La demora

La vereda se llenó de gente. Los policías esposaron a un hombre tendido en el suelo mientras interrogaban a otro que se recuperaba de una golpiza. Adentro de la galería comercial, Martin abrió la puerta de la administración visiblemente agitado, diciendo: ¡Listo jefe, salió todo bien!. Sentado en un sillón tras un amplio escritorio de caoba, Norberto Giménez, se levantó de un salto y miró el reloj colgado en la pared; “Pibe, ¿está en hora no?” preguntó. Martin respondió que sí: “Lo verifiqué toda la tarde cada 10 minutos, quédese tranquilo”. Y ahí por fin, ambos sonrieron.

Cincuenta años atrás, Norberto Giménez comenzaba a hacerse cargo de esa galería. Tenía un dinero que su familia le había dado para que fundara su propio negocio, tal como su padre y su abuelo. Él había encontrado aquel sitio, y desde entonces había buscado la manera de contactar al dueño que se manejaba en forma directa y sin intermediarios. Pero poco se sabía de aquel. Apenas que se llamaba Víctor Serrez, que rara vez se lo veía fuera de su casa y que había emigrado del viejo continente. Norberto fué a verlo resuelto a comprarle el terreno con un ímpetu y una convicción inquebrantables. Serrez lo atendió en su casa, un lugar tan lúgubre como la personalidad de su propietario; escuchó respetuoso la oferta del joven comerciante y finalmente contestó: “Mire Giménez, a mi el dinero no es lo que mas me interesa al momento de hacer negocios. Hay otras cosas sobre las que podemos charlar, si usted está dispuesto”

Aquél potencial comprador jamás había imaginado una respuesta como esa, pero resuelto a escucharlo, dejó que Serrez le hiciera un trato que parecía el de un demente: Le ofrecía entregarle el terreno durante cincuenta años y que luego de dicho plazo, él volviera para reclamarlo. Pero que obviamente habría un pago por todo ese tiempo, la vida de Norberto. “Esperará usted que en mi pedido le solicite algo mas poético, como su alma o sus sueños” dijo Serrez, “Bueno verá; lo mío es mas pragmático y después de todo, el resto viene con el paquete ¿no le parece?” resolvió mientras fumaba un cigarro de un intenso olor mentolado. Norberto dejó a un lado lo increíble de la propuesta y empezó a sacar cuentas. La persona que tenía delante debía rondar los cuarenta años como mínimo. Con cincuenta mas, había pocas probabilidades de que siguiera vivo. Y si así fuera, tendría la fuerza y el temple de un anciano. Decidió finalmente, que tenía todas las de ganar, que aquello era un negocio perfecto. Selló entonces el arreglo con un apretón de manos y una firma, en un papel redactado por Serrez donde dejaba constancia del extraño acuerdo.

La construcción de la galería finalizó a los pocos meses y con ella comenzaron a llegar los primeros alquileres. Giménez se instaló en una oficina del primer piso, desde donde administraba junto a eventuales ayudantes, los cobros y liquidaciones de su negocio. Supo tener así, una vida próspera y holgada gracias a los réditos de aquella empresa.

Al cabo de los primeros cinco años, Serrez se presento en la galería, sin previo aviso. Giménez quedó sorprendido por la visita de cortesía. Pero dicha sorpresa se fue transformando en miedo, un miedo profundo cuando cada cinco años exactos y siempre a las 19:45 del tercer día de Mayo, aquel hombre de contextura media y hombros caídos, volvía con la misma expresión, sin rastro alguno de envejecimiento. Serrez estaba estancado en el tiempo. Y en cada visita, que no duraba mas que unos cuantos minutos, se despedía recordando sarcásticamente la cantidad de años que restaban para cobrarse el préstamo: “cuarenta años, Giménez”, “veinticinco mi amigo…”, “diez …”. Norberto supo, cuando solo restaban cinco años más, que aquello iba en serio. Desesperado pensó una y otra vez, la forma de evitarlo. En huir y dejarlo todo. Pero aquel negocio era el trabajo de toda su vida y se negaba a perderlo. Deambulaba día y noche debatiéndose entre la veracidad y la locura de aquel sinsentido. Era imposible aceptarlo, sin embargo allí estaba, la imagen inalterable de Serrez, siempre igual a ese que selló el acuerdo, mas de cuarenta años atrás.

Finalmente un día, junto a Martin, su ayudante de turno por aquel entonces, tuvo una idea: “Hay que demorarlo”. Serrez había hecho hincapié en la puntualidad de los hechos, y cada año se había presentado a la hora exacta. Norberto sacó de la caja fuerte un viejo papel, aquel que no volvía a ver desde aquella tarde. Lo leyó en voz alta. Decía que el reclamo debía efectuarse exactamente a las 19:45, a cincuenta años de ese día: “Si evitamos que esté acá a esa hora, un minuto después ya será muy tarde y entonces habremos ganado”, le explicó a su empleado.
Juntos planearon como hacerlo. Martin arreglaría con dos tipos. Dejaría a uno en la puerta de cada entrada a la galería, esperando por Serrez. Él les daría la misma descripción que Giménez le había dado. Y cuando lo vieran, deberían hacer lo imposible por detenerlo, evitando que llegue, a quince minutos de las ocho de la noche.

Los últimos días Giménez los paso en un estado de alerta constante. Repasaba el plan con Martin una y otra vez, como el robo a un banco que no debía dejar nada librado al azar. Sin embargo cuando llegó la hora, el momento en que Giménez sonrió ante el anuncio en la puerta de su oficina, duro muy poco. Apenas un instante. Detrás del ayudante, al final de la escalera y parado a una corta distancia de éste, aguardaba Serrez. Martin vio la expresión angustiada de su jefe y se volteó. Luego preguntó: “¿Es él jefe? pero… ¡no puede serEl otro, era así como usted me dijo. El mismo color de pelo, los ojos, todo!

Serrez pidió permiso para ingresar a la oficina al minuto exacto de la hora pautada y se acomodó en una silla, comentando: “Hay un lío importante ahí afuera. Parece que le pegaron a un perejil que venia caminando. La calle esta difícil, ya no se puede confiar en nadie mi querido amigo” y al decir esto, clavó sus helados ojos en los de aquel hombre aterrado, agregando: “Ya no hay gente honesta que respete y cumpla sus promesas”. Giménez pálido, se desplomo en el sillón y mirando a su empleado, le hizo un ademan para que los deje solos. Martin salió corriendo a la búsqueda de ayuda. En la calle, entre el tumulto le pidió a un policía que fuera al rescate de su jefe, le explicó balbuceando por los nervios, que un tipo había entrado para matarlo. Cuando llegaron, la oficina estaba vacía. No había rastros de Giménez ni de Serrez y el joven ayudante nunca volvió a verlos.

Afuera en la calle el hombre golpeado miró su mano llena de sangre. Alguien le acercó un pañuelo preguntándole si estaba bien y si le habían robado algo. El hombre contestó que no, que solo habían venido directo a golpearlo, sin razón aparente. “Quizás lo confundieron” agregó el otro, “esas cosas pasan…”; “Quizás” contestó el hombre luego de unos segundos, aunque a su lado ya no había nadie a quien responderle.

“Too many misunderstandings, causing such delay.
And if it doesn’t work like this, well I’ll try another way”

Wanted – The Cranberries (Everybody Else’s Doing It, So Why Can’t We?, 1993)


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