La torre

“- La canción sobre la bruja. Dicen que si se escucha en el lugar correcto puede conceder deseos”.
Habíamos fumado mucha hierba. Estábamos muy colgados como para dar veracidad a cuanto se decía. Sin embargo Julieta fue muy insistente con éste mito. “Hagamos una excursión mañana a la torre. Es la única torre en toda la ciudad, y mañana habrá luna llena. No veo un lugar y momento más oportuno”. La reunión prosiguió eliminando restos de Jack Daniel’s y cajas de Marlboros. Cerca de las ocho fuimos a desayunar en la esquina de la plaza. Y marchamos a dormir el sueño demorado muchas horas atrás.

Al día siguiente el dolor de cabeza duró más de lo previsto y me dedique a mirar sin ver por la ventana de mi habitación prestando atención al cambio de tonalidades a medida que el sol peregrinaba en su camino al horizonte. De pronto el sonido del teléfono me devolvió a la realidad. Era Rizo avisando que nos encontraríamos en una hora. De pronto todo volvió a mi cabeza. “¿La torre?, no hablarán en serio.” “Más serio que nunca hombre. Vamos, ¿qué otra cosa tenés que hacer? Por lo menos escucharemos música con una buena vista asegurada. ¿Qué más necesitamos?”

La idea me parecía ridícula. Desde que había llegado a la ciudad me había interesado en cada leyenda sobre la música de la zona. Lugares donde grabaron piezas emblemáticas y locaciones de conciertos históricos. Había visitado casas de artistas famosos y hasta frecuentado sus mismos bares. Solo por el hecho de intentar pensar lo que pensaron y embeberme de su magia. Pero no creía en cuentos de hadas y efectos milagrosos producto del uso de la música cual pócima. Sin embargo estaba solo y sin otro plan. Nunca había ido allí de noche. Así que agarre mi mochila, cargué algunas cosas y salí.

Llegué caminando y esperé en la entrada por más de media hora. Era evidente que nadie más vendría al encuentro pautado así que decidí subir a esa condenada torre y aprovechar la magnífica vista desde arriba. La noche era perfecta y solo la eterna neblina tapaba por momentos la bahía. Me encontraba con la única compañia de una gata negra que me miró con sus ojos amarillos y desapareció en la noche. Pensé en hacer lo convenido y escuchar aquella canción. Después de todo había llegado allí y no creía que volviera a repetir tal aventura. Me senté en un rincón y al hacerlo toque algo en el piso, al iluminarlo vi que era una caja con una dirección impresa. No me pareció extraño dado que en lugares como ése uno podía encontrar muchas cosas de transeúntes que por olvido o a propósito dejaban detrás. Decidí guardarla en la mochila y proseguir con mi ritual privado. Así quedé, acurrucado en un rincón, mirando por los arcos y escuchando aquellas palabras resonando en mis auriculares.

De pronto una silueta se reflejó en la pared interna del recinto. Pensé que alguien finalmente había decidió cumplir su palabra, pero rápidamente vi el cuerpo de un hombre desconocido. Él nunca me vió, dado que me encontraba en completa oscuridad. Comenzó a treparse a uno de los ventanales. Me di cuenta enseguida que ésta persona estaba allí por otro motivo. Estaba decidido a saltar y terminar con su vida.
En unos segundos que parecieron interminables dudé en qué hacer. Pero solo atiné a gritarle “Alto!”. Nunca asimilé lo peligroso de mi decisión. Hubiera podido tener un desenlace trágico por el solo hecho de asustarse por mi grito. Sin embargo el hombre miro detrás y solo retrucó con un “Váyase de aquí, esto no es problema suyo.”

Decidido a evitar la situación y no cargar con el recuerdo de un suicidio en primera fila por el resto de mis días entablé poco a poco una charla larga entre ambos. Se llamaba Eusebio y lo convencí a que me contara el porqué de su extrema decisión.
“He perdido hace años la única ilusión de seguir vivo en esta Tierra, la he perdido a ella y a esta edad ni ilusiones puedo mantener.” La historia de Eusebio era la de miles de hombres que debieron irse de su país y buscar un destino en otras tierras. Antes de su partida había frecuentado un viejo burdel donde se había enamorado locamente de Rita. Tal nombre obviamente no era el verdadero sino uno de fantasía (o artístico como quien dice). Jamás pudo olvidarla y le escribió cartas a la dirección de aquel lugar. Lamentablemente nunca recibió respuesta por el hecho de que aquel prostíbulo cerró sus puertas a poco de su partida.

¿Qué se puede decir cuando no hay nada para decir? Intercambiamos direcciones y números de teléfono. Le dije que esperara ver el día nuevamente. Que había seguramente cosas por las que valía la pena seguir adelante. Bajamos de la torre y estrechamos las manos en lo que terminó siendo un abrazo sincero. Me sentía extraño, con la alegría de haber hecho un acto noble pero a la vez con el sabor amargo de pensar en la historia de él. ¿Cuánto podemos anhelar un sueño, un amor, un encuentro?

