El milagro

Mariano bajó del ascensor y caminó hasta el mostrador. “Buen día, estoy buscando la oficina de los milagros, me dijeron que era por acá”. Del otro lado una mujer le respondió sin apartar la mirada de un gran monitor: “Al fondo del pasillo, a su derecha”.

Al final del corredor había un cartel: “Pase sin anunciarse y cierre la puerta por favor”. Del otro lado varias personas aguardaban a ser llamadas por alguno de los cuatro empleados alineados en una fila de mostradores. Mariano tomó un número y se sentó. A su lado un hombre le dijo al rato: “Ármese de paciencia, esto viene lento”. Al ver que Mariano le devolvió el comentario con una sonrisa, éste agregó extendiendo su mano: “Soy Javier Ortiz, encantado”. Se pusieron a conversar e intercambiaron en la charla anécdotas de como habían dado con aquella oficina. Uno gracias a un conocido y el otro fortuitamente, escuchando una conversación en un bar.
“- Yo pensé que no iba a encontrar a nadie acá. Evidentemente el lugar no es tan poco conocido y los milagros no son tan inusuales como yo creía” dijo Mariano.
“- Y, ¿sabe lo que pasa?, la gente ya no sabe guardar un secreto ¿vio? A usted le puede pasar lo mismo. En cuanto alguien le pregunte quizás le entren ganas de decirle. Para ayudarlo o por el gusto de contarlo nomas”.

Luego de casi dos horas llegó su turno. Justo después de Javier. Al sentarse la mujer le tomó los datos, le preguntó si era la primera vez que venía y finalmente cual era el milagro que estaba buscando. Marcelo la miró fijo y respondió: “Estoy en una situación económica bastante complicada. Varias deudas. He quedado desempleado y es difícil encontrar un trabajo decente. Lo que yo quiero es tener dinero. Algo que me permita devolver lo que me han prestado y poder estar tranquilo”.
La mujer tomó nota en la computadora “Dinero. En cantidad. Deudas” dijo mecánicamente, a medida que presionaba las teclas. Anotó varios datos más que Mariano intento ver de reojo en la pantalla pero le fue imposible. Luego agregó: “Muy bien, el tramite está cargado, los temas de dinero demoran de veinte a treinta días aproximadamente”. A lo que él interrumpió “Discúlpeme, pero eso es mucho tiempo. Yo necesitaría el dinero antes”.
“- Lo lamento, son los tiempos que demoran este tipo de solicitudes”.
“- Pero es un milagro lo que estoy pidiendo, en teoría debería ser algo rápido, ¿o no?”.
“- En teoría… En teoría no deberíamos tener tanto trabajo. En teoría la gente debería ser más callada y no andar contando que existe éste servicio para que lo usen para cualquier cosa que se les ocurra. Estamos sobrepasados de trabajo. El tramite lleva tiempo, lo tienen que aprobar, sellar en el departamento de económicas, y recién ahí si todo esta bien se procede a la ejecución del mismo, no puedo prometerle que salga antes”.

Mariano salió de la oficina bastante desanimado por la situación. No podía esperar tanto tiempo. Sin embargo era una posibilidad única para poder comenzar de nuevo. Aguardando el ascensor se encontró nuevamente con Javier.
“- Me dijeron que hasta un mes puede demorar. ¡Una barbaridad!”
“- Burócratas. ¿Por qué tema es? ¿Dinero?”
Mariano asintió con la cabeza.
“- Si, es lo que tardan. A mí me dijeron un mes, mes y medio quizás. Lo que yo ando buscando es a Nina. Una piba que yo conocía. La busqué hasta el cansancio ¿sabe? Y ya había perdido la esperanza. Solo un milagro puede ayudarme. Así que acá estamos. Veremos que pasa”
Ambos se bajaron del ascensor, se saludaron y tomaron caminos opuestos.

Dos semanas pasaron. Mariano hizo lo imposible por subsistir, se mantuvo haciendo algunas changas. Siempre con lo justo. Tachaba cada día en el calendario, como un preso. Había pedido una prórroga con el pago del alquiler. Esperaba un llamado, una carta. Algo que le dijera que su pedido estaba listo de una buena vez.

