El anillo

Dediqué diez años a encontrar la forma de hacer justicia. Había que devolverle la esperanza a esa gente. La esperanza que Abel Guiraldes nos había robado a todos.

Diez abriles atrás ese sinvergüenza se quedó con el dinero de varias familias. Cuando nos echó como animales sin darnos ni un centavo a cambio. Era nuestro dinero, el que nos correspondía, sin embargo jamás recibimos nada. En el pueblo todos sabían la clase de persona que era. De la clase que se llena los bolsillos a costa de los demás, juntándose con otros de la misma calaña y obrando fuera de la ley a plena luz del día.

Me vi obsesionado con la idea de recobrar lo que era nuestro. Luego de haber agotado todas las posibilidades legales y no encontrar mas que negativas empecé a fantasear con la idea de hacer justicia por mano propia y llevarme lo que era mío y de muchos, lo que nos habíamos ganado con nuestro trabajo.

Busqué la manera de entrar a su casa. Estudié al detalle sus movimientos. Los horarios en que se retiraba, la gente que entraba y salía de allí. Cada mínimo detalle lo aprendí sin error alguno. Ideé el plan perfecto para llevar a cabo mi gran empresa.
El día llegó y pude lograrlo. Todo salió como lo tenía planeado. Cuando tuve el dinero frente a mi, retiré el total de lo que era nuestro, ni un centavo mas. Pero cometí el error de ver que mas guardaba allí. Papeles y fotos en su mayoría. Y una pequeña caja de madera. Cuando la abrí vi un anillo que brillaba como el sol, con una inscripción que no llegaba a poder leer. De pronto un ruido me estremeció y salí corriendo con mi botín, anillo incluido.

De ahí en mas me dediqué a devolver el dinero a cada familia. Viví como un fugitivo porque todos se imaginaban que había sido yo el perpetrador y no tenía ni coartada para defender mi pellejo. Y aunque la hubiese tenido, Don Abel iba a comprar a quien sea con tal de verme bajo tierra o pudriéndome en una cárcel.
Pero pude hacer lo que me había propuesto. Devolví cada centavo. Fui la justicia que esas familias nunca tuvieron. Y me fugue a unos cuantos kilómetros de allí.

A los pocos meses el viejo Guiraldes murió. Me llegó la noticia por una radio de la zona. Aparentemente producto de una enfermedad incurable. Pensé en que ya todo estaba finalizado, que las cosas habían encontrado un orden en mi vida. Pero el anillo, el maldito anillo manchaba todo. Maldecí el momento en que decidí llevármelo. No podía dejar de sentirme tan ladrón como esa escoria sin moral.
Al volver a verlo me esforcé en leer la inscripción, encontrando algo que jamás hubiese esperado. Decía simplemente “Perdón Clara” y escondido bajo la capsula que hacía las veces de sostén, una carta fechada varios años atrás. Era de puño y letra del mismísimo Don Abel. Allí pedía perdón a Clara, su hija, por no haber sido un buen padre, le decía cuanto la amaba y lo mucho que la extrañaba. Me quedé absorto leyéndola una y otra vez. Finalmente aquel monstruo tenía algo de hombre después de todo.

Clara Guiraldes se había apartado de su padre desde hacía muchos años. Dicen que luego de morir su madre y conociendo los oscuros negocios de él, decidió no vivir mas bajo el mismo techo. No dejó el pueblo, se fue a la casa que sus padres habían compartido a poco tiempo de casarse. Una modesta propiedad cercana a la plaza. E instalada allí comenzó una vida sin visitarlo ni dirigirle la palabra.

Pasé días sin dormir, tratando de olvidar el asunto. Pero la idea se había instalado en mi cabeza como una fiebre que no podía calmar. Tenía que entregar ese anillo. Y tenía que hacerlo yo mismo. Asegurándome que esa mujer lo recibiera cuanto antes.
Sabía el peligro que ello implicaba pero el deseo fue mas fuerte y me sentí cegado por la necesidad de hacer lo que era justo. Una vez mas me movilizaba una noción de justicia, aunque paradójicamente en este caso el artífice del delito había sido yo mismo.