Al día siguiente hable con mi grupo de amigos y luego de maldecirlos por haberme dejado plantado les conté mi encuentro de la noche anterior abriendo el debate de qué poder hacer con Eusebio. Me atormentaba la idea que intentara quitarse la vida nuevamente.

Al rato la batería de mi teléfono comenzó a indicar que estaba por agotarse y busqué en la mochila el cargador. Fue entonces que me topé con la caja, aquella que había encontrado con tan solo una dirección. Seguramente algún cartero la había dejado allí por descuido, aunque las cajas por más chicas que fueran no eran entregadas por carteros con bolsos. En fin, busque la dirección y fui hacia allí decidido a entregar el paquete. Me daba curiosidad su contenido pero preferí obrar correctamente y dárselo a su destinatario.

Al llegar me topé con una vieja casa victoriana, muy común en la zona. Toque el timbre y aguardé. Una mujer no tardó en asomarse. Me invitó a pasar y como sabía que la explicación de mi encuentro con la caja iba a demorar, acepté. Al rato, té helado mediante, Rosalía (tal era su nombre) auscultaba la caja con mayor incredulidad que la mía. Más aún luego de enterarse la forma en que yo había dado con aquel ítem. ¿Quién enviaría una caja sin destinatario? “¿Será para mi después de todo?” Pero como nadie más vivía en dicha casa decidió abrirla. Le dije que me iba a retirar pues no me sentía cómodo con el hecho de quedarme en ese momento. Sentía que estaba profanando algo que no era de mi incumbencia. Pero Rosalía me dijo que terminara el té tranquilo, que no había necesidad. Se retiró un momento para buscar algo para abrir la caja y mientras tanto comencé a recorrer la habitación con la mirada. Fotos viejas, algunos tejidos. Un piano en una punta con una caja de discos que me moría de ganas de revisar como cada vez que encuentro discos en alguna parte. Sobre la pared este, una biblioteca con varias enciclopedias y en la pared norte muchos cuadros. Todos con su firma. Estaba en la casa de una pintora finalmente. Cuadros de gatos, paisajes y gente mayormente. Recorrí cada uno hasta que de pronto llegué a un retrato que me congeló la sangre. Era la imagen de alguien que había conocido la noche anterior. Eusebio, un tanto más joven quizás, pero irrefutablemente, él.

Cuando Rosalía volvió me preguntó si me sentía bien por la cara que tenía. Me levanté y le señalé el cuadro. “¿Quién es este hombre, su cara me es muy familiar”. La expresión de ésta amable mujer cambio y sus ojos se pusieron tristes. “Un viejo amor del que solo el recuerdo me queda”. Y a poco de decir esto terminó de abrir la caja que yo le había llevado. Aquella sin destinatario, solo con una dirección, que contenía cada carta enviada por Eusebio a aquel burdel.

No hubo allí nadie que hubiera sabido que hizo Rosalía (o Rita) con su vida. Y muchos fueron los hogares donde ella vivió. No existe forma lógica en que esas cartas pudieran haber sido recolectadas y puesta en una caja con la dirección actual de ésta mujer. Y ese hecho marcó una posibilidad ínfima, única, de que yo me haya encontrado con Eusebio la noche anterior y con su amor eterno al siguiente. Nos tomó un tiempo largo el poder tranquilizarnos pero enseguida le di los datos de él, de cómo encontrarlo. Lo llamó y lloró desde que escuchó su voz hasta que me retiré de su casa.

“Finalmente era verdad después de todo” me dijo cuándo mis pies llegaban a la vereda. “La canción digo, permite conceder deseos”.
Me quede pensando y le contesté que en rigor yo no había pedido un deseo escuchándola. “Vos no pediste un deseo, vos fuiste artífice del deseo de otra persona y en tal forma también parte de esa magia”

Inicié mi camino en dirección al gran puente color rojo, meditando. ¿Cuántas veces esperamos cosas que nos sean concedidas de manera mágica o “porque deben llegar en algún momento” sin ponernos en movimiento para, de vez en cuando ser parte del deseo del otro? Permitiéndonos encontrar aquellos misterios que no necesitan explicación y ayudando a ser piezas de un rompecabezas que todos compartimos. Quizás la magia exista después de todo y esté dentro de nosotros.

… quizás solo necesitamos escuchar la canción correcta en el lugar indicado.

“She is like a cat in the dark and then she is the darkness”
“Ella es como una gata en la oscuridad y luego ella es la oscuridad”

Rhiannon – Fleetwood Mac (Fleetwood Mac, 1975)


4 pensamientos en “La torre”

  1. Bello, como siempre, me mata porque a medida que voy leyendo, voy imaginando un final obvio, que NO coincide con el que vos elegís para tu historia y eso me encanta, me sorprende, como reconocer que la magia claro que está en nosotros!
    Te quiero!!

  2. En estos dias justo estuve pensando mucho acerca del tema del lugar y momento indicado, sobre todo analizando acerca de cuanto tiene de “mágico” o si uno desde algún lugar se prepara para ser y estar en ese cruce espaciotemporal. Ahora leyendo tu cuento creo que estoy en el lugar y momento indicado, y es mágico. Gracias. Y feliz año nuevo para todos!

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