El arte que nos transforma

La antesala al encuentro (nunca imaginado para alguien que vive por estas latitudes) con David Gilmour y su repertorio, me dejó pensando en la posibilidad que nos da el arte para romper barreras. Aquellas que nos vienen de fábrica y aquellas que construimos ni mas ni menos que nosotros mismos; condicionando o hasta ocultando distintas formas de experimentar la vida. Y en el proceso aquellas obras que apuestan a venir para quedarse cuentan con la posibilidad de retroalimentarse con otros trabajos que andan por allí y se reconocen también como indispensables. En mi caso la obra de Pink Floyd con su inmensa carga de virtuosismo y experimentación musical acompañada de su contundencia poética (y porqué no filosófica), evolucionó de una forma fantástica entre aquel chico al cual su tío le encomendó escuchar ese disco con un prisma que descomponía la luz en sus respectivos colores bajo el titulo de “The Dark Side Of The Moon” y quien escribe, que hace unas horas se emocionó junto a otras setenta mil personas en el recorrido de aquellas maravillosas composiciones. Y el porqué de ese proceso evolutivo fue (en mi caso) producto de haber visitado otras obras y de haber paseado junto a Lewis Carrol y Alicia en el país de las maravillas. Haber surcado rutas de costa a costa con Jack Kerouac, visto universos de la mano de Salvador Dalí y Jackson Pollock o haber visitado un futuro distópico (pero no tan alejado de cosas que ya son moneda corriente) junto a George Orwell y su 1984. Luego de abrir las puertas de la percepción de Aldous Huxley, haberme sentado a la mesa para comer el almuerzo desnudo de William Burroughs y vomitar conejos junto a Julio Cortázar; solo por citar a algunos. La suma de las partes en materia artística nos dan por resultado algo que es exponencialmente mas grande de lo que podamos imaginar y nos queda dando vuelta en la mente y en las tripas para que lo vayamos digiriendo de a poco a medida que como Gilmour nos recuerda, “el sol siga siendo el mismo de una manera relativa pero nosotros nos vayamos poniendo mas viejos, con menos respiración y de a un día, mas cerca de nuestra muerte”. Pienso en ésto y en ésta suerte de reinterpretación de todo, decido darle otro significado a aquella tapa, el prisma no descompone, sino todo lo contrario. Compone en una luz que es producto de todas esas obras y de todas aquellas verdades que nos definen en los días que vivimos. Cada uno elige los colores, cada uno compone en función de lo que mas le guste.

Luego de una llegada caótica y un acceso para el olvido logramos entrar en aquel lugar del que no podría asegurar ubicación ni orientación alguna. Entre un mar de gente solo aquel escenario importaba. Y cuando las luces se apagaron solo restaba disfrutar y emocionarse. Nos miramos con Carolina, Mariel y Pablo; estábamos listos.

El inicio fue un calco del comienzo de su última obra: “5AM”, “Rattle That Lock” y “Faces Of Stone”. A pocos minutos de comenzado el show ya nos asombrábamos de lo bien que sonaba todo. Estábamos escuchando uno de esos armados de sonido perfectos donde se aprecia a cada integrante y uno puede prestar atención a cada instrumento. Cuando eso estaba asegurado llegó la hora del primer golpe directo al corazón: “Wish You Were Here”. Gilmour tocaba cada cuerda y la música vibraba expandiéndose y abrazándonos de una manera indescriptible. Esas canciones que las sabemos no de memoria sino de corazón. Era verdad, Gilmour estaba ahí, Pink Floyd en todo su esplendor. Nos interpretaba himnos mas que simples canciones. Nos miramos y estamos todos con una mezcla de emoción y felicidad. Entre la incredulidad y la fascinación.

Pienso en mi tío que está por allí entre la gente. Por eso de desear que estuviera acá al lado como dice la canción, para agradecerle el haberme introducido en este mundo “Floydiano”. Luego otra de la última placa: “A Boat Lies Waiting” seguido de “The Blue”, uno de “On An Island”. Exquisitos ambos.

¿Se puede conocer un tema solo con el sonido de monedas cayendo? Por supuesto, era “Money” en una versión que corroboraba eso de que “Waters y su banda la ejecutan de manera maravillosa, pero Gilmour… es Gimour”. A continuación otra del disco fundacional de nuestra existencia: “Us And Them”. Y ahí esas setenta mil personas éramos música que se sumaba a lo que salía por los parlantes. Otra del ultimo disco “In Any Tongue” daría paso a “High Hopes” el primero de la placa de 1994 en la que yo, ya consciente de los lanzamientos de ésta banda, recordaba que por aquel entonces leía a una crítica que quería buscarle los quiebres a un grupo que se había tomado siete años en componer y que quizás no iba a estar a la altura de lo esperado. “The Division Bell” llegó y calló a todos, y a nosotros, los que no teníamos duda alguna nos dejó con la boca abierta de par en par. Bajo la vista y entre la gente veo a una persona bastante mayor en lagrimas, y una mujer consolándolo. Me emociona verlo con sus tantos años viviendo la música de esa manera y pienso ¿que otras obras habrá transitado en su vida? ¿habrán redefinido la obra de Floyd para él también?. Gilmour nos dice que se tomará un intervalo. A nosotros nos viene bien para procesar todo lo que acabamos de ver.