Fue así que volví al pueblo y ese mismo día fui a la casa de Clara. Intenté no ser visto por nadie, pero conociendo lo difícil que eso era no perdí tiempo y me dirigí sin detenerme en ningún lado.
Una bella mujer se asomó por una ventana, le pregunte si era Clara y me presenté. Al instante me abrió la puerta y me hizo pasar al zaguán. Me ofreció una limonada para aplacar el calor del día. Le agradecí por abrirme sabiendo quien era y me dijo que todos eran bienvenidos en su casa. Que lo que yo había hecho por mí y por esa gente le parecía tan justo y tan necesario como el sol que sale cada día. Le dije muy apenado que en aquel momento al obrar por lo que creía correcto me había llevado algo que no era mío y que si bien su padre lo tenía preparado para dárselo a ella desde hacía mucho, por algún motivo nunca había podido. Que por eso me sentía en la obligación de pedirle disculpas y de ser yo quien se lo diera dada la condición de su difunto padre.

Ella tomo la caja en sus manos y la abrió lentamente. Sus lagrimas no tardaron en llegar. “Este anillo perteneció a mi madre” me dijo. Luego leyó la carta y sintió la necesidad de tomarse el resto de la limonada de un trago.
Unos ruidos comenzaron a llegar desde la calle, era la policía que llegaba a la cuadra. Miré de reojo por la ventana y los vi venir. Mi suerte estaba echada, no tenía escapatoria posible. Pensé que finalmente iba a tener que pagar por el robo que había perpetrado aunque fuera un acto de justicia. Que absurdo que me atraparan allí y de esa forma.

Clara me miró y tomándome del brazo me dijo “Rápido, no hay tiempo que perder”. Me llevó a una habitación de la casa y corriendo un sillón levantó una parte del piso que ocultaba un cuarto bajo tierra. “Métase ahí rápido”. Sin pensarlo me zambullí derecho y escuche el sonido del sillón y luego el silencio. Al rato la voz de Clara hablando con los policías, contándole como me había escapado por el fondo de la casa. Pasos de hombres por todos los cuartos, sobre mi cabeza, retumbando. Esperaba que de momento a otro esa puerta en el piso se abriera y me llevaran detenido.

Unas horas mas tarde Clara me vino a buscar y me dijo que pasara unos días allí hasta que la cosa se hubiera calmado. Por los siguientes días viví escondido en esa casa, donde Don Abel había armado ese escondite en caso de que necesitara ocultarse en algún momento. Que ironía la vida, ese lugar me había salvado y hasta las ropas de aquel rufián estaba yo ahora usando.
Le agradecí una y otra vez a esa mujer por lo que había hecho, que no me creía digno de tal bondad sintiéndome yo mismo no mas que un simple ladrón. Clara me dijo que no era nada, que era lo justo.

La noche antes de partir recogí mis cosas, y mire por la ventana esperando el momento adecuado. Clara me había conseguido un auto que debía entregar a un par de pueblos de distancia.
Me preguntó que iba a hacer con mi vida. Le dije que suponía que empezar de nuevo. “Márchese lejos de acá, busque otro aire” me recomendó. Le dije que si, que buscaría un lugar cerca de algún río. Siempre había odiado ese pueblo seco sin agua.
Finalmente tomó mi mano y me dio las gracias. Me dijo que lo que yo había hecho no era robar un anillo, sino mas bien recuperar una persona y miles de recuerdos desde lo mas profundo de su corazón. “Tal como a esa gente les devolvió su dinero, usted a mí me devolvió la idea del padre que alguna vez tuve. Él no fue un hombre de bien y eso no lo va a reparar ni un anillo ni esa carta, pero ahora se que me quiso y eso es mas que suficiente para mi”.

Nunca mas supe nada de aquel lugar ni de su gente. Me marché a comenzar una nueva vida.

Prefiero no decirles donde.

“Subtle voices in the wind, and the truth they’re telling.
The world begins where the road ends. Watch me leave it all behind. Far behind”

“Sutiles voces en el viento, y la verdad que están diciendo.
El mundo empieza donde el camino termina. Mirame dejar todo detrás. Muy atrás.”

Far Behind – Eddie Vedder (Into The Wild, 2007)


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