El truco

Habría pasado media hora desde que me senté en aquel bar. No advertí cuando entró; levanté la cabeza y lo vi parado frente a mí. Me miró fijo con una sonrisa que jamás olvidaré, y preguntó: “¿Puedo hacerle un truco de magia?”

Me negué cortésmente. No soy de las personas que se emocionan con esas tretas y sinceramente, me cuesta simular lo contrario. Sin embargo, el mago se puso insistente, me dijo que solo le llevaría un momento, que sería un acto único y esas cosas. Así que accedí, no sin ocultar mi hastío ante sus reiteradas invitaciones. Me pidió que le entregara un billete cualquiera. Saqué mi billetera y le extendí uno del montón. Él lo tomó y lo cortó en pequeños pedazos, luego hizo un movimiento e introdujo con una mano los trozos en el puño de la otra. Al extender sus largos dedos, el billete no estaba y apareció poco después, debajo del mantel. Lo saludé con un aplauso mudo. A decir verdad, no entendí como lo había logrado, pero tampoco me interesaba demasiado. Solo quería que se vaya y me dejara seguir con mi café y mi mañana. Una mañana tranquila que se interrumpió al momento de pagar la cuenta y comprobar que mi documento ya no estaba entre mis cosas.

Al principio dudé, como sucede siempre, repasando todo lo que hice hasta llegar allí. Pero no. No recordaba haberlo sacado de la billetera. No me explicaba cómo era posible que lo hubiese perdido. El único momento fuera del bolsillo de mi abrigo fue durante el acto de aquel hombre y por lo tanto desconfié de él.

Salí del bar y volví caminando por la calle Belgrano, para el lado de San Telmo. Debía encontrarme con una persona cerca de plaza Dorrego. A unas cuadras de mi destino decidí llamarlo por teléfono para confirmar la dirección, pero fue imposible. Me atendió en dos oportunidades una mujer mayor, a juzgar por su voz, explicándome que el número estaba bien, pero que allí no vivía nadie con el nombre que yo precisaba. Decidí esperar en la esquina de la plaza. Le di varias vueltas y al cabo de una hora me fui.

Volví maldiciendo el desencuentro, al mago y a mi documento, decidido a aprovechar el día trabajando un poco en casa. Llegué a la puerta principal deseando internarme en mi trabajo, alejado de la calle, pero nunca pude siquiera poner un pie dentro de mi hogar. Al meter la llave en el cerrojo no logré que girara una vuelta completa. Comencé a forzarla, cada vez con más energía y luego de unos minutos salté del susto cuando las cortinas se corrieron y desde adentro una mujer me gritó que iba a llamar a la policía.

Tardé mucho en comprender lo que sucedía… y quizás “comprender” no es la palabra más adecuada.

No me di cuenta ni al buscar a mis vecinos y encontrarme con completos desconocidos, ni tampoco al llamar por teléfono a familiares y amigos, y descubrir que todos los números estaban equivocados. Fue recién cuando me llevaron por querer pegarle a ese maldito que entraba en la que fuera mi casa; al comprobar que el documento que le dictaba al oficial, no coincidía en nada con mi nombre.

Por más descabellado que pareciera, aquel mago se había llevado con mi documento también mi identidad y me había abandonado en un mundo donde todo estaba en otra parte. Como un cubo de Rubick al que se lo gira en un par de sentidos y deja un escenario distinto; como un lugar habitado por primera vez en la vida.

Deambulé como un paria, buscando respuestas. Mendigué en las calles y hasta robé cuando ya quise dejarlo todo y morir. Nuevamente en la comisaría, sin registro alguno de mí persona, sin huellas que coincidieran con las mías y habiéndoles contado una y otra vez mi historia imposible, me declararon insano y me mandaron a un loquero donde estuve encerrado por varios meses.

Allí dudé de todo, entre pastillas y líquidos densos y amargos con los que me atragantaban día y noche. Llegué a creer que aquel que fui había sido solo un descuido de mi mente; pero entonces ¿quién era yo al fin de cuentas?

La primera tarde de primavera, Gustavo, un interno que no hablaba mucho y que siempre andaba con un libro bajo el brazo, se me acercó bajo el inmenso árbol que nos abrazaba con su sombra en el patio principal. Se sentó a mi lado y sin mirarme dijo: “Tenés que elegir otro envase” Lo miré y también a mi alrededor, era difícil saber a quién hablaba. El repitió: “Tenés que elegir otro envase” y luego agregó: “A veces falla la cadena y quedan agujeros, podés quedarte en el vacío, o elegir otro envase” luego se levantó y se marchó.

Al tiempo pedí formar parte del equipo de talleres, ahí en el hospital. Trabajé duro para ganarme la confianza de los enfermeros y en el primer evento fuera de la institución, me fugué. Volví a las calles, tan solo como la última vez, pero con una meta. Me hice conocido de los que se ganaban monedas en las esquinas y en las plazas: malabaristas, músicos y mimos; pero a quienes yo buscaba por todas partes era a los magos. Les pedí a todos que me enseñaran sus trucos. Practiqué día y noche con mis manos y cuando estuve listo, comencé a elegir mi objetivo.

Fue en una parada de colectivos, cerca del café que me vio partir. Llamé la atención de un hombre de mi edad, que aguardaba paciente. Lo había observado durante días, esperaba el colectivo siempre a esa hora. Tomé el recaudo de que me viera en varias oportunidades, para que no tuviera miedo de mí, hasta que un día le pedí un minuto de su atención. Se negó, tal como yo lo hice aquella vez. Sin embargo, insistí hasta que accedió. Le pedí un billete, y observé como quien mira un primer rayo de sol asomando en el oscuro horizonte, a ese pliegue de cuero negro, que guardaba mi pasaje hacia otra vida, fuera del agujero.

La puerta que figuraba en el documento la abrí con un cerrajero. Al de la alarma le dije que había olvidado la clave y luego de mandar a un empleado, éste me guio para confirmar una nueva. Y a la policía le aseguré que no sabía quién era el loco que intentó meterse en mi casa gritando solo incoherencias. Es sencillo sortear esta clase de problemas cuando uno es quien dice ser, después de todo.

Ahora me voy acostumbrando de a poco a ésta nueva vida. Y si bien añoro aquél que fui, evito volver a caminar por esas calles; aquello solo confirmaría mis recuerdos y es mejor que no suceda. Es mejor que la incertidumbre los vaya ahogando de a poco hasta que un buen día se esfumen en el aire, como un truco de magia.

“Adivino tu intención,
tienes ganas de subir a verme;
pero hoy ya no soy yo”

Hoy Ya No Soy Yo – Cerati, Melero (Colores Santos, 1992)


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