Dos tazas

Aquel día llegó sin anuncio previo, como siempre sucede en estos casos. Pasó como un huracán, destruyéndolo todo. Una vida interrumpida para siempre. Un segundo, que dio paso a la ausencia y a la falta. Transformando presente en pasado y dejando una insondable tristeza para el que se queda de éste lado de la vereda. No. Entender no era la palabra. Cosas como éstas no se entienden, simplemente se asimilan. Y así me quedé. Permeable a los hechos de la realidad, desprovisto de toda lógica. Sin sentido y sin norte.

Cuando sucedió, mi cabeza era un hervidero. Tuve que reconstruir ese nefasto día en los siguientes. Y lo sigo haciendo en mi rutina diaria. Hasta en éste instante, mientras pongo la pava en el fuego. Me cuesta hilvanar los hechos. ¿Qué cosa había precedido a que otra? Ordeno cada momento obsesiva y meticulosamente. Pero lo que me abruma de este infierno es un hecho que se mantiene inalterable y recurrente en mis pensamientos desde entonces. Cuando entré en su cocina, esa tarde, sobre la mesa había dos tazas de café. Recuerdo tocarlas para sentir si aún estaban calientes. ¿Por qué había servido dos tazas? ¿Para quién estaba destinado ese café de más? Pregunté a los vecinos. No habían visto a nadie más entrar o salir de esa casa. ¿Estaría esperando a alguien? No. Uno no sirve un café para alguien que aún está por llegar. Volví luego de unos días y me detuve en cada rincón. Busqué indicios de algo que evidenciara una visita, pero no hallé más que silencios. Nada indicaba que hubiera otra persona cuando todo pasó.

Desde entonces pienso todos los días en esas tazas. En cada cosa que hago allí están. Giran en torno a mí. Una taza sin misterios, segura y clara. La otra que se instala de forma extraña en mi vida. Abriendo la puerta a todo aquello que no tiene explicación alguna. Miro por la ventana, absorto en mis cavilaciones. Solo el silbido de la pava me devuelve a la realidad. Apago la hornalla y doy aviso: “¡Ya está el agua! ¡Preparo el té!”. Coloco los saquitos y mientras tanto sigo pensando. Ese simple hecho, esas tazas, alteran todo el orden de mi universo. No me dejan dormir por las noches. Y al poder conciliar el sueño, es lo primero que se me viene a la mente al despertar. En cada momento del día, la intriga se apodera una y otra vez de mí. Como un castigo que me azota sin perdón alguno.

Miro el té mientras toma un color oscuro. Busco azúcar en la alacena y la dejo en la mesa junto a las cucharas, repitiendo el llamado. “¡El té está listo, no te demores!”. Me siento en la punta de la mesa y sigo buscando en mi mente la salida de este laberinto. Pero solo veo paredes, pasillos que dan a ninguna parte y tazas que se escapan de mí. Huyen y se desvanecen.
Por más que imagino posibles causas e intento echar luz cual detective a éste asunto, a nadie puedo consultar para quien fue servida esa taza de más. Como una pregunta sin respuesta. Un interrogante que vivirá eternamente en mí.

Decido levantarme y caminar un poco. Necesito estirar las piernas, las siento adormecidas. Y vuelvo con mi llamado “¿Tenés para mucho más? ¡Dale, apuráte!”. Siento la sangre circular por mis piernas nuevamente. ¿Cuánto tiempo estuve sentado? Recorro la casa y me paseo por sus habitaciones. Vuelvo a adentrarme en mis pensamientos mientras camino. Sigo con la inútil búsqueda en mi mente y el sonido de mis pasos es lo único que se escucha entre estas paredes.

El té se enfría.

“Et maintenant que vais-je faire. Vers quel néant glissera ma vie.
Tu m’as laissé la terre entière. Mais la terre sans toi c’est petit”

“Y ahora, ¿qué voy a hacer? En este vacío se escurrirá mi vida.
Me dejaste el mundo entero. Pero la Tierra, sin ti es pequeña.”

Et Maintenant – Gilbert Bécaud ‎(Le Formidable, 1962)


2 pensamientos en “Dos tazas”

  1. se me hiela la sangre,,,,el relato me lleva a la visión tan real de lo sucedido….
    te quiero seba!!!

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