Fuego

La propuesta surgió en una reunión, entrada la noche. Matías pensó que era un chiste de Ana producto de las botellas compartidas entre ambos. Sin embargo al otro día, al recibir su llamado, supo que la invitación no era ninguna broma. “¿Túneles Ana?”, Ella volvió a contarle la historia nuevamente. Aparentemente debajo de la ciudad existía un entramado de túneles que conectaban distintos lugares. La leyenda, si bien era conocida por mas de uno, siempre se mantuvo como un mito, un cuento ni mas ni menos. Matías no quiso creerle y hasta se burló de ella, pero finalmente aceptó el desafío.

El padre de Ana le había contado que en un sótano del colegio donde ambos habían concurrido cuando chicos, decían que se encontraba un acceso a dichos túneles. “Es el lugar perfecto, los fines de semana no hay nadie allí, podremos dar un vistazo sin que nos molesten”. La charla parecía la de dos simples ladrones, aunque el fin fuera quizás mucho mas noble.
Una tarde, a los pocos días, ambos fueron al colegio y saltando la medianera que daba frente a las vías del tren, corrieron por el patio y forzaron la puerta del pasillo principal. En pocos minutos estaban dentro. Matías estaba blanco como un papel, Ana se reía de su cara mientras avanzaban por el viejo edificio. Finalmente llegaron al sótano. Corrieron mesas, mapas y todo tipo de materiales de enseñanza acumulados a través de años, llenos de polvo y humedad. Finalmente encontraron en el suelo una hendidura. Matías uso un hierro como palanca y al rato un quejumbroso desgarro de madera abrió una entrada bajo sus pies. El aire se enfrió rápidamente producto de esa suerte de pulmón que se descubría debajo y dejaba entrar el aliento de un gigante dormido en los confines de aquella ciudad. Ambos se miraron asombrados, en realidad ninguno de los dos creía completamente en aquella historia, sin embargo estaban por ser testigos de su innegable verdad.

Ese fue el primer día de varias expediciones. Recorrieron cientos de metros y encontraron otras salidas. A viejos galpones de talleres abandonados, a la iglesia frente a la plaza, al fondo de un bar a la afueras de la ciudad y a tantos otros sitios. El éxtasis de su hallazgo los mantuvo en un asombro constante. Sin embargo se juraron no contarlo a nadie. Querían conocer cada tramo por completo antes de que se llenaran de desconocidos. Era su secreto, su tesoro. La pregunta flotaba en el aire desde el primer momento ¿Como era posible que nadie haya encontrado estos caminos antes? ¿Como era posible que se haya mantenido oculto por tantos años a los pies de todos? Siguieron su búsqueda incansable en encuentros regulares, recorriendo pasillos que siempre sumaban nuevos corredores, nuevas partes de un laberinto inmenso.

Pero el asombro y el éxtasis no eran las únicas cosas que experimentaron en aquellos días. Luego de hallar la primer salida cerca de la municipalidad, en una vieja casa abandonada, ambos recordaron cosas que por alguna razón estaban sepultas en sus mentes desde hacia años. Matías recordó a un viejo amigo con el que jugaba en la calle, el primero con quien habló del amor de una mujer. Ana por su lado recordó un parque con árboles increíblemente altos donde pasó largas tardes junto a su padre. Sus recuerdos les devolvieron una alegría olvidada, una suerte de calor en sus corazones.

Y así siguieron experimentando esos recuerdos, transitando por esos pasillos y encontrando nuevas salidas por los caminos subterráneos de aquella ciudad. Cada recorrido nuevo, destrababa memorias olvidadas en sus mentes. No todas eran alegres, pero el solo hecho de recordarlas los emocionaba. Ambos comentaron esto, sin poder explicarlo pero sabiendo que por algún extraño ardid de esos túneles, al transitarlos, en realidad recorrían conexiones en sus mentes, espacios olvidados a la luz de sus conciencias. Cuanto mas recorrían, mas recordaban y mas fuerte era el deseo de seguir andando.

