Impacto

La explosión del airbag lo dejó más aturdido que el choque. Por el registro en su cuerpo, la colisión tuvo que haber sido de frente. Sin embargo no había visto nada acercarse en dirección a él antes del golpe.

Dos días antes, Gabriel había puesto en marcha el auto sin arrancarlo. Se había quedado pensando un rato largo como cada mañana desde hacía ya un tiempo. Finalmente había decidido abandonarlo todo y perderse para siempre. Buscó la ruta más cercana que lo llevara hacia el sur y comenzó a andar. Paró algunas veces solo por combustible y alimentos. Durmió en el auto. No le preguntó a nadie en qué lugar se encontraba y no prestó atención a los carteles del camino. Simplemente avanzó. Siempre al sur.

Luego del impacto lo primero que hizo fue tocarse la cabeza instintivamente. Su mano quedó teñida de rojo. Abrió la puerta y abandonó lentamente el interior del coche, esperando sentir el dolor de algún hueso roto. Afuera buscó otro vehículo, un animal o algún objeto. Pero no encontró nada. Ni restos, ni sangre, ni marcas. Nada. Caminó unos metros, vacilante. Y volvió la vista atrás, a su auto. Todo el frente estaba hundido. Completamente destruido. Como si hubiera colisionado contra una pared invisible. Al ver aquella escena sintió pánico. Volvió a revisar cada parte de su cuerpo. “Es un milagro” pensó.

No tenía idea de donde estaba. Buscó su teléfono pero fue inútil. La batería estaba consumida. Hacia adelante y hacia atrás lo único que podía ver era la ruta. Y kilómetros de tierra virgen a sus costados. Estaba completamente solo en el medio de la nada. Pensó que su única opción era caminar y rogar encontrar a alguien. De pronto a lo lejos, vio algo que se aproximaba. Fijó su vista en aquel punto que se iba haciendo cada vez más grande. Parecía un camión. Luego escuchó el sonido de un motor. “Estoy salvado” dijo para sí mismo. Aquello era, ni más ni menos, que una grúa para auxilio mecánico. Gabriel pensó en las probabilidades, en lo irónico de todo. Si alguien le hubiera contado un suceso como ése seguramente no lo hubiera creído posible.

El remolque pasó a su lado, dio la vuelta, avanzó y se estacionó justo frente a él. Al instante bajó un hombre con un mameluco gris. Se acercó, estrechó su mano y sin presentarse ni esperar a que Gabriel lo hiciera, comenzó con su trabajo bajando la rampa y las cadenas de enganche.

Gabriel miró todo como un simple espectador, confundido y bastante molesto por los modales de aquel hombre. No le había preguntado nada. Ni como había ocurrido el choque, ni como se encontraba siquiera.

Al terminar su trabajo, el hombre de gris lo miró y haciéndole una seña para que suba le dijo “Todo listo, es hora de irse” Gabriel subió al camión, y éste arrancó al instante sin darle tiempo a acomodarse en el asiento. Eso lo molestó aún más. Estaba furioso. Preguntó irónicamente si era un buen momento para darle la dirección de donde ir y que de hecho era justamente en sentido opuesto al que llevaban.
El hombre sonrió y le dijo que no se preocupara, que sabía perfectamente donde iba. “Descanse un poco y disfrute del paisaje. O duerma un rato. Yo lo despierto cuando lleguemos con los demás. Están esperándolo desde temprano ¿sabe? Así que descanse, hágame caso. Ya tendrá tiempo para lo que guste. Todo el tiempo que quiera”

Gabriel miró por la ventana. Y no dijo más nada. Se perdió en la forma de los árboles que desfilaban por el camino. Estaba dolorido por el golpe y desorientado. Sin embargo dejó de prestar atención a esas molestias. De a poco todo su cuerpo quedó eclipsado por una sola sensación, un solo deseo. Una vibrante e incontrolable ansiedad por llegar a destino.

“I was lost in the cities, alone in the hills.
No sorrow or pity for leaving”

I Am The Highway – Audioslave (Audioslave, 2002)