La entrega

Era temprano cuando llegó y comenzó a ordenar la casa. Había mucho trabajo y tenía que ser lo mas expeditivo posible. Joaquín se propuso no detenerse en cada objeto y en cada detalle ya que siempre existía la posibilidad de perderse. De entregarse por completo a un sinfín de recuerdos que configuraban aquella puesta en escena, su hogar durante tantos años.

Así se lo propuso y comenzó mecánicamente a acomodarlo todo. Amontonando muebles en la habitación del fondo, tirando lo prescindible y guardando lo que tenía algún valor para él. En esa medida de valor Joaquín se permitió sentir un compromiso con ciertas cosas. Una necesidad de conservar retazos de aquello que lo había ido conformando, a él y a su vida.
Las horas pasaron. No paró de moverse por toda la casa, llevando y trayendo de un lado a otro. Guardando en cajas y tirando en bolsas. Recién casi al mediodía decidió sentarse un rato por primera vez a descansar. 

Al hacerlo quedó de frente a la biblioteca. En su familia siempre habían practicado el hábito de la lectura. Y se lo habían inculcado desde chico. Con lo cual muchos de esos ejemplares habían sido leídos por él. Sentado allí jugó a recorrerlos, como solía hacerlo siempre. Pronunciaba sus títulos en voz alta. Una suerte de revisión a la biblioteca familiar. De pronto se detuvo en uno. No recordaba aquel libro. Le pareció extraño porque nunca había dejado de estar atento a los nuevos que iban llegando, aún cuando ya no vivía allí. Se acercó, lo tomó y comenzó a leer.

La historia lo atrapó al instante. Relataba la vida de dos personas. La forma en que se conocían y cómo comenzaban a vivir juntos. Joaquín se dio cuenta en poco más de dos páginas de un hecho asombroso. Esa historia no era cualquier historia sino la de sus padres. Lo increíble es que estaba llena de detalles que él desconocía. Y la forma en que estaba narrada mostraba sentimientos de aquellos protagonistas que le resultaban fascinantes. Joaquín escudriñó la tapa del libro varias veces. Era como cualquier otro. Con la editorial y todo. Pero en ningún lado figuraba autor alguno. Siguió leyendo vorazmente sin detenerse. Leía y pensaba en lo increíble de aquel hecho.

Así anduvo por esas páginas y esa historia, recorriendo los primeros años. La llegada de un hijo. Un capitulo entero dedicado a la primera vez que aquel pequeño conoció el mar. Cada cosa estaba allí, cada detalle, cada sentimiento. Joaquín leía una novela que relataba su vida y la de su familia a la perfección. Pero desde una óptica que no era la suya, desde la mirada de otro. Poniendo en plano cuestiones que él no sabía o que habían quedado en su mente como meros interrogantes.

Al cabo de unas horas, llegó al último capitulo, uno donde se narraba el arribo de aquel hijo a la casa. La necesidad de acomodar muebles. De guardar cosas. De dejar todo listo para la llegada de otros. Estaba extasiado en la lectura. No sentía miedo, la mezcla de felicidad y tristeza no dejaba lugar para asustarse de lo increíble de aquella experiencia.

Finalmente la última página. En la novela ese hombre se encontraba sentado en el living, al igual que lo estaba haciendo él en carne y hueso. De pronto un sonido lo devolvió a la realidad. Alguien llamaba afuera. Decidió seguir leyendo ya que solo quedaba la última frase. En ella se leía: “Y finalmente, llegó el cartero”. Dejó el libro. Se levantó y se asomó por la ventana. En la vereda aguardaba un hombre con el uniforme típico del correo. Joaquín abrió la puerta y fue a su encuentro. El hombre le entregó un paquete y le pidió que firmara un recibo. Luego arrancó la hoja que estaba debajo de un carbónico y se la dió a modo de comprobante.

Al entrar nuevamente a la casa, Joaquín se sentó en el sillón y puso el paquete en la mesa ratona. Al abrirlo descubrió una caja de música. Le dio cuerda y al levantar la tapa, dejó al descubierto una imagen de cristal que comenzó a girar a medida que la música sonaba. Reconoció la melodía al instante, era una canción de cuna que le cantaban a él. El cristal giraba y comenzaba a reflejar en las paredes los rayos de la tarde que se filtraban por la ventana. De pronto todo se inundó de luz y Joaquín se internó lentamente en un sueño cada vez mas profundo, hasta quedar dormido en el sillón.

Al despertar no supo cuanto tiempo había pasado. Aún era de día. Miró la mesa ratona pero estaba vacía. Se levantó de golpe y buscó por todos lados. La caja de música y el libro habían desaparecido. Estaba mareado. No entendía que había sucedido realmente. Luego pensó en la posibilidad de que todo aquello hubiese sido producto de su imaginación. Era probable y lógicamente necesaria una respuesta de ese tipo a lo que había vivido. Claramente todo tenía que haber sido un gran y extraño sueño. Se sintió muy cansado, no quería mover mas muebles. Prefirió seguir otro día. Así que recogió sus cosas, cerró la puerta y se marchó.

En la calle pensó en lo ocurrido repasando esa historia. Su vida, la de su familia y esa casa. Quiso escuchar música. Del bolsillo derecho sacó su celular, pero al buscar los auriculares en el otro, sintió algo más con la punta de sus dedos. Un papel. Al abrirlo por el pliegue donde estaba doblado se quedó petrificado. Joaquín tenía en sus manos el comprobante de una entrega hecha por el correo esa misma tarde, en aquella casa. Aquél papel era la prueba irrefutable de lo vivido. Salvo por un detalle.
La firma al pie, claramente, no era la suya.

“And the nurse will tell you lies,
of a kingdom beyond the skies.
But I am lost within this half-world,
it hardly seems to matter now.”

The Musical Box – Genesis (Nursery Crime, 1971)