El trámite

Ya había matado el tiempo contando las baldosas de aquel recinto. Había repasado letras de canciones mentalmente y husmeado en las caras de los otros que esperaban tal como él a ser llamados para comenzar a gestionar los odiados tramites personales. La tediosa espera y el hastío que nos carcome nuestra paciencia, no habían sido indiferentes a Gustavo, quien aguardaba con la única esperanza de que aquél era el último papel que debían firmarle.

Finalmente escuchó su nombre y se dirigió al escritorio. Allí lo aguardaba un empleado de camisa color marfil, correctamente peinado, quien apartó los ojos del monitor para saludarlo y comenzar el dialogo repetido ya mas de mil veces para dar resolución a las pequeñas y mundanas burocracias de las que mas de una vez somos presa fácil. Al sentarse observo el cartel de identificación enganchado como escarapela en esa camisa: “Ernesto” acusaba en letras negras y mayúsculas.

Mire, me dijeron que es necesario que me firmen esto, sino no puedo presentarlo.” Gustavo trató de ser expeditivo y resuelto apuntando mas a su necesidad que al significado de aquel papel, atribuyendo como todo tramite, la importancia del “para qué” uno lo necesita, mas allá de lo que ese papel asegure ante los ojos de quien lo vea.

El empleado lo leyó atentamente y tipeando algunas cosas en la computadora le dijo: “Bueno déjeme que cargo el trámite” y le pidió algunos datos básicos: nombre, dirección, teléfono, etc. Todo aquello que nos es solicitado en estas ocasiones como para asegurar que somos quienes somos ante los demás. Al cabo de unos minutos concluyó: “Perfecto, venga a buscarlo en cinco días y se lo lleva firmado.

¡¿Cinco días?! Mire, necesito tenerlo firmado antes. Es muy importante para mi. Es solo una firma, lo demás ya está aprobado. ¿No podrán hacerlo antes?

El empleado negó categóricamente una y otra vez toda posibilidad de acortar esos cinco días que lo separaban de tener aquel papel con la firma necesaria. Y Gustavo replicó cada uno de esas negaciones hasta pedirle con un “por favor” tratando de lograr clemencia humana sobre toda la burocracia imaginable.

El empleado levanto la mirada y finalmente concluyó “Mire, lo que puede hacer es hablar con Atilio.” Gustavo recobró la esperanza, un nombre que podría mediar entre su necesidad de algo tan efímero como una firma, en un tiempo acorde a sus necesidades.

¿Atilio? ¿Quien es? ¿Donde lo encuentro?

Atilio Berrenguren. Acá mismo. Mire, baje esas escaleras, va a ver un pasillo con varias puertas. Vaya por la última y pregunte por él. Se lo va solucionar. Déjeme los papeles acá, los adjunto al registro del trámite. Igual va todo para allá. Usted dígale su nombre y listo.

Gustavo se levanto agradeciendo y fue hacia las escaleras. Bajó y tomo el pasillo abriendo la puerta del fondo. Del otro lado encontró una sala vacía con una puerta mas al costado. Le pareció raro que no tuviera sillas ni nada, pero se dirigió siguiendo el camino hacia este tal Atilio. Del otro lado un pasillo nuevamente. Miró hacia atrás antes de entrar, pero seguro de que no había entrado en ningún lugar equivocado pensó que quizás el empleado se había equivocado en las indicaciones. Entró por el pasillo y camino por un largo trecho. Al final tres puertas. Golpeó y no hubo respuesta alguna. Abrió la primera y vio una sala vacía con dos puertas en la pared opuesta a donde él se encontraba. La segunda estaba cerrada con llave. Y la tercera tenia otro pasillo mas.

Se sintió inquieto por la ausencia de muebles y gente. ¿Para que tanto pasillo y sala en desuso?. Lo mejor era volver atrás y preguntar nuevamente donde encontrar a ésta persona. Dijo “¿Hola?” esperando una respuesta, pero al no encontrarla volvió sobre sus pasos, desandando el camino. Salió del pasillo, entro en la sala y al salir de ésta vio el pasillo inicial, pero sin la puerta por la que había ingresado. ¿Se había equivocado? Quizás había recordado mal el camino inicial, era extraño pero tal vez en algún punto se equivocó. Salió del pasillo y al entrar en la sala nuevamente vio tres puertas. No eran tres, pensó. Era solo una. ¿Sería una de esas dos puertas las que lo llevaría al pasillo inicial?. Entró por una y recorrió otro pasillo mas corto. Vio una luz al fondo. Provenía de una sala contigua con una máquina de golosinas y galletitas. “Bueno, si esto está acá, debe haber gente cerca”. Comenzó a llamar elevando la voz “¿Hola? ¿Alguien me escucha?” Pero nadie daba respuesta a sus gritos. En ese momento Gustavo sintió miedo por primera vez. Miro el teléfono y no tenía nada de señal. Comenzó a entrar en cada puerta y recorrer pasillos y salas. Encontró baños y maquinas expendedoras de bebidas y alimentos. Pero nada mas. Comenzó a correr frenéticamente gritando y golpeando todo cuanto le era posible. Entrando en cientos de pasillos, de todas los formas y tamaños. Todos del mismo color gris. Cruzó puertas de madera y de metal. Comenzó a forzar puertas cerradas pero del otro lado mas espacios en ese laberinto demencial en el que no había mas habitantes que él. Se detuvo agotado, empapado en sudor y temblando de miedo.

