La sociedad de “Los sin festejo”

No se conoce con precisión la fecha en que se fundó la sociedad. Tampoco es un dato demasiado valioso, ya que ninguno de los que formaron parte habría pensado jamás en celebrarlo. Lo cierto es que Don José Ignacio Reyes fue el primero (se estima) que comenzó con éste tipo de encuentros. Aparentemente motivado por una gran depresión, un año decidió no festejar las fiestas. Y convocó a todo aquél que se encontrara al igual que él, para que en esas fechas se reunieran a no festejar nada, bajo el nombre de “Los sin festejo”.

Dicho evento sentó un precedente y año a año la sociedad siguió con sus reuniones eventuales, juntando a un grupo que rara vez estaba conformado por las mismas personas. Esto se debía a que muchos iban a algunos encuentros y cuando la vida dejaba de ser tan amarga, volvían a festejar con los suyos. También había un grupo de constantes depresivos o simples anarquistas del convencionalismo festivo que militaban por no faltar nunca y abogaban por un mundo sin fuegos artificiales, ni brindis ni nada parecido. Era el grupo de “los incondicionales”.

Las reglas de la sociedad eran muy simples. Y la más importante de ellas era que los encuentros debían pautarse solo en torno a celebraciones populares. Es decir, si alguien no quería festejar su cumpleaños o el aniversario de casamiento no debía usar a la sociedad como excusa. Solo aquellos eventos en los que el mundo o al menos un país entero esperara celebrar, eran factibles para un encuentro de tales connotaciones.

Don Reyes había adquirido cierta fama a los pocos años e inclusive lo buscaron para hacerle reportajes en diarios y revistas. En uno de ellos se destaca una parte en que el periodista, equivocado, entiende que la sociedad tiene como finalidad el reinsertar al “no festivo” en el mundo de los “jolgoriosos”. A lo que don Reyes responde: “nada más alejado de lo que la sociedad propone”. Citando sus palabras le contesta al joven periodista: “Éste es un lugar de reunión mi hijo para los que creen que no hay nada que celebrar. No se busca que nadie le diga lo contrario, ni mucho menos que esas reuniones sean para animarlo a uno, porque si así fuera se estaría celebrando el encuentro, ¿no le parece? Esto no es asistencia social. Éste es solo un rincón del mundo donde hay gente que pone la oreja, para que entre todos se pase el tiempo y listo”

Así siguió la sociedad por años. Con un número que iba variando. A veces reunidos en la casa de alguno, en otros alquilando un club de barrio y siempre dependiendo de la cantidad de personas que era tan indeterminada como los motivos que los movilizaran a ser parte.

Sin embargo un año ocurrió un hecho sin precedentes. Muchos eventos desafortunados se agolparon en esos doce meses. Una inundación, despidos producto de una crisis insostenible, lunas llenas cargadas de malos augurios y varias personas muy queridas que decidieron irse para no volver. Todo eso hizo que ese fin de año la cantidad de participantes creciera en un número inaudito. Se buscó un lugar que pudiera reunirlos a todos y en medio de gestiones de unos y otros se logró alquilar nada menos que el Teatro Colón. Aparentemente ese año un funcionario andaba bastante triste producto de un desamor y la idea de la sociedad lo motivó a gestionar lo necesario para que aquel singular monumento histórico fuera lugar de convocatoria con un fin muy inusual aunque no por ello menos noble. Hubo grandes detractores que se manifestaron como guardianes de la cultura y decían que aquello era un despropósito, una desfachatez. Y hasta una pequeña manifestación se llevó a cabo, cortando la 9 de Julio, para que se revisara la situación. La cosa que aquel fin de año casi dos mil quinientas personas, colmando la capacidad del teatro, se dieron cita en dicho lugar, preparados a no festejar. Decididos a no manifestarse con alegoría o entusiasmo frente a unas fechas que dejaban en ellos solo un profundo sinsabor duro de tragar.

A eso de las nueve las puertas se cerraron, siguiendo la estricta política del lugar. Todo quedó repleto de gente que no esperaba un acto vivo, ni interprete alguno. Una situación rara. Pero justamente “rara” era la idea misma de la sociedad después de todo. Los empleados en su mayoría se fueron a festejar con sus familias y algunos inclusive se quedaron, formando parte del encuentro.

La cosa fue que a poco de comenzada la noche, probablemente desde la cazuela, se escuchó una risa prolongada, poco habitual en aquellas reuniones. Con lo cual muchos callaron para parar la oreja, mirando a los responsables con un dejo de desprecio, intentando escuchar cuál era el motivo de aquel abrupto. Según cuentan en dicho lugar se encontraban dos personas que comenzaron a recordar interpretaciones que pudieron ver y oír allí en ese teatro como en tantos otros. De lo bueno de uno, de lo original del otro. De lo que más le gustaba de la obra del primero y así. Hasta que ambos sintieron una cuota de felicidad producto de esas letras y aquellas melodías, efecto que se manifestó en una larga y prolongada risa. Acto seguido, otros se sumaron a recordar eventos similares y poco a poco, la charla de aquel enorme teatro se amalgamó en una sola gran conversación con un anecdotario tan nutrido como suculento.

Cuando se escuchó la primera nota retumbando en la majestuosa sala, todos miraron instintivamente hacia el escenario. Algunos habían bajado al subsuelo, trayendo consigo instrumentos que habían encontrado. Se animaron y comenzaron a interpretar una vieja melodía. Al poco tiempo se le sumaron otros con bajo, flautas y violines. Así se fue armando una orquesta donde virtuosos y entusiastas sumaron sus sonidos en un recital más que inesperado. Hubo quienes aparecieron con el vestuario de algunas obras y cual juglares de otro tiempo se pasearon sin pudor ante la mirada de más de uno. Las horas continuaron y el repertorio se fue nutriendo de los pedidos de la gente. La banda fue cambiando de integrantes, mientras que unos reemplazaban a otros y cada uno interpretaba lo que sabía a un público que recordaba, marcaba el tiempo y les devolvía con aplausos su agradecimiento.

En el borde de la noche, uno dijo “¡Gente! ¡Son las cinco de la mañana!” y abrió la puerta de entrada. Los rayos del sol empezaron a teñir la sala de a poco y cada participante se retiró, dando fin al último encuentro de la sociedad. No se conoce ninguna otra reunión desde entonces aunque obviamente no es que falte gente y los motivos… siempre sobran. Aquella mañana los dos mil quinientos “sin festejo”, caminaron sin decir nada. Ante una ciudad desierta, llena de restos de bengalas, botellas y basura. Hasta que uno súbitamente, como quien no quiere la cosa y sin siquiera imaginarlo, esbozó una sonrisa. Y a su alrededor otros más lo siguieron, mirándose en silencio, con complicidad y hasta algo de vergüenza. Finalmente se fueron cada uno por su lado, afrontando un nuevo año y la misma vida de siempre.

“Me escapé sin pensar,
escuché a los Beatles
y me fui a buscar la soledad”

Vos También Estabas Verde – Charly García (Yendo De La Cama Al Living, 1982)