Un domingo de Julio bajo aquellas galerías subterráneas, llegaron a una nueva salida, una escalera con peldaños cortos y altura pronunciada. Sin embargo encontraron algo inusual. Subieron un tramo muy largo. A ambos les pareció que ascendían mucho mas que a la altura de la superficie de la calle. Siguieron así por un rato hasta que finalmente encontraron una puerta. Y al abrirla, una habitación circular, una suerte de domo hecho de adoquines. No había ventanas por ningún lado, no podían saber donde estaban. Y en el centro del recinto, ardía un fuego ubicado dentro de un circulo de un par de metros de diámetro hecho con piedras. La imagen era cuanto menos increíble. ¿Como era posible que un fuego estuviera encendido en un lugar cerrado?. Se miraron y rieron nerviosamente por lo absurdo de todo.

Aquel día salieron por las escaleras y tomaron otra dirección. Sin embargo en cada descenso posterior, volvieron siempre a ese lugar. Aquél fuego los atormentaba. ¿Que significado tenía? ¿Porqué estaba allí? ¿Quien lo mantenía encendido?
Día a día hablaban de él. Iban a los túneles solo para llegar a esa hoguera. Permanecían por horas mirándolo y sin encontrar respuesta a esa abrumadora duda, volvían a irse. Y seguían recordando cosas. Experiencias, lugares, personas, fragmentos de su vida. Sus mentes cual esponjas se inundaban de momentos vividos. Sin embargo la emoción de dichos recuerdos se eclipsaban con la duda de aquel fuego. ¿Cual era su significado? Pensaban continuamente en él. Quedaban narcotizados por su brillo y el porqué de su existencia.

Un buen día la duda se hizo intolerable. Decidieron hacer algo. Apagarlo, extinguirlo. Terminar con aquel calor, con esas llamas, con la agonía de la incertidumbre que los torturaba.
Bajaron con baldes llenos de agua y los cargaron por todo el camino. Subieron las escaleras procurando no derramar nada y finalmente lo ahogaron, como exorcizándose de un viejo demonio. Al instante un humo negro y espeso llenó el recinto y ambos tuvieron que salir corriendo con sus ojos y gargantas lastimados por aquellas emanaciones.

El humo era interminable, era como si lo que hubieran apagado fuese un incendio de una casa enorme y no de un fuego de esas dimensiones. Corrieron por los pasillos y la nube negra detrás de ellos lo inundaba todo y los perseguía. Escaparon tosiendo y corriendo sin parar. Hasta que finalmente encontraron una salida. Subieron por una abertura sobre sus cabezas donde se filtraban unos tenues rayos de luz. Aparecieron en el sótano del colegio nuevamente cerrando detrás la tapa de madera que forzaron aquella primera vez y luego huyeron del lugar.

Aquella noche cayeron rendidos y durmieron por horas sabiéndose a salvo del fuego. Tuvieron un sueño y en él recorrieron caminos juntos sin un destino aparente. Solo una voz los acompañaba. Una voz que les decía que hay algo que mantiene viva la esencia de lo que somos, en cada uno hay un fuego que arde hasta el fin de nuestros días. Vive muy dentro nuestro al resguardo de nosotros mismos. Es aquello que nos acompaña durante toda nuestra vida y alimenta la caldera de nuestro cuerpo impulsándonos a cada paso. Y si alguna vez logramos encontrarlo y estar frente a él. No hay que intentar descifrar ningún enigma, simplemente dejarlo arder.

Al despertar no solo olvidaron esas llamas, también olvidaron los túneles y sus recuerdos, todos esos fragmentos volvieron a quedar sepultados en los rincones de sus mentes, como aquellos túneles debajo de sus pies.

“Just out of sight, beyond the next range
I feel the heat of a flickering flame”

Flickering Flame – Roger Waters (The Solo Years, 2002)


Un pensamiento en “Fuego”

  1. Bueno…..pensé que se morían…….
    Sólo perdieron los recuerdos…..que es quizás morirse un poco…. Hermoso cuento Seba.

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