Lo que siguió en la vida de Gustavo fue una búsqueda interminable de una salida. Forzando maquinas para comer algo. Bebiendo agua de las canillas que encontraba. Usando los baños que cruzaba perfectamente aseados. Uso todos los recursos. Comenzó a marcar las habitaciones y los pasillos. Dejaba rastros, iba quemando los focos de luz. Pero nunca volvía a encontrar esos mismos lugares. Era como si caminara siempre por nuevos espacios, como si se internara cada vez mas en algo que escapaba ya de todo razonamiento. Llegó un momento que perdió la cuenta del tiempo. Su teléfono ya sin batería era el único recurso que podía usar para saber la hora o hasta el día en el que se encontraba. Y nunca vio un reloj, una ventana, ni nada que lo ayudara a ubicarse. Estaba perdido, en tiempo y espacio. Con un silencio que se convirtió en algo ensordecedor. Era el único habitante de un sinfín de lugares que no conducían a ningún sitio. Caminó por horas y horas. Días quizás. Durmió por momentos cuando llegaba a estar rendido de tanto andar. Maldijo en gritos y suplicó en sollozos. Iba a perder la cordura dentro de aquel mundo.

Finalmente una puerta mas, luego de miles. Un pasillo y al final, una escalera. Se refregó los ojos, no creía lo que estaba viendo. Corrió a ella. ¡Ruido de gente!. Hermosa melodía para sus oídos. Subió los escalones tan rápido como pudo. Arriba aquella oficina con la gente esperando, los escritorios y los empleados. Había vuelto.

Hecho una furia se dirigió a los mostradores buscando la cara de aquel empleado para molerlo a golpes. Quería pegarle por horas y horas, las mismas que había estado él allí abajo. Miro uno a uno y no lo encontró. Así que grito su nombre “¡Ernesto! ¡Quiero hablar con Ernesto!” Una mujer le pidió que se calme pero Gustavo estaba fuera de si. “¡Esa persona! ¡Esa rata! ¡Necesito hablar con el! Si quiere que me calme tráigala acá ahora mismo. Ernesto se llama. ¡Ahora mismo!

Nuevamente la mujer le pidió que se calmara y le contesto “Mire señor, acá no trabaja ningún Ernesto, ¿se habrá confundido el nombre quizás?” No, era imposible. de la misma forma que él leía el nombre de esa mujer en su camisa, de esa forma lo había hecho antes. Mirando los mostradores nuevamente vio un calendario junto a unas hojas. Volvió la vista a la mujer y le preguntó. “¿Que hora es?. ¿En que día estamos?“. Al escucharla tembló. Habían pasado cinco días desde su descenso a ese misterioso lugar. Le acercaron un vaso de agua. Y le pidieron que les contara cual era su problema. ¿Que lo aquejaba de esa forma?. Gustavo comenzó el relato de todo lo ocurrido. Y al contarlo se asombraba de lo que decía. Parecía un loco. Pero la realidad estaba allí abajo de esas escaleras.

Pero señor, bajando esas escaleras, lo único que va a encontrar ¡es un depósito!

¡Por favor, ustedes quieren volverme aun mas loco! ¿No cree lo que le digo? ¡Acompáñeme!” Corrió hacia las escaleras y comenzó a bajar, pero sin llegar al final por temor a lo que podía pasarle. Asomo la cabeza y una vez más un frío le corrió por el cuerpo. Abajo una sola sala, llena de cosas de oficina. Un deposito con polvo y sin lugar mas que para el operario que llevaba y traía cosas cuando hacían falta.

Volvió al escritorio y trató de acomodar las ideas. ¿Estaría loco? ¿Habría sido todo un sueño? Era imposible. Luego tuvo una idea, miro a la empleada y le pidió el tramite con su nombre. Allí debía figurar el nombre del empleado que lo había atendido, allí estaba la clave de todo.

La mujer buscó por un rato y al volver le acercó una carpeta. Gustavo la abrió. Estaba aquel papel y firmado, tal como lo necesitaba, pero ya no le interesaba, todo su ser quería ver el nombre de aquel que había jugado con su persona. Aquel que le había robado cinco días de su vida. Necesitaba encontrar su nombre. Finalmente en la casilla que enunciaba con letras negras “Atendido por:” leyó y empalideció. Con el rostro en pánico susurró “… era el segundo nombre. ¿Conoce a ésta persona por el nombre que aquí figura?” La mujer miró pero negando con la cabeza opinó que quizás había sido un error de sistema, al imprimir dicho formulario. Gustavo fue contundente “Ningún error. Ese es el nombre de quien me atendió”. Su cuerpo se dejo caer sobre la silla, agotado.

En aquel papel figuraba el conjunto de letras que formaban, mas allá de la referencia a un empleado, la personificación misma de un demonio, que aburrido, decidió jugar con la existencia de un simple mortal para hacerlo esperar el tiempo pautado con aquel tramite.

Allí estaba aquel nombre que Gustavo jamás olvidaría: Atilio Ernesto Berrenguren.

“I will always be in here.
I will always look out from behind these eyes.
It’s only a lifetime.”

“Siempre estaré aquí.
Siempre voy a mirar detrás de estos ojos.
No es más que toda una vida.”

A New Machine (Part II) – Pink Floyd (A Momentary Lapse Of Reason, 1987)


2 pensamientos en “El trámite”

  1. y pensar que cuando uno dice “es un tramite” se quiere referir totalmente a lo contrario.
    quiza todos estemos perdidos en un tramite, buscando a alguien que nunca va a aparecer, viviendo en mundos que creamos para nosotros..

    genial sebas, como siempre, gracias por compartirlo, un abrazo

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