encargaba los ítems para la próxima vez que se vieran. Siempre charlaban de los artistas que eran de alguna forma invitados a esos momentos. Citaban referencias, encuentros, mejores interpretaciones, etc. Ambos amaban la música y en esos minutos ellos dejaban ese cementerio para viajar a lugares y momentos llenos de melodías, letras, armonías y poesía.
Pasado un tiempo ambos entablaron una especie de amistad producto de esas charlas. Sin embargo poco conocían el uno del otro. Poco sabían de sus vidas. Donde vivían, que hacían en su tiempo libre, ¿tenían familia? Su relación se fundó en un pacto comercial y poco a poco creció gracias al arte que formaba parte de esas transacciones, entre todos esos discos y rodeados de todas esas tumbas.

Miguel odiaba a quienes sacaban fotografías dentro de ese lugar. “¿Porque la gente se empeña en fotografiarlo todo?“. “Es una forma de recordar” le retrucó Federico. “No hace falta capturarlo todo en una imagen. El recuerdo es un mecanismo que bien se vale por sí mismo, si el momento lo amerita“. Y tapaba su rostro cada vez que alguien apuntaba una cámara para el lado donde estaba.

Un día, luego de su encuentro Miguel se levantó y dijo que era hora de retirarse. Había estado bastante callado y meditabundo. Federico le preguntó si se sentía bien. Miguel le dijo que si, que estaba un poco cansado y que necesitaba descansar un rato. Federico lo saludó y lo miró marcharse, con su paso cansino.
Sin embargo al llegar al final del pabellón dobló a su derecha. La salida del cementerio estaba para el otro lado. Federico se paró y fue tras él para avisarle. Al doblar vio su silueta más adelante y le gritó “¡Miguel, es por el otro lado!“. Pero éste no lo escuchó y volvió a doblar, esta vez hacia su izquierda.

Federico lo siguió, apurando levemente el paso y gritándole de tanto en tanto. Sin embargo Miguel no volvió su mirada y prosiguió su marcha inalterable.
Al llegar al medio de uno de los pasillos Federico vió como Miguel entraba a un mausoleo. Se quedó quieto por un instante, luego prosiguió su camino hasta llegar frente al mismo. Un mausoleo mediano de mármol negro. Con una puerta de hierro marcada por los años. Aguardó allí un rato que le parecieron horas.
Decidió abrir la puerta y ver si Miguel se encontraba bien allí dentro. Sin embargo la puerta estaba cerrada con llave. Quedó impávido, sin comprender nada. ¿Como era posible? Él fué testigo de cómo Miguel entraba sin necesidad de echarle llave a esa vieja puerta.

Fijó su vista en una gran placa de bronce a la altura de su cabeza. Dos nombres aparecieron: Inés Beltrán y Miguel Suarez. Su rostro quedo petrificado. Pensó lo impensable. Tal fue la situación que Mabel, una guía del cementerio, lo vió y le preguntó si podía ayudarlo.
Es, ésta tumba. No sé cómo explicarle“. Mabel sonrió y para su sorpresa le dijo “No se preocupe. Éste lugar ya guarda misterios en sí mismo. Pero no han de ser nada malos ya que están llenos de música“.
Le contó que de vez en cuando por las noches todos los empleados en algún momento escuchan música y siempre proviene de ese mausoleo. “¿Es imposible? Quizás. Pero uno se acostumbra a los imposibles en estos lugares. ¿Sabe?“. “¿Y qué tipo de música?” preguntó Federico. “Pues de todo, el hombre conocía mucha música. Era dueño de una disquería. Cambia de canciones cada vez, no se reitera a menudo. Sin embargo hoy es el turno de ‘Te para dos’, como en cada aniversario de su partida

Miguel e Inés eran pareja, ellos se conocieron en la disquería de Miguel y dicen que se enamoraron al instante. El mausoleo pertenecía a la familia de ella. Lamentablemente Inés murió bastante joven. Miguel no pudo superar su muerte y un buen día decidió quitarse los días que le quedaban por vivir.
Y éste lugar, su lecho de muerte, nosotros lo conocemos como ‘El museo’. El nombre es un homenaje a ‘La invención de Morel’ la obra de Bioy Casares. El museo era el lugar donde provenía la música que el fugitivo escuchaba en la isla, justamente ‘Te para dos’ ¿Lo leyó? Nos gusta creer que quizás están bailando allí dentro, como en la obra

Federico no podía procesar todo lo que estaba escuchando. No podía entender lo que había vivido. La tumba de Bioy Casares donde se conocieron, los discos, las charlas. Miguel no era real. ¿O sí? ¿Que era real después de todo? Se aferró a los discos, eran reales. ¿Cómo era posible?

Ambos caminaron en dirección a la salida. Al llegar a la puerta Federico agradeció el tiempo de Mabel y sin poder contarle todo por lo que había pasado, solo se atrevió a preguntar: “Disculpe que le haga esta pregunta. Pero, ¿cree usted que exista algo después de la muerte? Es decir, ¿que quizás la muerte no sea la finalización de absolutamente todo, que quede algo de nosotros en éste mundo?“. Mabel sonrió. “Quiero creer que sí. No sé bien qué y no pretendo saberlo“. Federico la saludo y se volteó para retirarse.
Mabel lo miro y agregó “Por ejemplo, Miguel. Quiero creer que vive. Como la obra de Bioy Casares. Así que remitiéndonos a ella, él en todo caso no está muerto, está enamorado…

Federico no volvió a encontrarse con Miguel. Siguió yendo al cementerio. Pero su compañero, aquel viajero de los umbrales de nuestro tiempo, nunca más se presentó. Sin embargo le gusta ir por las noches y sentarse en los bancos del parque que linda con aquel sitio. Cuando el viento lo acompaña llegan a él las melodías, las canciones. Aquellas que Miguel sigue disfrutando desde algún lugar, o desde algún tiempo.

“Pero esa mujer me ha dado una esperanza. Debo temer las esperanzas. Tal vez toda esa higiene de no esperar sea un poco ridícula. No esperar de la vida, para no arriesgarla; darse por muerto, para no morir. Ya no estoy muerto: estoy enamorado”
La invención de Morel – Adolfo Bioy Casares

“Y en mi tumba tengo discos y cosas que no te hacen mal.
Después de muerto, nena, vos me vendrás a visitar.”

El Fantasma de Canterville – Charly García