El objeto

Son veinte escalones los que separan la calle del patio central. Cruzando el centro comercial a cielo abierto, se encuentra el acceso a la plaza, bajando por un terraplén. Siempre que hacía ese recorrido tenía la misma sensación. Que la distancia que descendía era mucho menor a la que había subido. Sin embargo volvía siempre a la misma calle y comprendía que era solo una ilusión.

Ese día el sol lo incendiaba todo. Subí las escaleras y una vez arriba vi que la gente, en su mayoría turistas, se amontonaban en los bancos bajo la sombra de los árboles. Se quedaban quietos, con una solemnidad de cuadro. Como si de esa manera pudieran evitar ser alcanzados por el fuego.

Yo caminaba y observaba las vidrieras sin detenerme en nada en particular. Fue al pasar por un local de antigüedades y remanentes cuando lo vi. Primero con el rabillo del ojo, lo que me hizo volver sobre mis pasos para prestarle especial atención. Era igual a como lo recordaba. Un objeto que de alguna manera había permanecido en mi memoria inmaculado y con todos sus detalles intactos, descansaba en un estante, al otro lado de la vidriera. Lo extraño, y que se volvió insoportable de alguna forma, es que no podía recordar el lugar donde lo había visto por primera vez. Estaba suspendido dentro de mí, claramente recordado, pero carente de contexto, de tiempo y de lugar.

Seguí andando, y pensando. ¿De donde había vuelto éste recuerdo? ¿Por qué había quedado huérfano del mundo? Y de pronto, casi al llegar donde comienza la plaza, volvió a mí. Como un torrente de agua que se abre de golpe, lo recordé todo. Su casa. La luz filtrándose por la ventana. Su fragancia. Los muebles. Y allí, sobre la mesa, aquella pieza. Ese artefacto que obraba como nexo con un mundo olvidado, desenterrándolo de los confines de mi mente. Aquella experiencia me abrumó. Sentí un frio que me recorrió el cuerpo, irónicamente en un día infernal, que comenzaba a fundir sus nubes de color gris, presagiando la tormenta.

Volví al local. Aquello cobró un valor incalculable para mí. Necesitaba comprarlo. Sentía que de esa forma iba a recuperar aquel espacio, aquel recuerdo y ese fragmento de mi vida. En la puerta, miré la repisa antes de abrir y para mi sorpresa ya no estaba. Dentro del local vi como un hombre recibía una bolsa de papel madera en donde la empleada guardaba mi tan preciado tesoro. Maldije la casualidad.

Vi salir al hombre y comencé a seguirlo. Pero a su vez pensaba que iba a decirle. ¿Ofrecerle comprarlo era una opción? No sabía ni cuanto había pagado por él. Quería saber porqué aquel hombre lo habría adquirido. ¿Qué podría haber provocado la necesidad de hacerlo justo antes que yo?

A unos cuantos metros entré tras él a un bar. Se sentó en una esquina del local. Yo evité las ventanas. El sol llenaba de luz y calor las mesas que estaban cerca de ellas. En otro bar las hubiese preferido, pero no allí. Me senté en diagonal, al lado de la barra y lo observé, procurando que no se diera cuenta.

Él se secó la frente con un pañuelo y acomodó unos papeles en su billetera. Yo esperaba que abriera aquella bolsa, que descansaba en el asiento al lado suyo. Mientras tanto meditaba de qué forma abordarlo, por algún motivo el encuentro me acobardaba. Él pidió un trago. Yo una pinta de cerveza. El tiempo se arrastraba entre ambos. Era agobiante, como el sopor del calor afuera de aquel bar. Pedí otra pinta más. Creí estúpidamente que aquello me iba a dar coraje para hablarle. Mientras tanto mi mirada descansaba siempre en esa bolsa.

Tuve que ir al baño. Al volver, para mi asombro, ya no estaba. Sentí un vacío enorme. Que irónico que un extraño pudiera causar aquella sensación. Cuando hallé la bolsa aún descansando en la silla, la ausencia se convirtió en excitación. Me acerqué a ella y tratando de no ser visto por los empleados la tome con mis manos y me aparte. Pagué mi cuenta y salí del bar. Al volver a la plaza me senté en un banco. Mire a todos lados buscando aquel hombre. Y mientras tanto con mis dedos recorrí los bordes, la forma de mi preciado hurto. Era mío, pero me sentía sucio, un ladrón. Pensé que quizás el hombre se diera cuenta de su olvido y volviera por él. Tal vez estaba en el bar en ese momento. No debía ser mío de esa forma. Dejaría en esos recuerdos un sabor amargo. Así que me incorporé y volví al bar. Pregunté al mozo que nos había atendido si el hombre que se había sentado en el rincón había vuelto buscando algo.

El empleado me miro sorprendido. Me dijo que aquella mesa había estado desocupada desde hacía horas. Yo sonreí por su afirmación y le describí a quien estaba buscando. Le comenté inclusive lo que había pedido para tomar. El mozo me miro extrañado y afirmo “Mire joven, en casi 40 años de profesión nunca he olvidado un pedido. Mucho menos un cliente que como usted afirma pudo haber estado acá hasta hace unos minutos. Le aseguro que en esa mesa no se ha sentado nadie desde el mediodía”

Salí de allí apabullado. ¿Por qué mentiría el mozo sobre algo así? Podría haber sido un olvido después de todo. A cualquiera le podría pasar. Luego recordé el local de antigüedades. Volví a preguntar por el comprador del objeto. Si tenía suerte quizás había pagado con alguna tarjeta y sabrían decirme el nombre. Sin embargo al llegar viví otra escena aún más peculiar que la anterior. La empleada sonrió nerviosamente. Se quedó pensativa esperando alguna explicación mía. Pero al volver a interrogarla, su respuesta retumbó en mi cabeza como una explosión. “No entiendo a qué se refiere. Fué usted quién lo compró, hace unas horas, recuerdo perfectamente su cara. ¿Se encuentra bien? ¿Quiere que le acerque un vaso de agua? Quizás el calor…”

Negué el ofrecimiento. Me sudaban las manos. No entendía nada de lo que estaba pasando. Repasaba cada paso dado aquel día. El bar, el local y los escalones. Aquella sensación del acceso a un espacio distinto, un lugar que no se corresponde con el que uno cree que ocupa. El recuerdo de ella y de aquella casa. Las formas, la luz, las sensaciones y ese objeto. Así estaba yo en aquel lugar, perdido y creyéndome loco. La empleada me observaba y describía una y otra vez el momento en que entré allí. “Era usted, sin lugar a dudas” me decia.

Dejé la bolsa y abandoné el local. Afuera la lluvia me aguardaba. Se había levantado viento y las primeras gotas de alivio comenzaban a caer. Caminé bajando el terraplén. Pero esta vez con la certeza de que abajo me aguardaba otra calle. Ya no era el mismo lugar que antes. Nunca lo era.

“There’s a place in my head where my thoughts still roam
Where somehow I’ve come home”

The Empty Chair – 57th & 9th (String, 2016)



2 pensamientos en “El objeto”

  1. Las antigüedades nos llevan a lugares inciertos……de recuerdos “huérfanos del mundo”…..
    Tus cuentos son como un pequeño viaje que me aleja levemente de la realidad….

  2. Increible! Lo lei en voz alta porque me nació contarlo al aire. Y cuando terminé, hubo un silencio de minutos largos. Todos tus cuentos me generan eso. Reflexion, asombro y las ganas de más. GRACIAS!

Los comentarios están cerrados.