La caja

El reencuentro tuvo lugar en el bar del inglés. Aunque el local ya había cambiado de dueño, Mauricio y Javier lo seguían llamado así, como cuando eran clientes habituales, veinticinco años atrás. Mauricio fue el primero en llegar, Javier fiel a su eterna impuntualidad lo hizo al rato. “Veo que ya arrancaste Mauricio” le dijo señalando una pinta de cerveza que estaba por la mitad, justo antes de abrazarlo muy fuerte.

Hacía veinte años que no se veían. Mauricio se había ido a vivir a Mendoza, como enólogo de una importante bodega. Solía bromear diciendo que cuando él tomaba vino con sus amigos en realidad estaba estudiando. Javier por su parte se mudó a Uruguay. Conoció a una mujer del otro lado del río y partió a echar raíces en esa tierra. Sin embargo ese día ambos volvían a verse en Buenos Aires. En el barrio donde se criaron de chicos, cursaron la escuela primaria y secundaria, y compartieron una amistad muy estrecha. Lamentablemente la ocasión del encuentro era la despedida de Adrián, el tercero de ese grupo inseparable quien había fallecido la noche anterior.

“Veinte años Javier, decime la verdad ¿no nos podíamos haber juntado antes?”
“¿Nosotros tres? ¿Con lo que nos costaba organizar un asado viviendo a cinco cuadras?”
Las anécdotas llegaron enseguida, ganándole inclusive al presente de ambos. Había una necesidad en recordar un tiempo vivido, de rearmar los recuerdos de a poco, paseándose entre recreos, calles, piernas de mujer, alcohol y cigarrillos. Ahí estaban los tres en esas imágenes, riendo junto a tantos otros.

“¿Te acordás de Benítez?” preguntó Javier.
Mauricio sonrió e impostó la voz tratando de imitar a alguien: “’¡A éste lo dejo hecho un trapo!’ dijo el tipo ¡y le llenaron la cara de dedos! Che ¿y Fernández? ¡Aún debe estar pensando en quién le afanó el almuerzo en el camping!”
“Ese día fue un lindo quilombo el que armamos. ¿De Montalbán supiste algo?”
“¿Lucrecia?”
“Si, ‘Farolitos’ ¡que ojazos que tenía esa mina! Nos tenía locos. Me acuerdo la vez que trajo la figurita”
Su amigo asentía y sumaba al recuerdo: “La 36, la difícil. Se la había afanado al primo. La guacha nos tenía agarrados con eso. Decía que se la iba a regalar al que la mereciera. Me acuerdo que hacíamos de todo para tenerla. Y la turra nunca se la dio a nadie. ¡Que tiempos Javier, que tiempos!…”

La noche avanzaba y los vasos desfilaban frente a ellos. Ambos recordaban cada historia junto a Adrián. Como habían sellado entre los tres un pasado de travesuras y confidencias. A las cuatro de la mañana la moza se acercó a la mesa: “Disculpen, pero estamos cerrando, les dejo la cuenta”
Javier sentenció contundente: “Yo así no me voy a dormir. ¿Buscamos algo abierto?”
“Dale, caminemos un rato que nos va a hacer bien” contestó su amigo.

Echaron a andar por la avenida principal, señalando a cada lado de la calle y recordando los locales que ocupaban aquellos espacios, años atrás. Al llegar a un supermercado se detuvieron, acordándose que allí estaba la entrada a un local bailable.
“Acá Adrián nos hizo entrar diciendo que era sobrino del dueño. El tipo de la entrada le dijo ‘¿Qué? ¿Vos sos Juancito?’”
“’¡Señor Juan para vos!’ le clavo el sinvergüenza. ¡Que manera de reírnos! ¡Pero entramos al boliche y sin pagar un cobre!”

De pronto se hizo un silencio entre ambos. Un vacío que se sintió infinito.
“Un tipazo este Adrián… Jamás se quiso ir de acá” dijo Mauricio.
“No, que se iba a ir. Lo mataba la nostalgia. Éste era su mundo.”
“Parece mentira che. Era el que siempre tenía un broma para hacer. El que siempre se estaba riendo. Era el que llegaba primero a todos lados y el que se quedaba hasta que se iba el último, ‘yo siempre estoy’ decía. Y miranos ahora; que mierda todo Javier”

Se quedaron callados una vez mas, mareados por el alcohol y aturdidos por la realidad que volvía de a ratos pegándoles en lo mas hondo. De pronto Javier levantó la mirada y abrió los ojos bien grandes, recordando algo que parecía olvidado: “Che, ¿estará la caja todavía?”
“¿Que caja?”
“La caja boludo, la que escondimos en el monumento de la plaza. ¿Te acordás?”

