Inmortal

El recinto estaba colmado de gente, el aire enrarecido con humo, fragancias y hedores. Faltaban solo cinco minutos para la hora pautada. Se encorvaba para intentar ver a los costados del escenario. Eran ya casi las 9 y media y la banda tenía que salir en cualquier momento. Miro a su alrededor y pensó en su vida. No reparó en el porqué de sus cavilaciones. Quizás por sentirse parte de un grupo de completos desconocidos. Era frecuente que algunos momentos lo tomaran por asalto y que quedara a merced de un mar de emociones. Su mente hilvanaba entramados de recuerdos que lo llevaban sin detenerse a cualquier destino, entre sensaciones, olores, sonidos y palabras. Momentos en los que viajaba sin moverse y algo, un ínfimo detalle, lo traía devuelta a la realidad. Las luces se apagaron y la multitud emitió un aullido tan primitivo como la humanidad misma. La comunión entre el artista y el público comenzaba, manifestado el vínculo entre ambos como la obra que tomaba tantos significados como cantidad de almas que se encontraban allí en ese momento. En la oscuridad, destellos de luz deambulaban entre la gente como animas que eran exorcizadas y pugnaban por bailar en un aquelarre prohibido. Era el momento de dejarlas salir. El ritual comenzaba. Las imágenes se sucedían una a otra, acompañando la música entre aquellas personas.

Su mente se sumía en una claridad única que le hacía pensar mil cosas en una secuencia vertiginosa. Imaginó cada pequeño detalle, con cada estrofa y en cada movimiento. Imaginó al mundo y su caos fuera de ese recinto. La gente gritaba, lloraba y exhumaba dolores y pasiones. Quedó sin ancla en un remolino de cuerpos. Mojado de transpiración, propia y ajena. No sabía para donde se movía, acaso ni le importaba. Era parte de un desorden emocional colectivo. La estructura de las cosas bajo una entropía que lo dominaba todo.

Pero estaba a salvo. Completamente a salvo. Por lo menos por unas horas. “Buscar la identidad” le dijo alguien alguna vez. ¿Qué identidad? ¿Qué demonios sabían de identidad? Por lo pronto su vida no era más que un manojo de obligaciones y pequeñas alegrías en pos de un único mal llamado destino. Destino del cual él conocía su oculta verdad: era una mentira. Y era por eso que se destruía y volvía a crearse en tiránica repetición, una y otra vez. Pero el calor de ese momento, y esa gente lo salvaba. Empezó a saltar. Empujando los huesos de su cuerpo para separarse del piso y empujando así otros cuerpos. Sintió la música en sus venas y transpiro odio, pasión, alegría y locura. Y miro a su alrededor, observando aquella gente. Una tribu que finalmente reconocía como propia. ¿Estaban ellos en el mismo viaje? ¿Sabían acaso del crepúsculo inminente de los días que muchos ya habían atestiguado? ¿Estaban ciegos a esas certezas? ¿Les importaba acaso? Lo único que importaba era la música, el sonido mezclando texturas y aquel cantante gritando sus verdades a los cuatro vientos: “Un desaparecido encuentra su hogar, y un deseo de aferrarse. Pero hay una trampa en el sol: la inmortalidad“. Saltaba, una y otra vez, sintiendo el peso y la fuerza contra la gravedad. Como desafiando las leyes de la que somos presas todos los mortales. Su sangre hervía, su cuerpo temblaba en perfecto sincronismo con aquel sonido.

Esa era su batalla. Esa era su energía contra el tiempo. Bailaba y se perdía en todos. Y se volvía a encontrar como una persona única e irrepetible. Podía sentir su cuerpo empapado de sudor, el roce con otros cuerpos, el trance de la música. Era parte de esa tribu. Era parte de aquella batalla. Se sabía por un momento, inmortal.

Horas más tarde caminaba por la calle fumando un cigarrillo. Había llovido y las calles aún estaban húmedas. Sobre las esquinas se amontonaban los desperdicios de la sociedad que habitaba aquellos edificios durante el día.
Meditó sobre la felicidad. En lo efímero de los momentos que quedan grabados en nuestra mente. En las pequeñas batallas que libramos día a día contra la noción de una vida cómoda y equilibrada.

La música aun sonaba en su cabeza…

“A truant finds home, and a wish to hold on.
But there’s a trapdoor in the sun: immortality”

Immortality – Pearl Jam