Gente que anda por ahí

El grito de un taxista dedicando un compendio de improperios a un transeúnte despistado se coló entre sus auriculares. Era casi la una del mediodía y las calles de Buenos Aires hervían cayéndose del año en los últimos días de Diciembre. Para esa altura del almanaque le resultaba inevitable recapitular los días vividos. Los sueños, tristezas y alegrías. Siempre trataba de reflexionar por el sentido de fin e inicio que le confería a la vida, siempre cíclico, siempre enmarcado en esos doce meses.

Entró en aquella vieja disquería, quizás una de las pocas que quedaban. El aire acondicionado nunca había funcionado del todo bien, pero él se sentía a gusto en esas cuatro paredes. Llenas de espacios por conocer. Espacios que se abrían en muchas dimensiones, tantas como nuestra mente pueda procesar. Sobre el lado derecho (como un rito luego de entrar al recinto), observó aquel cuadro y reverenció aquella mirada. Una imagen de Lennon que observaba todo y él lo saludaba para sus adentros como quien se persigna al entrar en una iglesia. Allí entre cientos (miles quizás), de artistas que llenaban sus días desde chico.

Buscó entre los discos aquella pieza que necesitaba. Y la necesidad acá estaba adjunta al concepto de completitud, a la idea de aquello que le permitiría girar el cubo de Rubik, que era su vida, en otra dirección, y ver nuevos planos, nuevos colores y un escenario de nuevas posibilidades. La música era el nexo a veces, otras la literatura. La llave estaba escondida en aquellos laberintos y la búsqueda hacía del viaje algo sumamente interesante.

Cuando salió, el calor lo golpeo nuevamente. Caminó entre esas calles, sus calles. Y vio un país que estaba en llamas, con la misma sensación térmica del momento. Un país del que pensó como tantos otros más de una vez “que ganas de tomarse el palo”, ¿cuánto estamos dispuestos a esperar por nuestros sueños? Sus años ya le hablaban al oído y tenían sus propias ideas al respecto. Y la espera era cada vez más larga. Ya no era su espera sino la de su hijo, por el que no quería aguardar años para poder decirle “ahora sí, es momento de disfrutar ésta tierra”. Y entre esas cavilaciones sus ojos se llenaron de otras imágenes, vacías, sin significado alguno. Con caras de presuntos salvadores que vendrían a cambiarlo todo en pocos meses y a trocar deseo por felicidad en cuestión de días. “Quizás seamos parte de un caos comunitario” pensó. “Quizás nunca cambie nada después de todo”.

Avenida de Mayo, la puerta del Tortoni. Decidió entrar y tomar un café. Otro espacio amado, pero acá la magia había sido legada por su padre. Aquel que conocía mas lugares de Buenos Aires que cualquier otro y poseía el encanto de conferirle historias, recuerdos, momentos que quedaban grabados a fuego en esas calles, en esas paredes, en aquellas esquinas. Desmontó sus auriculares y leyó los poemas que visten las paredes de aquel templo sagrado. Entre Alfonsina, Borges y Gardel. Inmerso en palabras que le acariciaban el alma y le despabilaban la cabeza, se sobresaltó por el saludo que se escucho desde la otra punta: “Hola pibe! ¿Como estas?”. Un mozo en su inmaculado traje se acercó a estrechar su mano. Era amigo de su padre y aunque no se veían desde hacía muchos años. Allí estaba esa sonrisa, ese recuerdo, ese brillo en los ojos. “Decime como anda tu viejo!”. El café fue invitación de la casa y acompaño la charla y la actualización de la vida de ambos lados. Ese tipo de charlas que jamás podrán plasmarse en ninguna red social de las que estamos tan pendientes por nuestros días. Una foto acompaño el momento, un abrazo, los auriculares nuevamente y de nuevo a la calle.

Las nubes grises taparon el cielo y los truenos acompañaron la percusión de su música. La humedad llegaba al punto más alto, podía sentirse en el cuerpo. Y de pronto el agua, que se abrió como un manantial de calma, de salvación. La gente miraba al cielo como agradeciendo y dejaban que sus cuerpos se refrescaran con aquel regalo.

Quedó a la espera del cambio del semáforo en la 9 de Julio. Y pensó en aquel mozo, en aquellas personas, en los vínculos que arma la gente. ¿Cuántas historias como aquella llenan día a día miles de vidas? ¿Cuánta gente se levanta para buscar aquella sonrisa que les caliente el corazón y que les permita multiplicar y regalar muchas más sonrisas a otra gente? ¿Qué tan mínima era la maldad de unos pocos que viven a contramano del resto, robando, corrompiendo y asustando, cuando uno podía contraponer eso con el abrazo de alguien que no vemos hace tiempo y aun así, nos recuerda? ¿Que tan ínfima es aquella maldad comparada a la de una carpeta llena de dibujos de un hijo de dos años que uno ama más que una noche estrellada de Van Gogh? ¿Cuántos miles de mala leche se necesitan para borrar la sonrisa de abrazar a un ser amado que duerme junto a uno cada mañana?

En ese instante se propuso creer que la balanza aun estaba del lado correcto. La buena gente aun era mayoría. Los buenos amigos, los corazones que vibraban por un mañana mejor estaban ahí, cerca. Detrás del diario en aquel bondi, vendiendo flores en el puesto de la esquina, trabajando en oficinas, hospitales, consultorios, escuelas… Ahí está esa gente. Con sus historias. Sus vidas, sus esperanzas. Reuniéndose para festejar el estar juntos, vivos y a la espera de un nuevo sol cada mañana.

Abrió la bolsa que contenía el disco que había comprado. Una edición de “Pubis angelical / Yendo de la cama al living” de Charly García. Allí estaban esas palabras: “Nace una flor, todos los días sale el sol, de vez en cuando escuchas aquella voz. Cómo de pan, gustosa de cantar, en los aleros de la mente con las chicharras.”

Semáforo en verde, la lluvia caía más fuerte. Pensó en bajar al subte pero prefirió seguir a pie, bajo el agua de Buenos Aires.

Subió el volumen y avanzó.