El cuadro

Aquél mediodía el clima estaba caluroso y húmedo, más de lo habitual en Buenos Aires. Yo aproveché el horario del almuerzo para hacer una visita al museo. Como siempre, entré y subí al primer piso, a buscar mi cuadro preferido. Ese fue el primer día que lo vi.

Miraba yo la enigmática obra que me había cautivado desde siempre, cuando se me acercó. Recuerdo que no me fijé en él al principio, es habitual pararse junto a otras personas en lugares como ese. Pero a poco de ponerse a mi lado me dijo: “Cuántos universos encerrados en una tela, ¿no le parece?” A lo que asentí y dirigí a él la mirada. Al instante señaló la pintura y me preguntó: “¿Qué es lo que usted ve?”. Demoré en contestar, me sentí incómodo. La pregunta me tomó por sorpresa. Él reforzó su consulta: “De todos esos universos allí encerrados, ¿qué formas, sentimientos o historias son las que usted elige?”

Contesté evitando una respuesta concreta, pero con total sinceridad: “Mire, lo que me gusta del arte abstracto es justamente eso, su capacidad de cambiar. Hoy puede significar algo completamente distinto a lo que veré mañana. Para mi es el estado mas subjetivo del arte; y eso, a decir verdad, es lo que más admiro. Con lo cuál me sería muy difícil encontrarle un solo significado”

El hombre pareció agradecido con la respuesta, pude ver que sus ojos se abrieron de par en par con un brillo peculiar. Me pidió que compartiera con él lo que veía en el cuadro en ese momento, en ese preciso instante y en mi actual estado de subjetividad. Intuí que no iba a aceptar una negativa como respuesta, así que me quedé contemplado la obra y contesté: “Frío. Me transmite una sensación de frío y embriagadora soledad”. El hombre observó conmigo el cuadro un instante sin pronunciar palabra. Luego extendió su mano, me agradeció por el dialogo y se marchó. Pensé “en todos lados hay gente extraña”. Miré la hora y vi que era tarde, debía volver al trabajo. Comencé a caminar hacia la salida.

Al acercarme a la puerta escuché a varias personas que hablaban de lo raro que estaba el tiempo, y al salir comprobé que había cambiado radicalmente. El calor agobiante de la ciudad se había transformado en un frío de invierno. La gente, claramente desabrigada para esa temperatura, se metía en taxis, colectivos y locales comerciales. Y yo volví caminando por la avenida, tiritando con un frío que me calaba los huesos por calles casi desiertas; pensando en el cuadro y en la charla, en lo extraño de aquel encuentro y en mis palabras. Finalmente resté importancia a todo y olvidé el asunto por un tiempo.

Habría pasado un mes cuando volví al museo, tenía que hacer tiempo por la zona y me pareció bien ir allí un rato. Subiendo las escaleras me lo encontré nuevamente. Fue él quien llamó mi atención: “¡Estimado!, un gusto volver a verlo” y siguió mis pasos sin disimular el querer seguir hablando conmigo. Traté de disuadirlo diciéndole que no tenía mucho tiempo, que debía encontrarme con alguien. Me dijo que ya que estaba allí le interesaba mi opinión sobre la charla de la vez anterior. “Me gustaría simplemente saber como se manifiesta esa metamorfosis del arte de la que usted habla. ¿Podría decirme que ve hoy en el cuadro?”
Sabía que si respondía a su pregunta iba a dejarme en paz y aparte, debo reconocer que me interesaba ser consistente con mi apreciación y con esa obra en particular. Así que observé nuevamente la pintura y le dije que en aquella ocasión las líneas me recordaban el vuelo errático de los pájaros. “Veo pájaros, cientos de ellos volando”. Una vez más el hombre me saludó y desapareció entre la gente.

Al rato el pánico se apoderó de mi. En el hall de la entrada un grupo de visitantes miraba hacia la plaza del otro lado de la calle. Estaba inundada de aves. De todo tipo. Un pandemonio de ellas que volaban sin parar en frenética danza. La gente aguardaba a que se fueran, sentían miedo de salir. Yo comencé a buscar al hombre. Recorrí todo el museo pero no pude hallarlo. Cuando volví a la puerta, los pájaros se habían ido.

Desde ese momento no pude pensar en otra cosa. Al principio decidí no volver. Sin embargo la curiosidad era mas grande y se terminó apoderando de mi. Al día siguiente fui decidido a encontrarlo. Al ingresar en el recinto donde estaba el cuadro, lo vi parado frente a él, observándolo. Pero yo sabia que era a mi a quien esperaba.

Le pregunté como era que lo hacía. Se mostró asombrado y hasta replicó con un tímido: “¿hacer qué?”. Me enfurecí. “Mire, creo estar lo suficientemente cuerdo para saber lo que viví, ahora bien, dígame ¿como es que lo hace?”
El hombre se puso serio. Y luego me dijo: “Usted me cuenta que ha vivido cosas que bien sabe que son reales. A lo que yo le pregunto: ¿está usted seguro de lo que es real?”
“Los pájaros, el frío… no fui el único testigo. ¡Explíquelo!” le dije casi gritándole.
El aguardó por sus palabras. Y luego mirando a todos lados de la sala prosiguió: “Piense en éste lugar por ejemplo. Aquí mismo hay varias obras que fueron producto de la imaginación de geniales artistas, sin embargo, ¿quienes somos nosotros para afirmar que dentro de sus mentes, aquellos mundos que pintaban no eran reales?”
Recorrí las pinturas con la mirada, en cada pared. A medida que hablaba, yo sentía un progresivo mareo. Él seguía: “Mire estos cuadros, estos universos imaginados y dígame sinceramente ¿No cree que existen y que son reales también para todo el mundo que los contempla?”
Las obras comenzaron a girar en mi mente, cada vez a mayor velocidad. Tuve que apoyarme sobre una pared para no desvanecerme. Al recobrar la compostura, el hombre había desaparecido.

Desde entonces vuelvo seguido al museo. Siempre lo busco, pero jamás logro encontrarlo. Recorro siempre todas y cada una de las salas hasta que finalmente regreso a mi cuadro. Aquél que encierra todos mis universos; donde nunca se repiten las imágenes. Cada vez que lo contemplo y me pierdo en él, veo algo distinto. Algo más nítido y más auténtico, aún más real que la vida misma.

“Todo lo que ves o es, como la imaginación, se junta con total interferencia”
Total Interferencia – Charly Garcia (Piano Bar, 1984)