La promesa

Dejé las cosas junto a la caja registradora y le hice un gesto al chino del mercado, como sosteniendo algo para afeitarme la barba que ya me molestaba. El tipo hablaba mi idioma, le podría haber dicho sin vueltas lo que andaba buscando. Así parecía que el extranjero era yo, haciéndome entender con señas. Pero a veces las palabras sobran o se me cansan de tanto sonar y me manejo con una economía absoluta del lenguaje. Lo indispensable para que la gente me entienda.

Agarré la bolsa con las cosas que compré y me fui caminando por la avenida. Decidí entrar en un bar. Hacía frío, necesitaba tomar algo. Busqué mi billetera, y me percaté de que ya no llevaba más nada en las manos. Subí las escaleras y en la barra señalé en el cartel de tragos un Manhattan. Luego me senté en la mesa de la esquina mirando por la ventana. En el reflejo del vidrio me sorprendió verme acicalado. Tuve que comprobarlo recorriendo mi cara con la yema de los dedos y al hacerlo retiré unos diminutos granos de arena que tenía pegados debajo del mentón.

Un tipo se sentó a mi lado con las manos en los bolsillos de un abultado abrigo de paño azul. Parecía que esperaba a alguien. Lo miré fijo, desafiante. Finalmente pregunté: “¿tenés?” y éste me extendió la mano derecha. La abrió dejando caer dos caramelos en la mesa, y sonrió. Luego quiso acercar la otra mano, pero la detuve con la mía. Me guardé los caramelos y le dije que así estaba bien.

Fue luego de terminar el trago, cuando me levanté y la vi. Lo primero que me vino a la cabeza fue la promesa que le había hecho hacía tiempo, aunque sabía que ella no la recordaría de todas formas. Me sentí mareado. Di la vuelta para volver a sentarme, pero la mesa ya no estaba. Había un mueble enorme con vasos, que ocupaba toda la esquina. Y por la ventana pude ver que al otro lado de la calle, el hombre de los caramelos esperaba un taxi, ahora vestido de traje y sosteniendo un portafolio.

Crucé el salón, sabiendo que me sería imposible evitarla. Aparté a la gente a mi alrededor abriéndome camino y me di cuenta que tenía en mi mano unas llaves de auto. Al pasar junto a ella reconocí el perfume y el sonido de su voz. Busqué su mirada, desesperado. Pero encontré otros ojos; otra mujer que apartaba su mirada, indiferente ante un extraño.

Dejé el lugar y respiré hondo, helaba afuera. La noche ya era absoluta. Retiré la alarma del auto y me subí, arrancando al instante. Tomé la autopista hacia el sur, buscando la costa. Y manejé sin detenerme. Fué luego de una hora, al mirar en el espejo retrovisor, cuando reparé en el hilo de sangre sobre mi frente. Lo sequé con el antebrazo y sentí entonces, un dolor en todo el cuerpo. Tenía moretones en el hombro y la cara.

Al llegar pasé por la confitería a la entrada de la ciudad y esperé a que abriera. Pedí un café con la mano, formando un arco entre el dedo índice y el pulgar, como dibujando en el aire la primer letra de esa bebida, o sosteniendo una taza imaginaria; nunca lo tuve del todo claro. Esperé el pedido y me fui al mar.

Llegué a la playa cuando el sol aún estaba saliendo. Me tiré en el piso con las piernas dobladas. Tomé con fuerza el café para calentarme las manos, y perdí mi vista en las olas. Me desconcertó la silueta de otro hombre en la playa. Vestía al igual que yo, pero cargaba con una barba de días y llevaba una bolsa de supermercado. Tenía los pies en el agua y seguía avanzando lentamente, sin mirar atrás. Luego se me acercó otro más, con manchas de sangre seca en el rostro y unos visibles golpes. No hizo falta que me dijera nada. Pude entender que se había peleado, y había robado las llaves de un auto en el medio del altercado.

De a poco fueron apareciendo otros, parecidos a mi… idénticos a mí. Todos mirando el mar y avanzando sin parar. Me levanté y volví sobre mis pasos. La playa se extendía ahora hasta el horizonte y no había construcción alguna que pudiera divisar. Al volver la vista al mar nuevamente, vi la cabeza del último de mis semejantes, desapareciendo bajo el agua.

Y cuando nada de aquél hombre ni de ningún otro quedó a la vista, ya no pude ver ni mis propias manos, ni mi cuerpo. Solo quedaron el mar y la arena, con dos envoltorios de caramelos arrastrados por el viento y una promesa susurrada, al oído de nadie.

“Even when the ship is wrecked, I promise.
Tie me to the rotting deck, I promise.”

I Promise – Radiohead (OkNotOk, 2017)