Al finalizar la tercera semana fue a la oficina. El trámite estaba en autorización. Le ofrecieron darle carácter de urgente.
“¿Me están cargando? –explotó en cólera Mariano- A ver y ¿cómo sería un milagro ‘no-urgente’? ¡Si no es urgente sería un simple pedido lo que les estaría haciendo!”. Sin embargo la única respuesta fue la de seguir esperando.
Al salir de allí, en la esquina de la plaza lo vio a Javier leyendo el diario. Se acercó a saludarlo. Quería saber si su trámite estaba listo. “No. Me han dicho que está en ejecución. Que hay que esperar un poco mas. Parece que no dan abasto. Pero bueno. Esperé tanto tiempo que unos días mas no me van a cambiar mucho.”

Finalizando la cuarta semana Mariano volvió a la oficina, pero para su sorpresa la respuesta de la empleada fue otra: “Señor Fernández, su pedido está finalizado”. Mariano no podía creerlo. “¿Y cómo hago? Es decir, ¿cómo se sigue?” Lo qué escuchó a continuación lo llenó de alegría: “Me figura que ya han ido a la dirección que dejó asentada en el sistema”

Mariano salió corriendo. Desandando todas las cuadras que lo separaban de la pensión donde estaba viviendo. No podía creer que finalmente haya ocurrido ese milagro. Su milagro. Al llegar a la puerta una mujer aguardaba sentada en un escalón. Sin más que lo puesto y con una pequeña cartera de mano.
“- Que tal, soy Mariano. ¿Usted viene por lo del milagro, no?”.
“- Si, así es -respondió la joven- Mi nombre es Nina”.
Él se puso pálido. “¿Nina?. Pero, ¿vos traes la plata?”.
“¿Qué cosa? Yo lo busco a Javier, me dijeron que me iba a encontrar con él. ¿Vos quién sos? ¿De qué plata me hablás?”.

Mariano volvió a la oficina y entró a los gritos. Le explicó lo ocurrido, a la misma mujer que lo había atendido una hora antes. “¡Se equivocaron de persona!” repetía una y otra vez. La empleada buscaba datos en su computadora. Finalmente respondió. “Lo sentimos mucho señor Fernández. Aparentemente fue un error del sistema. Su trámite y el del señor Ortiz se mezclaron”.
“¿Se mezclaron? ¿Y ahora cómo arreglan esto?”.
“Puedo ofrecerle cargar un reclamo, o una nueva solicitud…”
Enfurecido le pidió la dirección de Javier a la empleada. Si bien no estaba autorizada a ello, dada la situación, se la anotó en un papel. Fue hasta allí pero solo encontró a un vecino que le contó que Javier se había marchado unos días atrás. Que aparentemente le habían otorgado una fortuna, producto de una herencia. Mariano escuchaba las palabras del hombre y sentía que se iba a desmayar: “Así que vendió lo poco que tenía acá y se fue a recorrer el mundo en busca de una mujer. ¡Qué suerte la del tipo, quién pudiera!. ¿Usted lo conocía? ¡No me diga que le debía plata!…”

Estaba perdido. Volvió a la pensión completamente apesadumbrado. Se preguntaba como seguir. De que forma. Al llegar a la puerta se encontró con Nina que lo esperaba. “No tengo a donde ir, vine de lejos” le dijo ella. Él la invitó a pasar. “Total, si no me echaron hasta ahora de la pensión…” murmuró por lo bajo.

Los días pasaron. Mariano finalmente consiguió trabajo en un local de la feria municipal. De a poco fue remontando las deudas y el curso de su vida. Nunca más volvió a la oficina de los milagros. A veces piensa por donde andará Javier, pero sinceramente espera no encontrarlo nunca. Desde aquel día en que la vio por primera vez, jamás se separó de Nina. Viven juntos desde entonces y están esperando una hija. Les gustan los domingos de lluvia. Esos días se quedan juntos en la cama, mirando por la ventana.

Hace poco, mientras estaban así, acostados. Ella le preguntó: “Che Mariano, y cuando nuestra hija quiera saber cómo nos conocimos, ¿Qué le vamos a decir?” Él pasó su brazo por debajo de su cuello, la abrazó muy fuerte y le respondió sonriendo: “Le diremos la verdad. Que fue un milagro… o dos en realidad”

“Esperando el milagro, suspirando penas,
casi sin aliento ni fe pasarás los días sobre la cornisa”

Esperando el milagro – Las Pelotas (Esperando el milagro, 2003)