El molino

Siempre, al pasar por aquella esquina, Nicolás se quedaba un rato mirando el molino. Le llamaba la atención aquel esqueleto que se levantaba desde un pasado lejano, entre las casas del barrio. Sentía curiosidad por su historia. Inclusive les preguntó a los vecinos. Pero lo único que sabían es que la propiedad donde se encontraba, era de don Benicio. Un viejo ermitaño con fama de mal carácter.

Una tarde volviendo a su casa, vio al hombre barriendo el patio. Sin pensarlo demasiado se le acercó y le preguntó si podía robarle unos minutos. Aquél, sin retirar la mirada de la escoba, le dijo que si iba a robarlos no tenía porque pedir permiso.
Le preguntó entonces sobre aquel molino. Benicio, apoyado en la reja de entrada le contó: “Ese molino es el motor que mantiene vivo nuestro pasado”. Nicolás sonrió y esperó otra respuesta. Al no recibirla le consultó sobre su historia. Quería saber cuántos años hacía que estaba allí y como había sobrevivido a los cambios de aquel lugar. Pero el viejo no le dio muchos detalles. Le dijo que perteneció a su familia y que estuvo ahí desde que sus padres se mudaron a la zona.
“- Lo veo y parece que aún estuviera funcionando, con su movimiento siempre constante” dijo Nicolás.
“- ¡Si ya le dije que funciona! ¿No me escuchó? Es el motor de nuestro pasado. ¡Ustedes los jóvenes parece que no escucharan lo que se les dice!” contestó el viejo entre enojado y socarrón.
El interrogatorio siguió: “Por lo que sé éste tipo de molinos se utilizaban para varias cosas. Éste en particular ¿qué uso tenía? Y no lo digo poéticamente como recién me contó, sino de verdad. ¿Cuál era su uso realmente?”
El viejo se puso serio: “Cual era su uso ‘realmente’… A ver, ya que mis palabras solo le parecen poéticas según dice y desacredita lo que yo le cuento: ¿Qué es real para usted?”
Nicolás no contestó al momento, pensó que era una pregunta retórica. Pero al ver que el viejo aguardaba por su respuesta le dijo: “Real, es… bueno aquello que vemos y conocemos. Lo que nos rodea y compartimos día a día”
El viejo comenzó a reírse a carcajadas. Una risa forzada a propósito. Y abriendo la puerta de su casa dijo antes de desaparecer en ella: “Si cree que lo real es producto solo de lo que usted conoce, entonces mi amigo… ¡que vida tan pobre la suya!”.
Nicolás estaba furioso. Sentía que había sido maltratado y se fue caminando a su casa, magullando la rabia.
A menudo siguió pasando por esa calle. Viendo aquel molino con sus aspas en eterno movimiento circular, siempre recordando esas palabras: “El motor de nuestro pasado… ¡Que cursilería!”, se repetía una y otra vez.

Al año siguiente, luego de lidiar con la pérdida de un ser muy querido, la vida de Nicolás cambió. Estaba defraudado por el sinsentido de los sucesos. Se sentía solo y enojado todo el tiempo. Bebía para dormir y tomaba pastillas por la mañana para poder soportar la rutina, luego del terremoto que lo destruyó todo. Y cada tarde al volver a su casa allí estaba, aquel nefasto molino. Comenzó a odiar su presencia. A detestar su inalterable estado frente a todo. Siempre allí, girando.

Una noche luego de varias botellas salió de su casa con un solo propósito: destruirlo. Fue hasta esa esquina y saltó por la pared. Del otro lado buscó algo pesado y encontró un caño que sostenía la rama de un viejo árbol. Llegó a la base del molino y contempló por un instante aquel coloso de madera, envejecido por los años. Comenzó a golpear, con furia una y otra vez. El ruido que hacía no le importaba. Estaba cegado por el odio. Golpeó incansablemente como un desquiciado. Al detenerse para tomar aire, lo vio del otro lado de la ventana; Benicio lo observaba inmutable. Con su rostro inexpresivo. No había odio en él ni nada en su mirada. Simplemente aguardaba. Nicolás retomó su trabajo y siguió golpeando, incesante. Al rato una madera se quebró y otra se venció por no soportar el peso. De pronto se sintió un crujido, como el grito de un Goliat vencido. El caño central no resistió, oxidado por los años, y todo se vino abajo en un estruendo seco que quebró la noche. Por fín sintió una extraña tranquilidad. El martirio de verlo cada tarde en eterno movimiento había concluído.

Luego escuchó la voz de Benicio: “Rajá pibe. Antes que los vecinos llamen a la cana” y al darse vuelta lo vio junto a la puerta del patio.
Antes de salir Nicolás preguntó “¿Porque me ayuda?” El viejo lo miro y le contestó “Porque hay quienes no pueden soportar el recuerdo de su pasado”.

Desde ese día el pueblo cambio bastante. La zapatería de Ruiz cerró sus puertas. La pulpería de Gómez, emblema del lugar, se vendió y allí pusieron una confitería. El tintorero se volvió a sus pagos porque el trabajo había mermado bastante. Y así, de a poco, toda la gente y los comercios que le daban el color y la música a esas calles fueron desapareciendo. Reemplazados en su mayoría por edificios, cadenas de supermercados y estacionamientos en cada cuadra.

Nicolás se mudó a la ciudad y nunca más volvió. De a poco fue olvidando su pasado. Pero de vez en cuando, en una foto, o manejando por la ruta los ve. Parados como gigantes de otro tiempo, casi irreales. Molinos que giran sin parar, confidentes del viento. Es ahí cuando por un instante recuerda y aquella pregunta aparece nuevamente, ¿qué será real, después de todo?

“Take me back to the town where I was born
‘Cause I’m tired of being a stranger and I’m miles from home.
We can hide by a lonely windowpane
We can walk the streets of my life while they still remain.”

While The Song Remains The Same – Noel Gallagher (Chasing Yesterday, 2015)