La Fecha

Inés se levantó con la rutina de siempre: dos tostadas, cuatro mates, el agua templada antes de entrar a la ducha, tres recuerdos alegres y dos tristes antes de las ocho. Estaba lista una vez más, no sin antes asomarse al balcón de su departamento de San Telmo para regar la planta que le habían obsequiado en un cumpleaños. Ella tenía la certeza de que aquel manojo de hojas no sobreviviría, pero sabía que pensarlo, era una excusa por si se secaba un buen día.  

Trabajaba en un estudio contable y era buena en lo suyo. Prolija y exacta como un reloj suizo siempre. Reuniones, horarios y compromisos; todo lo manejaba a la perfección, sin lugar a equivocarse. No dejaba ningún detalle librado al azar.

Un mediodía de tantos, mientras volvía de un cliente, sintió hambre. Pensó en resolver algo sencillo, para continuar pronto y cerrar algunos temas pendientes. Caminaba por la calle Defensa cuando vio la entrada a un diminuto local. Al entrar, junto a otras diez personas, el mínimo recinto quedó prácticamente colmado. Vaciló un rato hasta que entendió la mecánica: alzar un brazo o asomar la cabeza al mostrador, sin aguardar un turno. Del otro lado una única mujer a la que llamaban Helena cortaba porciones de pizza en formas irregulares y las entregaba envueltas en servilletas, sin ofrecer jamás un plato o una bandeja. Aquello hizo que el tiempo previsto por Inés, demorara más de la cuenta. Eso y las charlas que ocupaban debates políticos, y filosóficos de toda índole y tenor entre Helena y varios allí presentes. Aquel protocolo caótico y demorado, a contra corriente de todo, enfureció a Inés, quien salió casi corriendo del lugar sin esperar siquiera el vuelto de su pago.

Fue al día siguiente, entre la segunda tostada, el tercer recuerdo alegre y el primero triste, abriendo la ducha de agua caliente, poco antes de las ocho: “¡La puta madre… la reputisima madre!” exclamó cual mantra una y otra vez; y una montaña rusa comenzó ahí mismo, el descenso en caída libre. Fue a su cartera buscando una pequeña libreta, y la vio: esa fecha en color rojo, antes carmesí y ahora color sangre. El mantra siguió, ocupándolo todo. A cada paso, la furia de un olvido. Una fecha que no debía haber pasado, pero que ya era ayer. Una fisura en su historial, por la que se filtraba un aire helado que le calaba los huesos. Se odió, con una convicción tan fuerte que nunca antes había sentido. No se permitía haber fallado.  No en su trabajo y menos (decía) de una forma tan irresponsable. Se fué olvidando la planta, el balcón y todo. Solo pensaba en ese olvido en medio de una marcha agitada e incesante. Transpiraba calor y odio por partes iguales, maldiciendo la ciudad en verano, de día y con ese sol. Y lo hizo en voz alta ante la mirada de un turista que sin entender del todo el idioma, evitó preguntarle una dirección, porque los gestos son los mismos en cualquier parte del mundo.

Intentó encontrar un porqué, quería un culpable. Empezó a desandar tiempos y acciones. Momentos y situaciones buscando el punto exacto, el quiebre donde todo colapsó. Pensaba y caminaba; caminaba y maldecía, armando la escena de los pasos dados. Finalmente se dijo que el problema fue no haber llamado antes, pero ese llamado no lo hizo porque se había ido muy tarde, cerrando el tema de Jeréz, lo que la demoró más de la cuenta. Y el tema de Jeréz lo empezó tarde porque su jefe la había retrasado en una reunión por el caso de los franceses. Y su jefe le dijo que tuvo que iniciar la reunión más tarde porque cuando la había ido a buscar a su escritorio, no la había encontrado. Y ella no estaba allí presente porque estaba aún en la calle… demorada en esa maldita pizzería.

Ante su sorpresa y como una ardid nefasto del destino, sus pasos se detuvieron justo ahí. Al levantar la mirada estaba en la misma esquina. Lo supo por el aroma, que ahora creyó narcótico. Como un veneno pensado para destruirla.

Desde el local, vio a Helena asomarse y mirar en su dirección. Luego la escuchó gritar: “¡ey piba! ¡vení!” y le hizo una seña para que se acercara. Inés no podía entender que quería, y porque la estaba llamando. Pensó en seguir su marcha, pero la insistencia pudo más.