Para la segunda parte nos transportamos todos a la psicodelia del primer artífice del mundo Floyd, Syd Barret. Y aquella primera canción “Astronomy Domine” del primer disco “The Piper At The Gates Of Dawn” de 1967 que sonó tan enigmática, tan demencial y tan fresca como entonces. Y casi como homenaje a aquel artífice llegaría “Shine On You Crazy Diamond”. Estábamos en éxtasis por el solo hecho de consumir aquella música y en éste caso esas imágenes que vimos una y mil veces. Aquel video que aportaba mucho visualmente a los viajes al interior de uno mismo que tanto nos ofreció ésta banda.

El encanto seguía con “Fat Old Sun” desde “Atom Heart Mother”. Me asombró por su contundencia y su composición gigantesca. Como estar frente a una construcción de miles de pisos, titánica e infinitamente grande. Así se sentía, así se experimentaban esas notas. Me acuerdo de la vaca en la portada, entre pop y lisérgica. Otra foto que me llegaba desde algún lugar.

Al finalizar el tema la persona que tengo a un lado le dice a su compañera: “Es único, no hay nadie como él”. Otra de “The Division Bell”: “Coming Back To Life”. Y nuestra felicidad ya se puede ver y sentir. “The Girl In The Yellow Dress” nos trajo aires de Jazz . Distinta al resto de la obra pero a la altura de éstas. Con “Today” finalizarían las composiciones de un trabajo que es prueba de que Gilmour sigue haciendo discos increíbles. Lo que restaban eran solo temas del catalogo Floyd y aunque nos hubieran avisado, no hubiéramos podido prepararnos para lo que nos faltaba.

“Sorrow” llegaría desde “A Momentary Lapse Of Reason” aquel primer disco del Floyd sin Roger Waters que seguiría llevando el nombre de la banda a lo mas alto de lo que siempre significó musicalmente. Luego “Run Like Hell” en dupla vocal entre Gilmour y Guy Prat, bajista de su banda, me llenaba de unas incontrolables ganas de saltar y de gritar (si, como un loco). Solo puedo pensar y repetirme “¡Que linda que es la música! ¡Que maravillosa que puede ser!”. El tándem “Time” y “Breathe” volverían a repetir todas esas verdades sobre nuestro paso por el mundo, aquellas que ninguna escuela nos enseñó y debimos buscar en discos, libros o simplemente crecer para descubrirlas.

Como también lo hizo Waters en sus presentaciones anteriores (no le quitemos mérito a quien pergeñó muchas de estas creaciones) pero quizás sin la calidez y el virtuosismo desmedido de éste hombre de 69 abriles que cuando ríe achina los ojos y en sus dedos se ve la experiencia de los años; su llegada a nuestras tierras me permitió pensar, sentir y disfrutar en un viaje que como corolario me dejo una felicidad inmensa. Gilmour pudo poner en marcha estas funciones vitales que nos hacen humanos y lo logró actuando como canalizador de melodías y palabras, eternas y simplemente únicas.

Pero quedaba el cierre. Con la visita de la obra “The Wall” soñábamos con que se repitiera la invitación de Gilmour, aquella que pasó un solo día en Londres y para una sola canción. Eso no ocurrió. Pero la vida da revancha y el momento era éste, la canción era la titánica “Comfortably Numb” y allí estaba Gilmour, para ofrendarnos el que para mí lleva como titulo de mejor solo de guitarra de toda la historia del rock. Y logró lo que imaginaba, el éxtasis, la maravilla, un momento que jamás olvidaré. Era verdad, el tipo es único y no hay nadie como él.

El saludo. La ofrenda de una banda en la que tanto Phil Manzarena con su trayectoria desde Roxy Music como todo el resto de los integrantes, hizo honor y dio cátedra de música. Un Gilmour que nos decía que nos volveremos a ver y las ganas de que así sea.

Pero aún quedaba magia en ese lugar, Aparentemente los deseos se hacen realidad de vez en cuando y aquel que tuve al inicio de la noche, pasó. Entre la gente, ese mar de miles de almas, estaba mi tío Pablo, el primero que me habló de Floyd, aquel que volvió en los noventas, maravillado de verlos en el Division Bell Tour, en la otra punta del planeta. “¡Te dije que nos íbamos a encontrar!” y el cierre de un circulo perfecto, tan perfecto como éste artista, en sus eternos jeans y remera negra que cuando toca una guitarra abre portales en nuestra mente y nos permite rompe barreras, para que ya nada sea igual que antes.

“’Cause the things you say and the things you do surround me”
“Porque las cosas que dices y las que haces, me rodean”

Coming Back To Life – Pink Floyd (The Division Bell, 1994)


Un pensamiento en “El arte que nos transforma”

  1. Parece que sí le encontraste palabras… gracias Seba x compartir!
    Y el gato dice:
    —Aquí todos estamos locos. Yo estoy loco. Tú estás loca.
    —¿Cómo sabes que yo estoy loca?
    —Tienes que estarlo, o no habrías venido aquí.

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