Extra

La primera vez fue en ese bar. Al principio lo noté parecido a alguien; la caída de los ojos, el mentón. Había algo en ese mozo que me llamaba la atención. Pero al observarlo fijamente en el reflejo del espejo me di cuenta. Esa persona era igual a otras que me había cruzado en distintas ocasiones; la misma sin ir más lejos. Me levanté de la mesa para encararlo, y ahí todo se fue al demonio. Entró un hombre con un lagarto bajo el brazo, la gente se escandalizó y salió corriendo. Afuera dos payasos macabros aterrorizaban a todo el mundo anunciando el fin de los tiempos. Y al hombre que yo buscaba, en ese pandemonio, lo perdí de vista. Desde entonces es así. En algún lugar él siempre está: a unos asientos de distancia en el cine, en la fila del banco o en la otra punta del colectivo. Manejando un taxi, vendiendo diarios o yendo de traje hacia alguna reunión con un portafolio en la mano. Pero cada vez que voy a su encuentro, todo se desencaja irremediablemente. Algo ocurre que genera el caos absoluto y yo vuelvo a despertarme en mi cama, agitado y solo.

Me di cuenta, que en mis sueños habitaba un extra. Un tipo que necesitaba estar como relleno de eso que pasaba por mi cabeza mientras yo dormía. Llegué a pensar que podría haber más, cumpliendo la misma función. Agregados que (cambiando el vestuario, el maquillaje y algún que otro accesorio) interpretaban como profesionales actores, distintos papeles asignados. Lo curioso es que jamás pude recordar otro rostro. A todos era como verlos por primera vez. Salvo a ese hombre, que llegué a reconocer y ubicar fácilmente.

Desde chico tengo la peculiar virtud de darme cuenta cuando estoy soñando, y no es gracias a pellizcarme ni nada parecido, simplemente lo sé. Por años creí que aquello era una suerte de poder inútil, pero finalmente había encontrado su razón. Mi obsesión fue entonces la de atraparlo. Quería saber por qué extraño ardid, mi mente necesitaba repetir en mis descansos, a esa persona que yo jamás había visto en la vida real. ¿Por qué no podía ser al igual que el resto de quienes aparecían fuera de la vigilia, seres imaginarios, únicos e irrepetibles? Sentía que de algún modo, él y mi mente se burlaban de mí. Llegué a odiarlo, al punto de querer destruirlo para no ver más su horrible cara.

Una tarde cálida de invierno, lo tuve cerca. Estaba sentado en un banco de una plaza, leyendo el diario. Actué distraído para pasar desapercibido a los controles de mi cabeza. Hice como que me interesaba algo que sucedía por la otra cuadra y corté camino pasando al lado de las hamacas. Mantuve el paso tranquilo, aunque me sudaban las manos, o así lo sentía en mis pensamientos. Cuando llegué a estar detrás de él, supe que no podía demorar un segundo más. Me abalancé y le apreté el cuello con mi brazo. El extra tiró el diario por el aire y comenzó a forcejear conmigo. Varias personas vinieron corriendo al instante, acudiendo en su ayuda; ruines cómplices de aquel actor-demonio. Yo le grité con todas mis fuerzas para que confesara quién era y porqué estaba siempre presente, en ese y en todos mis sueños. Finalmente, dos oficiales me retiraron y luego de subirme a un patrullero, me llevaron a una comisaría.

Me volvieron loco con preguntas de todo tipo. El sueño se fue prolongando. Luego me encerraron en una habitación, donde estoy ahora; sin ventanas y con una sola puerta. En el techo creo ver una cámara que vigila mis movimientos. Me dejaron un papel y un lápiz, por si recuerdo más detalles de lo vivido. Es así como escribo estas palabras. Me duele el cuerpo, tengo una extraña sensación que me quedó grabada desde que esos policías me agarraron por la fuerza. Quizás sea la postura de cómo estoy durmiendo. Debe faltar poco para que abra los ojos nuevamente.

De pronto siento un ruido. Es el médico que han mandado para hacer una evaluación de mis acciones. La puerta se abre por completo y deja pasar una luz que me enceguece por un instante. El hombre se acerca y se presenta, estirando su mano hacia mí. Enfoco la vista, soportando el brillo y es ahí cuando veo su cara. Las comisuras rígidas, el gesto esterilizado de toda emoción, los ojos inexpresivos. Es ese rostro, aquel que conozco ya de memoria. Ese que desde hoy ya tiene nombre y apellido, o al menos por ésta vez. Quizás me lo encuentre en otro sueño. Debería despertar de éste en cualquier momento.

“You look me in the eye directly.
You met me, I think it’s Wednesday.
The evening”

This Mess We’re In – PJ Harvey (Stories From The City Stories From The Sea, 2000)