La escalera

El sonido se oyó en toda la casa. El barral de la escalera se partió y Joaquín se precipitó al vacío.

Natalia y Joaquín se habían mudado hacía un mes. La búsqueda de un lugar tranquilo y el poder comenzar una nueva vida, alejados de la ciudad, los había impulsado a vender su departamento. Dicha venta, sumada a un dinero ahorrado, les permitió animarse al cambio. Lo que más le gustaba a ella era estar cerca de una plaza. Amaba las plazas desde chica. Plazas de pueblo que conservaran “el encanto de antes”. Él disfrutaba tenér un altillo, lo anhelaba desde chico.

El inmueble demandaba ciertos arreglos, producto de veinte años de abandono. Los últimos propietarios habían sido el matrimonio Noher. Selena y Elías vivieron varios años felices en esa casa. Ella trabajaba como enfermera en el hospital Municipal y él era el cerrajero del pueblo. La dedicación a su oficio le había otorgando una buena reputación. Hasta él mismo alardeaba de su destreza cada vez que terminaba un trabajo. Siempre se lo escuchaba decir “He abierto otra puerta, no hay cerrojo que se me resista”. Al tiempo llegó Sofía. La paternidad llenó sus días de felicidad.

Joaquín había pensado armar el estudio en la habitación que daba al frente. Allí él podría dar clases de guitarra y Natalia de inglés, para sumar algo de dinero a sus ingresos como profesores de la escuela primaria. Aquella habitación había sido para los Noher el comedor principal, donde recibían a vecinos y parientes. El ventanal dejaba entrar el sol de la tarde y ambos disfrutaban sentarse ahí los domingos, luego del almuerzo, para leer o escuchar música hasta que el sueño de la siesta los venciera.

Natalia había imaginado como acondicionar los cuartos del primer piso. Eligiendo el color para el dormitorio principal y pensando en algo neutro para tapar el rosa del cuarto mas chico. Aquél que había decorado los días de la pequeña Sofía.

La cocina daba al fondo. En ese lugar Selena solía pasar largas horas probando nuevas recetas. Cuando Sofía comenzó a caminar, su madre la dejaba explorar el patio y la vigilaba mientras preparaba la cena. Natalia imaginó un futuro parecido, donde ella cocinaba y miraba por la ventana el gran nogal al límite de la propiedad. Definitivamente cambiaria los viejos azulejos. Los había elegido Selena, aunque a Elías, al igual que a Natalia, nunca le habían gustado.

Elías se rehusaba a depender de alguien para el mantenimiento doméstico. Era hábil para realizar casi cualquier arreglo. Joaquín no contaba con tales virtudes pero el hecho de querer ahorrar algunos pesos lo determinaron a ingeniárselas para echar mano a cuanto pudiera.

“La luz de las escaleras no es suficiente por las noches” le dijo Elías un día a su mujer. Hacía calor y decidió no dormir la siesta. En vez de ello se propuso cambiar el plafón que se encontraba en la pared a mitad del ascenso al piso superior. Joaquín por su parte quiso poner allí mismo una lámpara que había comprado hacía tiempo.

“¿Por qué no traés la escalera?” Le dijo Natalia al verlo con esa lámpara y la caja de herramientas, mientras ella subía a las habitaciones con mas muestrarios de colores para los dormitorios. “Mujer, ¡que si me estiro llego lo mas bien!” le decía Elías a Selena que con temor observaba desde abajo secando los platos y pidiéndole que tuviera cuidado.

“¿Yo que hacía en ese momento?” le preguntó Sofía a su madre muchos años después. “Vos jugabas en el patio cuando todo sucedió. Estabas buscando al gato del vecino que siempre andaba dando vueltas”
Selena sintió el ruido del barral cuando se vencía por el peso de su marido.

Natalia en el cuarto alzaba colores y los ponía a distancia. Imaginaba cómo quedarían en la pared cuando el crujir de la madera se sintió desde abajo. Selena apartó la vista del plato y alzó la mirada. Fue allí cuando vio el barral partirse y a Elías, perdiendo la estabilidad.

Natalia tiró el muestrario al piso y llamó a su marido “¿Joaquín?” sin recibir respuesta. “¡Cuidado Elías!” grito Selena dejando caer el plato que se hizo añicos en el suelo. Natalia salió de la habitación y se asomó a la escalera. Tuvo que forzar la vista, los rayos del sol la encandilaban. Selena observó como su marido caía. Un instante que duró una vida. Hasta sentir el golpe seco contra el suelo y luego nada.

Sofía había escuchado el relato de la muerte de su padre muchas veces. A medida que crecía volvía a pedirle a su madre que le contara como había ocurrido aquel “estúpido accidente”. Selena recorría el día mentalmente y recordaba cada detalle. “No entiendo como no logró asirse a nada” repetía en cada ocasión y luego apartaba la mirada. Viendo esa escena una vez mas sin lograr entender porqué él estiraba los brazos hacia lo alto mientras caía. ¿Por qué ese gesto?. Sus brazos estirándose con las palmas abiertas hacia la nada.
Nunca le contó a Sofía aquel detalle. Como tampoco lo que Elías dijo antes de morir. No quiso que su hija pensara que las últimas palabras de su padre habían sido las de un demente. ¿Como explicarlo? Pensó que quizás por el hecho de haberlas pronunciado tantas veces, él quiso repetirlas antes del final. Allí, tendido en el suelo y diciendo “He abierto otra puerta, no hay cerrojo que se me resista”.

Natalia acercó una mano a su frente e hizo foco en la escalera. Allí vio la baranda partida, con astillas en el suelo. Y a su marido sentado en un peldaño a salvo del accidente; blanco y tembloroso. Ella se acercó, lo abrazó y se sentó a su lado. Entonces pudo escuchar lo que Joaquín repetía una y otra vez. Una única palabra que se fundía en el silencio de la tarde: “Gracias”.

“It’s alright and all wrong.
For me it begins at the end of the road.
We come and go.”

End Of The Road – Eddie Vedder (Into The Wild, 2007)