En aquellos días los tres habían planeado guardar varios objetos, para recordar y reirse con ellos cuando hubiesen pasado muchos años. Lo hicieron una noche, eligieron el destapador que se robaron del bar del ingles, una ficha de un local de videojuegos, entradas a recitales, una caja vacía de cigarrillos que habían fumado en el baño del colegio y varias cosas más. Cada objeto, lleno de historias. Pusieron todo en una caja y fueron a la plaza. Rompieron el candado de una pequeña puerta que había quedado para instalar unas luces que jamás llegaron, y allí guardaron todo, cerrando con otro candado del cual cada uno tenia una llave. Luego juraron que solo los tres juntos podrían volver a abrirlo.

“¿Vos decís que aun está?”
“¡Y quien carajos va a ir a abrir eso! La plaza esta igual, nunca hicieron nada. Para mi que está ahí. ¿Vamos a fijarnos?”
“¿Ahora? Mi llave quedó en casa. La debo tener guardada quién sabe donde.”
“¿Que llave?, ¡Vamos y rompemos el candado Mauricio!”

Caminaron hasta la plaza y al llegar a la estatua comprobaron que la pequeña puerta seguía en su lugar. Javier buscó una piedra, la mas grande que vio y comenzó a golpear con todas sus fuerzas. Mauricio vigilaba a ver si alguien se acercaba. Muchos miraban por el ruido pero seguían su camino.
“Javier, estás haciendo mucho quilombo, va a venir la cana”
“¿Por dos tipos que están tratando de abrir una puerta al pié de una estatua? ¡Del loquero van a venir!”. A poco de decir esto el candado cedió y Javier gritó: ‘¡Listo!’”

Abrieron la puerta y Mauricio iluminó con su teléfono. El lugar estaba lleno de telarañas y tierra. Al fondo, se veía una vieja caja algo oxidada. Javier la sacó y sacudió el polvo que la cubría.
“No lo puedo creer” dijo Mauricio.
Javier abrió la caja y uno a uno fueron apareciendo los recuerdos. El destapador, la foto de los tres en el Mehari del 89. La tapa de la cerveza que tomaron el día que terminaron el secundario. Todo estaba ahí. Y en cada objeto un mundo que aún latía. Comenzaron a llorar. Estaban desconsolados por la ausencia de Adrián y abrumados por todos esos objetos; entre la alegría y la tristeza que les imponía la certeza de saberse vivos.

Al llegar al fondo de la caja, encontraron un sobre. “¿Che y eso?” pregunto Mauricio. “Ni idea, no me acuerdo de haberlo visto antes”
Javier dejó la caja en el suelo y tomó el sobre. Al abrirlo parecía que no había nada dentro, sin embargo en el fondo algo guardaba. Sujetó el sobre de un extremo, deslizando su contenido, y éste cayó al suelo. Mauricio apuntó con su teléfono en ésa dirección. De pronto ambos quedaron paralizados. “¡Hijo de puta!” dijeron casi al unísono.

Allí, en el medio de la plaza de un barrio de Buenos Aires, dos personas recordaron de madrugada un tiempo que por el solo hecho de evocarlo, se hacía presente. Y a un amigo que seguía sorprendiéndolos, aún en ese momento. Allí, Mauricio y Javier, se rieron a carcajadas, abrazados y mirando una figurita. La número 36, esa que solo debía pertenecer a quien supiera ganársela.

“Don’t change for you.
Don’t change a thing for me”

Don’t Change – INXS (Shabooh Shoobah, 1982)


2 pensamientos en “La caja”

  1. Me encantó…….
    Emoción y final que me sorprendió…
    Quién no guarda una cajita con esos recuerdos entrañables…..?
    De repente me acordé……”tengo que encontrar la cajita…..”
    Te quiero Seba…..💟

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