El deseo

Mi nombre es Rodolfo Vidoy, de profesión periodista. Muchas definiciones podría darles de mi trabajo, pero la que mas me gusta es “comunicador de verdades”. Mas allá de la licencia poética siempre me he identificado con aquel que busca por todas partes el porqué de las cosas, aquella luz que explique y de fundamento a nuestras realidades cotidianas.
Entre éstas búsquedas e historias dí con una que me llamó poderosamente la atención, algún conocido me la contó luego de un viaje al norte del país y vaya a saber uno porque, siempre me quedó latente. Bueno, en realidad si sé porque. Y es por lo misterioso del asunto, por la cantidad de interrogantes y la falta de hechos concretos.
Fue así que me dispuse en una de mis vacaciones a ir al pueblo de Abra Pampa en Jujuy, a escuchar la historia en boca de su gente. Y vaya si lo hice. Todo el mundo la conocía.

La cosa era así. Treinta años atrás, Mercedes Zunilla quedó en el altar, a la espera de Mario Amenabar, quien nunca apareció y desde entonces nunca nadie mas lo vio. Ustedes se preguntarán ¿que tiene de extraño ésta historia? ¿Quien no conoce a uno que conoce a otra persona que escuchó sobre alguien que sufrió un desaire como éste? Pero el caso es que Mario, realmente desapareció. Como que la tierra se lo hubiera tragado. Esa mañana, el viernes 2 de Agosto de 1985 varias personas afirman haber estado con Mario, al punto de haberlo visto entrar por la puerta del costado de la iglesia Nuestra Señora del Rosario; pero una vez dentro el tipo nunca apareció. Y no, no piense usted en cuestiones satánicas ni mucho menos, porque quien suscribe descree tanto del demonio como del creador del cielo y de la Tierra así que dejemos los cuentos de lado. Pero mas aún, porque Mercedes había concurrido en otras oportunidades con Mario a dicha iglesia y nunca lo vio ni retorcerse del dolor, ni mucho menos evaporarse.

Empecé mi itinerario entonces, preguntando a todo el pueblo por Mario. Y mis primeros asombros fueron que si bien todo el mundo lo conocía, su historia no se convalidaba entre ellos. Unos le conferían parientes venidos de Italia y otros de España. hay quienes decían que había trabajado en una finca al norte de la provincia y otros tantos aseguraban que había dejado un trabajo en unos viñedos en Mendoza. Nadie coincidía en los detalles de su vida, pero nadie dejaba una pregunta sin responder. Era como que el pueblo entero conocida a “Don Mario”, o al menos una versión de aquel hombre.
Fue así que recurrí a Mercedes. La pobre aún lloraba al hablar de él y tal era su tristeza que nunca mas había sido pareja de otro hombre; tal era su amor. Al indagar sobre el susodicho, ella lo describía al detalle. Podía imaginármelo en cada gesto. “Era como me habían dicho que iba a ser” me dijo entre suspiro y suspiro. Al lo que, disimuladamente le pregunté ¿quien se lo había dicho?. Ella me miro y me sonrió con un brillo en sus ojos azabaches: “Todos. Todos los que querían que fuera feliz con un hombre como él. Me decían: tú has de encontrar a un hombre fuerte, honesto y buen mozo m’hija, porque te lo mereces!”. Con lo de fuerte y buen mozo por las descripciones que daban, habían acertado, mas debo decir que con lo de honesto la habían pifiado bastante porque semejante cobarde que huye el día de su boda, no debe llamarse como tal.

Lo raro de mi entrevista con Mercedes fue que no tenía absolutamente nada de su compañero. Ni una prenda, ni un documento, ni nada que se le pareciese. Me llamó la atención porque es común que uno guarde algo que recuerde a la persona amada, pero en este caso no había nada que hubiese pertenecido a él. “¡No!, ¿como tiraría sus cosas?, ¡jamás! Es que era muy reservado, no andaba dejando sus cosas por acá y cuando… bueno usted sabe, cuando desapareció se llevó todo”. Y la pobre usaba el verbo “desaparecer” sin asimilar jamás la posibilidad de un escape o una huida ruin.

