La canción

Creo que apareció en el rincón de la habitación. Justo al sacar la mancha de pintura. Me quedé parado mirando el sócalo. ¡Que cosa rara el recuerdo! Se dispara sin que uno lo espere gracias a sutilezas imperceptibles pero terriblemente elocuentes. Vuelve por la manera en que se mira algo, por lo que se escucha, o puede estar hasta en el aroma de aquello que descansa guardado en un cajón. Un instante en el que uno hace algo sin querer, y queda parado física o mentalmente al igual que en aquel momento. Ahí explota todo. El recuerdo calza justo, como una pieza del rompecabezas, instalado en nuestra mente. Así me quedé yo, pensando en esa canción. Por mas que quería y me esforzaba en ello, no lograba recordar la letra, ni quien la cantaba. Pero estaba ahí, sonando. Yo la escuchaba en esa habitación y en toda la casa. Era algún sábado por la tarde seguramente.

El resto es acuarela sobre el lienzo. Cuando logramos tener ese sonido, ese olor, ese gesto, logramos tener la pintura a mano y volver a rearmar la escena. Cada pincelada redibuja el cuadro de a poco. El transporte en mi caso era la música, al que me subí sin dudarlo. Así comencé a andar por ese paisaje, recorriendo aquellos momentos.

“¿Te tomás unos mates o te bañás primero?”
Yo respondí que unos mates, sin dudarlo. Era temprano para bañarme, la salida a la noche arrancaba tarde. Había tiempo.

Sonaba un teclado al comienzo de la canción, estaba casi seguro. Algo de los sesentas quizás. ¿Era en inglés? Dejé el removedor y la espátula junto a la escalera y salí al pasillo, en dirección a la cocina. En la puerta del comedor, otra pincelada.

“Mirá lo que me alquilé para ésta noche. ¡Peliculón! ¡Te tenés que esconder atrás del sillón por los tiros!… ¡Uy, el agua!”

Corrí las cajas para poder pasar. Cajas llenas de adornos, fotos y ropa con sus aromas que sobrevivían a la pintura nueva de aquellas paredes. En la melodía había un estribillo pegadizo, obsecuentemente pegadizo. Me quedé repitiéndolo, una y otra vez, sin poder desentrañarlo. Era muy difícil recordar toda la canción completa. Fui a sentarme a la cocina. Aparté unos libros que había preparado para guardar. Al hacerlo en la mesa encontré gotas de acuarela y agua. La música provenía de allí. Él bajaba un poco el volumen para poder charlar mejor.

“¿Ya terminaste el libro? ¡Pero te lo traje ayer!”
“¡No me hablés!, me quedé hasta las cuatro de la mañana leyendo. No podía parar. ¡Sensacional! Después tenemos que buscar mas de ese autor. Fijáte en Internet que vos decís que sirve para todo y nunca encontramos nada”
“¡Es que vos buscas cada cosa! Dale, mañana nos fijamos”

Sentado en esa cocina pensaba que quizás el intérprete era una cantante femenina. Pero no estaba seguro. Fui al living y me agaché a revolver los discos e inclusive algunos cassettes que estaban en la caja debajo de la pila. No podía encontrarla. Sabia que si leía el titulo o el nombre del artista me acordaba del tema completo. Pero era imposible.

“Dale, cambiale la yerba, está todo lavado”
“Ah, pensé que no querías mas”
“¡Te cansaste de cebar! Bueno me voy a bañar, me encuentro con los pibes en un rato”

Cuando estaba en el piso junto a las cajas y las bolsas me puse a tararear la melodía en voz alta. Pero solo di con palabras sueltas. Recordaba esa escena una y otra vez. Era raro, gracias a esas notas estaba llenando mi lienzo de trazos y colores, pero a la vez, no recordaba el nombre de la canción ni del artista. Odiaba que me pasara eso. Necesitaba ese detalle.

Me paré. Sin querer rompí una percha de las que se habían desparramado por el suelo. El pandemónium de un campo minado. Me abrí paso hasta la puerta de entrada.
Seguía tarareando. Sin sentido. Y observé aquel desorden. El desamparo en que se había transformado todo. Me vi dándole un factor de peso y orden a mi vida. Pensé que quizás era eso finalmente: diez cajas, veintitrés bolsas, miles de papeles, cientos de libros y algunos discos.

Del otro lado de la puerta, antes de la reja de la calle, me acomodé el pelo y salí.
“Chau me voy”
“Tenés guita?”
“Depende”
“Bueno tomá, por las dudas”
“Gracias pá, nos vemos”

¿A quien culpar después de todo? De esa casa vacía, de esas bolsas, de aquel silencio. ¿A quien culpar finalmente?
Y ahí lo escuché apenas perceptible en el silencio de la tarde: “A la bossa nova campeón. Culpá a la bossa nova”

Las bolsas desaparecieron. Las cajas, los libros desparramados, todo se esfumó por un instante. La música sonaba a todo volumen una vez mas, con nombre y apellido. El cuadro en mi mente estaba completo. Y yo ahí, en medio de todo ese caos, me reí descaradamente.

“Blame it on the bossa nova that he did so well”
Blame It On The Bossa Nova – Eydie Gormé (Blame It On The Bossa Nova, 1963)