La moneda

Ambos tenían sus ojos clavados allí. Giraba en el aire reflejando los rayos del sol que los cegaba por instantes apenas perceptibles. Siempre una moneda para decidir. Él se preguntaba que estaba pensando ella en ese momento y ella lo mismo de él. Habían comenzado hacía tiempo con ese ritual. Una cara y una cruz que le conferían la mitad de las posibilidades a todo. Comprar esto o aquello. Ir en aquel viaje o quedarse. Él encima de ella o ella encima de él. Elegían así siempre, una cosa o la otra. Y armaban de esa forma, sus días, sus gustos y sus preferencias. Pintando un paisaje de posibilidades binarias.

No siempre fue así. Hubo un tiempo en que decidían por si mismos. Donde en cada alternativa sabían pararse de un lado de la moneda, porque les gustaba. Porque se sentían cómodos en sus elecciones y defendían ese lugar. A veces se movían de su sitio y daban la vuelta. De la cara a la cruz o de la cruz hacia el otro lado. Coincidiendo o no. A veces un poco, a veces no demasiado. Eran aquello entre el quizás, el tal vez o el pleno. En el pleno, cuando coincidían eran felices. Pero en las antípodas de aquel objeto circular era donde mas se disfrutaban, conociéndose y redescubriéndose a cada paso. A veces así, con uno en la cara y otro en la cruz, se extrañaban y decidían encontrarse un rato de un lado y un poco del otro.

En aquellos días pensaban que de esa forma eran genuinos. Pero debían hacer concesiones, claro. Y por evitarlas, poco a poco, dejaron que la moneda sea la que decidiera. La responsabilidad ya no fue mas de ellos y ambos sintieron en esa incertidumbre, un vértigo que los cautivaba.

Lo que no imaginaron era que aquella práctica, poco a poco los había despojando de sus formas y sus texturas verdaderas. No habitó más en ellos una forma de ser. Se convirtieron en el resultado de la suerte, a cada paso. Y en esa pérdida de identidad se fueron olvidando. Dejaron de verse con sus miradas. Jugaron un rol impreciso, donde podían ser ellos o cualquiera. Supieron que finalmente la suerte y el azar respondía igual de fortuito para todos.

¿Qué somos cuando dejamos de ser lo que somos? era lo que ella pensaba. ¿Qué versiones de nosotros dejamos atrás al no permitirnos elegir? reflexionaba él.

La moneda comenzó a caer.

Cuando pasó la línea de sus hombros él extendió su mano y la puso en el rostro de ella, rodeándole el mentón. “No mires hacia abajo” le dijo. Evitaron el abismo como quien sufre de vértigo. Desde aquella altura hacia el piso, con la incertidumbre tendida en el suelo. Sintiéndose extraños, pero invulnerables y a salvo. Se miraron a los ojos encontrándose nuevamente. Allí en los recodos de sus vidas, donde quedaban a merced de sus decisiones. Eligiendo por si mismos y aceptando las consecuencias. Donde el deseo de saberse distintos los excitaba mas que nada y los hacía buscarse y aprenderse nuevamente.

Finalmente se marcharon. Uno de los dos decidió a qué y el otro a donde. Atrás quedó el destino, desangrándose bajo el sol, de cara o cruz al cielo.

“Are you looking to drive my dreams?”
I Don’t Sleep, I Dream – R.E.M. (Monster, 1994)