La cosa se empezó a poner mas rara aún cuando los mismísimos pueblerinos me juraron sus cruces con Mario en ese último día y que era imposible que alguien se vaya del pueblo sin ser visto a plena luz del día, ni en ese entonces ni tampoco ahora. Pueblos como esos no cambian tanto en treinta años con lo cual las posibilidades eran las mismas. “Mire Don Rodolfo, acá si usted pasa por la ruta, alguien lo sabe. Así que imagínese que si un hombre justito antes de dar el sí sale todo vestido del pueblo, ¡la pucha si no lo vamos a ver!”. Y entonces, ¿como explicaban que se haya ido?. Todos coincidían: “Pues se desapareció. Él no debía ser su hombre y punto”. Y así llegaba a la explicación fuera de todo razonamiento, que era la respuesta de un pueblo entero. “El no debía ser”. Y la encomendación del fin a un hombre, en virtud del deseo de algo que está mas allá de nuestro entendimiento. El mismo que encomienda el principio de todo lo que somos (en función del no encontrarle la vuelta al asunto) a un Dios que armó nuestro mundo en siete días y aun mas, se pudo tomar uno de descanso.

Los días pasaban y yo me quedaba sin entrevistados. Siempre con la misma rutina, un Mario que cambiaba según con quien hablara, la certificación de que el tipo estuvo en el pueblo hasta último momento, la explicación divina para su desaparición y el principio de la tristeza de Mercedes. En todos lados escuchaba lo mismo “Nosotros sabíamos que Merceditas iba a encontrar un hombre así, porque ella se lo merece”. Y luego la descripción física inequívoca del hombre seguida de un “Pero bueno, siempre dudamos si sería el indicado o no, y bueno evidentemente no lo fue”. Esta adjudicación de ser los que le traían a Mercedes a un hombre como tenía que ser y la incertidumbre de saber si era el indicado al punto de solventar su desaparición en que quizás no lo era, resonaban en mi cabeza como martillazos. Y pensaba en cuanto ponemos de nosotros mismos en función de aquello que deseamos. Cuanto nos esforzamos para encontrar las soluciones a nuestros falencias y acomodamos aquello que conseguimos en función de quienes somos. Cuanto deseaba yo encontrar la verdad que justificara la existencia de Mario o al menos su paso por éste pueblo. Como deseaba encontrar y comunicar esa verdad.

Cavilaba en todo esto, sentado en el café de Julián cuando por la ventana Doña Teresa me bajó de mis pensamientos. “Dígame, Don Rodolfo, ¿ha averiguado algo mas de Don Mario?”. Y fue justo en ese instante que decidí probar algo. Miré a Teresa y le dije lo que hubiera querido que fuera, lo que deseaba con tantas ganas: “A que no sabe Teresita… lo he encontrado” Y le conté con lujo de detalle como había hecho unas llamadas y recopilado datos hasta dar con el paradero de Mario Amenabar. Le conté como él, presa de la duda y habiéndose enterado de una situación grave de salud de su padre decidió ocultarse en la garita de la Iglesia hasta la noche y luego se fue, presa de la vergüenza pero sin poder hablar de sus miedos ni con la mismísima Mercedes. Teresa no salía de su asombro. Y yo continuaba “Pero, le digo mas, ¡él quiere volver!”. Y armé una vuelta de ese hombre a aquel recóndito pueblo perdido del mundo. Y esa historia la conté a todos y cada uno. Até los cabos sueltos con la experiencia de mis años de periodista. Les conté de un padre Italiano y una madre Española. De un primer trabajo en un viñedo y un segundo en una finca. Les di fechas precisas, les conté anécdotas. Armé a ése hombre sin grieta alguna y les instauré su historia en la mente de cada uno. Como ellos lo imaginaron y concibieron en el deseo colectivo de un sueño único. De la misma forma que treinta años atrás lo hicieron ellos mismos con el deseo del hombre que todo el pueblo deseaba para esa noble mujer. Y mi mas jugada parte de la historia fue ponerle fecha y hora a la vuelta de Don Mario. “El domingo próximo a las diez de la mañana, en la plaza del pueblo”.

