El pacto

“Hagamos un pacto” dijo Ismael a la sombra del ombú en el patio de la escuela, cuando el segundo recreo de la mañana iba llegando a su fin. “A mí Helena me gusta. Necesito que me ayudes. Que me dejes el camino libre” Joaquin se acomodó la solapa del guardapolvo y vacilando preguntó: “¿El camino libre?”
“Si, se lo escuché decir a mi primo. Significa que te corras del medio. Que no te sientes siempre a su lado en la hora de música. Que le hables bien de mí. Esas cosas” Lejos de conmoverse por el pedido de su amigo meditó un segundo y respondió: “Bueno yo te ayudo, pero quiero algo a cambio”. A Ismael se le iluminó la cara.
“¡Si, Dale! ¿Qué querés?”
“A Thor”
“¿Qué cosa?”
“Thor, la figurita. La difícil. La que me mostraste el otro día. Y otras más. No sé, al menos hasta completar el álbum, o hasta que le des un beso a Helena”

A Ismael le acababan de poner precio a su sueño, bastante alto a su gusto. Pero viendo a Helena como jugaba en cámara lenta captando todo el sol de la mañana, con el pelo al viento y esos dientes de un blanco infinito, le dijo a Joaquin: “Hecho” Y le extendió la mano. Al día siguiente le entregó el primer pago y luego otros: Capitán América, Ironman, Hulk, El hombre araña… Y con cada entrega Joaquin elaboraba planes maestros para acercar a su amigo a los rulos de Helena.

Unas semanas más tarde, al volver del colegió, a Ismael le tiraron la bomba: “Nos mudamos a España” Al padre le habían ofrecido una oportunidad laboral al otro lado del océano. Ismael lloró, maldijo a la mala suerte y hasta a sus padres, pero nada detuvo su partida. Atrás quedaron el patio de esa escuela y sus deseos.

El paso de los años hizo de él un estudiante de letras. Y desde Madrid comenzó un buen día a escribir cuentos y novelas que lo invitaban a transitar por las calles de su pasado. Entre verdad y ficción, esos personajes hablaban por él y por sus sueños. Cierto día tuvo una idea. ¿Qué habría sido de la vida de Joaquín, allá en su pueblo? Decidió escribirle una carta y sumó al sobre un primer capítulo de la novela en la que estaba trabajando. Era como tirar una botella al mar y lo sabía. Quizás Joaquín ya no viviera allí, después de tantos años, quizás ni siquiera su familia.

Dos semanas pasaron hasta que recibió una carta de Argentina. No podía creerlo, tantos años. Al abrirla se encontró con las palabras de su amigo. Estaba feliz por saber de él. Que le había encantado el capítulo de la novela y que por favor le dijera como seguía. Por último, atrás de esas dos hojas, había algo más que se deslizó y cayó al suelo robándole una sonrisa: una figurita de aquel entonces. Ese fue el inicio de varias correspondencias. Ismael armaba la novela con el entusiasmo por saber que su primer lector iba a ser ni más ni menos que su viejo amigo, a miles de kilómetros de distancia. Y a la vuelta volvían los saludos y los comentarios, siempre acompañados de otro superhéroe.

Finalmente terminó el último capítulo, pero no lo envió. Sentía que era como poner otro punto final entre ambos y no podía, ni quería, mandar esa carta. Unos meses más tarde recibió una citación para presentarse en un juzgado de Buenos Aires. Había unos papeles que debía firmar. Resolvió entonces aprovechar el viaje y entregarle personalmente aquél final de la novela a su amigo, dándole una sorpresa con su visita, luego de tanto tiempo.

Un viernes, cerca de las cinco, llegó a destino. La reja de la entrada estaba algo despintada y habían sacado los árboles de la puerta. Por lo demás todo estaba igual a como él lo recordaba. Vaciló en tocar el timbre, le sudaban las manos. Finalmente se decidió y aguardó. Vio la sombra de alguien que observaba y luego escucho la puerta abrirse. Frente a él asomaron dos ojos de un marrón azabache y esos rulos por los que Ismael alguna vez había soñado navegar.

“¡Helena!… pero… ¿como?”

Helena se acercó y lo abrazó muy fuerte, con los ojos empapados.
Una vez dentro, debajo de una parra donde Ismael jugó a ser pirata o astronauta con Joaquín, ella le contó todo. “Unos años después de que te fuiste, empezamos a salir. Nos queríamos” Ambos se quedaron trabajando en el pueblo. Ella como maestra y él en el taller del padre. “¿Viste que siempre le gustaron los autos?” Ismael estaba paralizado. Sentía una extraña mezcla de celos y tristeza. Hasta sentía bronca por sus celos. ¿Quién era él después de todo para sentirse así? Había dejado toda su vida detrás hacía años, aunque de cierta forma su pasado aún latía en esas calles.
“¿Y dónde ésta ahora?”
Helena bajó la mirada y se perdió por un instante pellizcándose un padrastro en el dedo meñique. “Joaquin murió hace unos años… algo en los pulmones”
El gesto de él al llevarse la mano a la boca fue casi involuntario. Necesitaba ocultar su expresión de tristeza y asombro. Estaba aturdido. Había creído que se mandaba cartas con su amigo y finalmente aquello era una mentira.

Helena quizás vio la sorpresa en sus ojos, se levantó para calentar más agua y antes de entrar en la cocina, parada en el peldaño se detuvo y dijo: “Todos estos años, con Joaquín nos acordamos de vos. Y lo que no sabíamos, lo fuimos inventando. Te armamos una vida imaginaria. Queríamos recordarte y pensarte de alguna manera. Cuando llegó tu primera carta, jamás creí que ibas a venir y me salió hacer lo mismo. Inventarte un presente acá, en este lejano pasado tuyo. Que creyeras que todo seguía como lo habías dejado, como en tu novela”

Ismael sacó del bolso el último capítulo. Caminó al fondo leyendo en silencio algunas líneas, luego rompió las hojas y las tiró junto a las cenizas en la parrilla. Al volver con el agua, ella le avisó que tenía algo para darle. “Me dijo Joaquín que, si algún día te volvía a ver, que no me olvidara de devolvértela” Y le extendió la mano, con esa figurita: Thor, la primera, la difícil. Luego cebó un mate. Le advirtió que tuviera cuidado “Está caliente”, y agregó “¿Tenes el final de la novela? Me gustaría leerlo”
“No, aún no la terminé. Estaba pensando quedarme en Buenos Aires un tiempo para hacerlo” Ismael guardó la figurita en el bolsillo. y se sentó nuevamente. Escuchó el sonido de las chicharras cantándole al verano, un sonido de su infancia. Pensó en su pasado. En todo lo que dejó en ese pueblo y con esa gente, como un álbum de figuritas a medio llenar. Finalmente preguntó: “¿Sabes si Ruiz aún alquila las piezas?” Helena le dijo que si, que podía acompañarlo para averiguar si quería. Los mates siguieron hasta entrada la noche.

“Y la vida siguió, como siguen las cosas que no tienen mucho sentido.
Una vez me contó un amigo común que la vio, donde habita el olvido”

Donde habita el olvido – Joaquín Sabina (19 Días y 500 Noches, 1999)