El bar

El sonido de la ciudad se filtraba, impreciso y desordenado, solo cuando alguien entraba desde la calle. Aquél bar mantenía a salvo a un grupo de pasajeros nocturnos que depositaban en él un fragmento de sus vidas. Se lo podía ver a la distancia con sus toldos rojos gracias a las luces que iluminaban uno de sus frentes y se fundían con la oscuridad al doblar la esquina, dando la extraña sensación que aquel no era un espacio claramente definido y que quizás era un umbral hacia el infinito mismo.

Era temprano aún, no había mucha gente. Aquella noche el público se conformaba por una pareja al fondo, tomada de la mano, con sonrisas constantes. Otra cerca de la barra sin poder ocultar una acalorada discusión, evidenciada por el movimiento de unos brazos que dibujaban un lenguaje de recriminaciones y ofensas. Un grupo de amigos que levantaba la voz y reía muy fuerte citando anécdotas y recuerdos compartidos. Y un hombre al que varios dirigieron la mirada desde el momento en que ingresó, porque parecía alguien conocido. ¿De la televisión quizás? El paso de las horas iría poblando el bar de a poco, con almas que escapaban de la noche y otras que, en contraste, buscaban internarse en ella.

Leticia y Pablo ingresaron por esa puerta. Miraron desde la entrada todo el salón eligiendo un lugar y se sentaron a gusto, como quienes adoptan una posición cómoda, en un lugar conocido, con una compañía esperada y en un momento suspendido en el tiempo.

“¿Pedimos?” dijo él y levantó la mano llamando al mozo.

Sabían perfectamente que iban a tomar. Ya conocían el lugar y como en cada encuentro, iban a pedir esa particular cerveza que guardaba un misterio en sí mismo. Un misterio que curiosamente había nacido y crecido por el solo hecho de habérseles negado en cada una de sus visitas. Inclusive habían comenzado a buscarla en otros sitios, pero dado su origen, de tipo artesanal y producción reducida, solo en la carta de aquel bar figuraba entre las opciones.

Ambos, sin saberlo pensaron en todas esas noches en que sistemáticamente se habían quedado sin la oportunidad de probarla. “Hoy tienen que tener” dijo ella. Pero pese al optimismo en sus palabras, el mozo llegó con la carta en la mano y ante el pedido, negó con su cabeza.

Pablo dejó ver su enojo. “¿Pero suelen tener? ¡Está en la carta! Ya van varias veces que intentamos pedirla. ¿Cómo es que nunca tienen?”

El mozo les dijo que no se elaboraba en gran cantidad y que por eso no era frecuente el encontrarla, pero si, que en algunas ocasiones, solían tener. Una explicación que ya habían escuchado más de una vez. Así que nuevamente y como de costumbre eligieron otra cosa.

Leticia fue categórica. “¡No vengamos más, nos están tomando el pelo! ¡Ésta cerveza es un cuento!”.

Mientras tanto allí, en aquel bar, las charlas de todos sus ocupantes fueron componiendo una música en sí misma, una suave melodía ensamblada en base a todas esas emociones que sus intérpretes parieron de a poco con cada historia contada. Historias y vivencias que llenaron el recinto y casi podían verse cobrando forma, proyectándose en sus rostros, en sus cuerpos y en el aire.

De la pareja que discutía él se marchó poniendo un punto final a esa cita. Ella pidió otra copa poniendo puntos suspensivos a su vida. Los que estaban tomados de la mano se fundieron en calurosos besos en un rincón, alejados de éste mundo. Besos que decían más que cientos y miles de palabras en cientos y miles de combinaciones posibles. El grupo de amigos pidió otra botella más de vino, perdiendo la cuenta de cuantas habían tomado y uno de ellos incluso se animó a gritar “¡Ya sé quién es!” señalando al hombre con cara familiar. Leticia y Pablo hablaron de todo, o de casi todo. De la vida, de la muerte. La música, los libros y las personas. Recordaron un pasado, reinventaron un presente y jugaron a imaginar un futuro entre risas y llantos. Todo eso pasó allí dentro, mientras afuera la gente iba y venía por esas calles, tan pobladas de soledades, tan ausentes de sentido.

Entre todo ese séquito de mortales soñadores y sus historias, el mozo se abrió paso hasta la barra y allí descansó su cuerpo por unos minutos, acompañado por la chica que del otro lado, se encargaba de hacer los tragos. “¡Ay Jimena!, no sé por qué el jefe se empeña en guardar una carta donde figura esa cerveza y en decirnos que sigamos haciéndole el cuento a aquella pareja. No entiendo cuál es el sentido. ¿Será porque vuelven siempre buscándola? ¿Será para no perderlos como clientes? ¿O porque le gustará embromarlos simplemente?”. Ella lo miró sonriendo, mientras terminaba de preparar un Mojito y un Manhattan. “No Gabriel. No es por eso. Si le preguntas al jefe te diría que son, como a él le gusta llamarlos: ‘recursos mágicos’. En realidad éste lugar y éstas mesas son el verdadero truco, la cerveza es una excusa”

Gabriel la miró con una expresión de incredulidad. “Me gusta cuando te pones misteriosa, ¿pero de que truco me hablás?”

Jimena levantó el dedo índice y señalando con él hacia todas las direcciones del salón le contestó, “Mira, bien éste lugar y su gente. ¿Qué hacen acá? ¿Alguna vez te lo preguntaste? ¿En que cambia sus vidas éste pequeño lugar?”

“¡En nada Jimena, en nada. Salen con un poco de alcohol en su cuerpo por lo general, pero nada mas!”

“¿Tan seguro estas de eso? Mirá, por ejemplo, ¿viste que hay gente que va a la iglesia? Bueno, ¿qué busca esa gente? Podrás ponerle cientos de palabras: paz, iluminación, sosiego, etc. Pero finalmente lo único que todos buscan, son respuestas Gabriel, todo el tiempo. Algo o alguien que les de las respuestas a su vida, que les dé un porqué a sus existencias. En cambio en lugares como éstos, que me atrevería a decirte, Dios frecuenta muy poco, si es que alguno de los que viene por acá siquiera lo frecuenta a Él; la gente no busca respuestas. En cambio, se da el permiso de formularse preguntas y de ubicarse dentro de esos interrogantes. Acá la gente se va buscando a si misma. Quién te dice, quizás la vida se trata de eso, ¿no te parece?”

Gabriel se separó de la barra en la que estaba apoyado para volver a su trabajo mientras preguntaba: “Si, sí. Todo muy lindo, tu discurso, el recurso mágico y todo eso; pero decime algo, esa cerveza, ¿existió alguna vez?”. Jimena le acercó la bandeja con los dos tragos y respondió sonriendo “¿acaso importa?”

Pablo y Leticia pidieron la cuenta, pagaron y se retiraron. “Bueno, la próxima quizás tengan. Volvemos una vez más y si no tienen, que se olviden de nosotros” se los escuchó decir mientras cerraban esa puerta que los retornaba al mundo conocido.

La ciudad los vió partir y la noche los abrazó en silencio.

“At dawn we went down through empty streets to the harbor
Dreamers may leave, but they’re here ever after”

On An Island – David Gilmour (On An Island, 2006)


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