Lo que generé fue tan fuerte y a la vez mas increíble aún que mis propias palabras. Ese hombre volvió a estar en boca de todos y pasó de ser alguien que quizás no era el indicado, al amor único de la bella Mercedes. Y hasta ésta pobre mujer me vino a ver y con lagrimas en los ojos me agradeció el haberlo buscado.

Ese domingo cerca de las diez el pueblo entero se reunió en la plaza y yo sin haber podido dormir en toda la noche aguardaba el sinsentido mismo. Había montado una obra de teatro sin decirle a nadie que la historia carecía de fundamentos. Para éste periodista Mario Amenabar nunca había existido y vivía en la mente de un pueblo entero que lo creó a la imagen y semejanza del que podía tomar la mano de una mujer noble y buena querida por todos. Yo era desde ahora parte de esa historia, y no les voy a mentir, también de ese deseo.

¿Se preguntarán que paso después? Un pueblerino a lo lejos pegó un grito que resonó en todos lados e hizo estremecer todo mi cuerpo “¡Ahí viene!” y Mercedes, parada en el medio de la plaza comenzó a llorar. Entre la gente se fue armando un camino mientras mas y mas seguían con los gritos “¡Ahí lo veo!” “¡Es él!” “¡Don Mario ha vuelto!”. Y quien les habla, temblando del miedo, el estupor y la emoción, pudo comprobar con sus propios ojos, la figura de un hombre, treinta años mayor que el que todo el pueblo le había descripto, bajo un sombrero, caminando hacia Mercedes. Al llegar a su lado, se sacó el sombrero y entre lagrimas le dijo “Perdón por haberme ido vida mía, aquí me tienes, he vuelto”.

Lo que les cuento lo escribo en una estación de servicio volviendo a Buenos Aires. Pienso en esto de comunicar verdades y me rio en voz alta. ¿Será que quizás no somos mas que el deseo de alguien, o de muchos?
Quien sabe…

“Desordené átomos tuyos para hacerte aparecer”
Puente – Gustavo Cerati (Bocanada, 1999)

La foto que acompaña ésta historia fue tomada por Rosmary Rosolen, amante de Abra Pampa, conocedora de su mágia. Es una gran artista que supo “regar” éste gusto mío por la música y las letras y hacerlo crecer. Es una hermosa mujer, mi prima y madrina, y alguien a quien quiero mucho.
A ella va dedicada ésta historia.


5 pensamientos en “El deseo”

  1. Como sos eh? ,me hiciste llorar otra vez, no se si la emoción se debe a la historia, a esa parte de la puna que tanto quiero, o a la soledad de Mercedes… De lo que estoy segura es de que todos y cada uno de nosotros,vivimos,creamos,respiramos por el deseo de alguien. Cuento digno de Abra Pampa,sigiloso,bordeando el misterio….un cuento como de medio dia…..
    Es mi deseo que sigas escribiendo hermosos cuentos……..

  2. Sin lugar a dudas, el deseo tiene tanta fuerza y x momentos domina de una manera tan poderosa nuestras mentes, que va construyendo realidades… Hermosa historia…. Chin chin…X muchas más!!

  3. Chan! Este cuento me dejó pensando. Me gustó la reflexión de Rosmary!
    Te felicito porque tenes la capacidad de ser muy versátil en la escritura.
    Me quedo con esta frase: “Cuanto nos esforzamos para encontrar las soluciones a nuestros falencias y acomodamos aquello que conseguimos en función de quienes somos. “

Los comentarios están cerrados.