Al acercarse al local, la mujer abrió la caja registradora y extendió unos billetes: “tu vuelto, ayer te fuiste y esto es tuyo” Inés la miró y queriendo culparla, maldecirla y odiarla en voz alta, se limitó a no recibir nada de su mano y argumentó vacilando: “No lo quiero… no lo necesito”. La mujer respondió: “¿no la querés o no la necesitas? ¿En qué quedamos? Dale agarrá” Inés sintió ganas de golpearla sin miramientos. Pensó ¿cómo podía odiar tanto a un extraño? Al punto de no poder manejar más sus emociones ni la situación, se tomó la cara entre las manos y comenzó a llorar desconsoladamente, con una angustia inmensa. La mujer perpleja, salió del mostrador y le acercó un vaso de agua. Luego la llevó cerca de la cocina y la invitó a sentarse junto a una pequeña mesa.

“¿Estás bien piba? ¿qué te pasa?” Inés comenzó balbuceando, anudada entre llantos y lamentos. “¡Una fecha, una puta fecha! Yo que nunca me olvido de nada. No me tendría que haber parado acá, tendría que haberme apurado. ¡Si hubiera visto antes la agenda!”

Helena aguardó un instante, dando tiempo a que Inés volviera a estar allí, librada de una tristeza enorme. Luego le dijo: “Una fecha… Te olvídate una fecha, ¿y tanto lio por eso?”

“Es que usted no entiende, mi trabajo…”

La mujer tomó una foto de un estante repleto de papeles y vasos. En ella se veía un hombre parado frente a una versión bastante anterior de ese local y con una nena en brazos. Se la acercó a Inés y señalando ese pedazo de papel dijo: “Mi viejo, el que armó este local. Yo soy el enjambre de rulos que está en su brazo. Un gran tipo. Acá se daban cita muchas personas solo para hablar con él ¿sabés? Una persona de una mirada muy crítica, pero siempre acertada. Han venido cajetillas del gobierno de turno y siempre… siempre hablaban de igual a igual. Yo lo admiraba. ¡Yo y muchos bah! Un buen día, pasó algo terrible para él: ¡se olvidó de una fecha! Así como vos ahora. Estaba desahuciado”

Inés miraba y no entendía nada. Estaba atenta a esa historia y a esa mujer, sentada en una cocina pequeña de una pizzería de San Telmo, con la cartera aún colgada al hombro y el maquillaje desarreglado por las lágrimas.

“¿Y sabés que se había olvidado?” -continuó Helena- “Mi cumpleaños. Ni más ni menos. Al otro día, cuando se dio cuenta, cerró el local y me fue a buscar. Me llevó a caminar por Buenos Aires. Me contó historias increíbles de los lugares y de su gente. Fuimos a almorzar y luego a tomar un helado, en un lugar que él conocía y quedaba a mil cuadras, caminamos todo el día. De ida y de vuelta”

Se hizo una pausa. Inés quebró el silencio entre ambas: “¿Usted con esto me quiere decir que hay olvidos peores que el mío y que a cualquiera le pasa? Porque si es así mire que…”

“No, para nada. Lo que te quiero decir es que de ese olvido me quedó el recuerdo del sabor de aquel helado. El más rico que tome en mi vida” Helena sonrió por primera vez ante los ojos de Inés y toda la cara pareció iluminarse. “Mirá, yo no sé qué tan complicado es para vos que se te haya pasado esa fecha. Pero quizás en un tiempo, lo que recuerdes de todo esto, sea una anécdota. Así que tratá de endulzarla”

“¿Endulzarla?”

 “Si… Metéle el olor de un café, o el calor de algún sol en el banco de una plaza. Ponéle colores. Pintala. La vida nos va metiendo cosas que nos tenemos que manyar” –dijo señalándose la panza- “Así como vienen. Sin poder elegirlas ¿viste? Pero nunca te olvides que el condimento, siempre corre por nuestro lado piba”

Cuando Inés salió a la calle estaba confundida, pero sintió una tranquilidad impensada. La ciudad vibraba a otra frecuencia dentro suyo y por primera vez, lo disfrutaba. Miró la hora, debía estar en la oficina. Tomo el teléfono y mandó un mensaje a su jefe inventando un trámite y alguna demora. Volvió sobre sus pasos, subió las escaleras y entró al departamento. Regó la planta en el balcón y arrancó algunos yuyos que crecían en la maceta; la puso en otro sitio, donde le diera más sol por la mañana. Luego acercó una silla y se quedó largo rato mirando las nubes, jugando a encontrar formas escondidas.

«Mira las nubes y veras que el cielo,
sólo hace preguntas todo el tiempo»

Mira Las Nubes – La Portuaria (Escenas De La Vida Amorosa, 1991)


Un comentario sobre “La Fecha”

  1. Qué bueno que no lo había leído antes y lo leí hoy, ahora, en este instante. Fue necesario y esperanzador. Gracias primi.

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