Discos

No recuerdo cómo elegí sentarme en aquel bar esa noche, pero si recuerdo el porqué. Tenía una necesidad total y absoluta de abandonarme por completo y esos vasos fueron el camino más rápido para despojarme de mí mismo. Entré y me senté al lado de la ventana. Al rato se me acercó un chico vendiendo baratijas. En mi mesa dejó una medalla en forma de lira. Se la compré para ayudarlo con unos pesos y la guardé en mi bolsillo.

Cuando salí del bar ya era tarde. Por alguna razón siempre me acompañó un lúcido deseo de auto-preservación. Sabía que no podía manejar. Así que decidí caminar un rato. Conocía aquel barrio de memoria. Tenía recuerdos en cada esquina. Aún en el estado en que me encontraba, algo mareado por el alcohol, las imágenes del pasado se hacían presentes. Varias cuadras anduve, recordando momentos, sin pensar en un destino fijo. De pronto llegué a la esquina de la feria y doblé para el lado de la galería. Ahí, a unos metros había pasado horas de mi vida en una pequeña tienda de discos. En ese lugar no solo compraba música sino que aprendía a escucharla. Cada obra era una entrada que invitaba a internarse en un mundo distinto. Aquel fue mi sitio, el que elegí como propio, hasta que cerró sus puertas luego de que las ventas cayeron y sus dueños no pudieron mantenerlo mas. Lo extraño es que ningún otro comercio ocupó su espacio. El local permaneció cerrado desde entonces.

Hasta esa noche.

Al llegar me quedé asombrado por esas vidrieras atestadas de discos y la música sonando como antes. No podía creerlo. Hacía veinte años que no cruzaba esa puerta. Saludé a la pareja al otro lado del mostrador. Eran los mismos, cambiados apenas por el tiempo. Les pregunté cuando habían vuelto a abrir la tienda. Me dijeron que nunca se habían ido del todo. Al instante me econtré de nuevo navegando entre discos. Buscando incunables. Con esa sensación de eterna felicidad que había olvidado. En aquel entonces ese reducto fue uno de los primeros donde lo dejaban a uno escuchar los discos antes de comprarlos. Yo ponía decenas de ellos y partía con uno o dos a lo sumo, los que mi dinero podía comprar. Tardes enteras escuchando por primera vez melodías que nunca me abandonarían. Allí había comenzado esa comunión. Esa era mi iglesia y la música mi religión.

Habrían pasado pocos minutos cuando algo aún mas extraño sucedió. Por la puerta llegó Javier con los brazos en alto y su eterna sonrisa. Me contó que pasaba por allí y que al verme entró para saludarme. Me pidió una recomendación y elegí algo especialmente para él. Al rato pasó lo mismo con Inés. El mismo asombro. También encontré una canción para ella. Y así llegaron otros de la misma forma a medida que transcurrían las horas. Era feliz. En ese lugar, con esa música y esa gente.

Ya estaba amaneciendo cuando me fui. Saludé y prometí volver en breve. En la calle el frio de la madrugada me caló los huesos. Tuve que entrecerrar los ojos, la luz natural me lastimaba. Comencé a caminar hasta el auto. Cuando lo encontré, me subí y me quedé completamente dormido.

Desperté con el sonido de un policía que me golpeaba la ventanilla preguntándome si estaba bien. Me acomodé, le contesté que estaba todo en orden y arranqué.
Al buscar la salida a la autopista pasé por la cuadra de la disquería una vez más. Y fue ahí cuando vi ese local, con el candando en la reja, completamente vacío. Detuve el auto y fui hasta la puerta. Solo pude ver dentro el viejo empapelado de antaño hecho jirones, el polvo y los sobres de viejas deudas acumulados a centímetros de la puerta. ¿Cómo era posible? ¿Qué había pasado en todas esas horas? Claramente había tenido el sueño más vivo que podía recordar.

A Javier no lo vi hasta el día siguiente. Quise preguntarle por esa noche, pero antes él me contó algo increíble. Me dijo que había soñado conmigo. Le pedí detalles del sueño y fue allí cuando me narró como iba caminando por la calle y me vio dentro de una tienda de discos. Inés me lo contó a la semana también. El mismo sueño, los mismos detalles. A los demás los llamé yo para interrogarlos y ahí estuvieron cada uno de ellos, soñándome. A todos les pregunte que canciones les había puesto y nadie dudó o cambió el recuerdo que yo tenía.

Aquella fue la primer noche de mi nuevo pasatiempo. Desde entonces he seguido haciéndolo de tanto en tanto. Me gusta decir que soy un musicalizador de sueños. Repito el embrujo y logro destrabar el encanto. El bar, el chico que me vende alguna baratija, el trayecto a pié y la tienda que sigue sin nuevos dueños. No sé cuáles de todas esas cosas permite internarme en aquel mundo, pero por las dudas no dejo nada librado al azar. Camino aquellas cuadras y al doblar la esquina veo felizmente las luces prendidas una vez más.

Ese es mi pequeño universo. Allí invito a que me sueñen. No todos los que me encuentran me recuerdan al despertar. Después de todo no tengo ninguna revelación para darles, ni hechos que vayan a cambiarles la vida. Solo tengo la música. Y una canción para cada uno.

“Nice dream, if you think you belong enough.”
Nice Dream – Radiohead (The Bends, 1995)


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