La visita

Emilia corrió a ver detrás de las cortinas. Helena, su madre, levantó la mano y gesticuló una reprimenda. Siempre le decía: “Fijáte quién es, sin que te vean. ¡Así si no querés abrir, no lo hacés y listo!” Pero Emilia era chica, sin lugar para desconfiar de nadie. “Es un hombre, mamá”. Helena observó por la mirilla y lo vio, aguardando del otro lado de la reja. “¿Le pregunto qué quiere?” dijo la pequeña. Helena le respondió que no, que ella se encargaba. Abrió el ventanal principal y emitió un seco “¿Si?”, esperando alguna respuesta que fuera lo suficientemente ligera como para cerrar el asunto y volver a sus tareas.

“Que tal, soy Zelaya, Leopoldo Zelaya. Estaba buscando a la señora Helena Runes”
“Sí, soy yo” -respondió ella- “¿Por qué motivo es?”
“Mire, yo fui amigo de su padre. Desde el instituto Sarmiento. Estuve fuera del país por muchos años y él me dijo que si algún día volvía, que pasara por acá. Si me permite, son solo unos minutos”

Helena jamás dejaba pasar extraños a su casa. Y si bien la apariencia y los años que ese hombre cargaba en sus hombros le daban cierta confianza, lo que logró convencerla era ese nombre. Leopoldo Zelaya. Lo había escuchado de boca de su padre en alguna que otra oportunidad. Helena vaciló por unos segundos mientras el invierno se filtraba por la ventana abierta. Luego miró a su hija y le dijo “Andá a tu cuarto y quedáte hasta que te diga” Emilia rezongó y se retiró.

Al entrar, el hombre le agradeció, diciendo que solo le robaría unos minutos. Que no quería molestarla. Cruzó el comedor y al llegar a la punta de la mesa, se sentó murmurando un sonido gastado, desinflándose en la silla como después de mucho andar.

“¿Gusta un vaso de jugo?” pregunto Helena.
“Si no es molestia. Muchas gracias”

Ella abrió la heladera y siguió hablando a la distancia: “¿Así que usted era amigo de mi padre?”
“Así es, muy amigos. Desde que teníamos cinco años. Al flaco Runes lo conocí en el patio del colegio. En ese entonces no íbamos al mismo salón, pero ya desde pibes había algo que nos juntó. Y de ahí en más fuimos acumulamos muchas anécdotas”
“Mi padre lo citaba recordando su juventud. Leo Zelaya, o el vasco. ¿Así le decían?”
“Si, mi familia era de allá y de ahí he vuelto en éstos días… Bilbao.”

Helena acomodó los dos vasos y se sentó a la derecha del hombre. Comenzaron a charlar sobre aquel pasado, la historia de esos niños amigos que fueron creciendo juntos. La escuela, los partidos de fútbol en el club del barrio. Las novias, las primeras salidas y el mundo que se les iba presentando desmesuradamente, en una época donde todo parecía ser posible. Leopoldo contaba y recordaba.

“¿Y por qué se fue a Europa?” –le preguntó ella sirviéndole el segundo vaso- “Por lo que cuenta tenía una vida bastante feliz por acá”
La expresión de Leopoldo cambió y sus ojos volvieron a tener el opaco de los años. Se tomó medio vaso de un tirón y tardó un momento en responder.
“Que se yo. Creo que los vascos tenemos la virtud y la desgracia de ser cabezas duras. Necesitaba conocer esa tierra de la que hablaban mis padres. Era una pulsión interna, una necesidad. Para ese entonces mis sueños, los de acá, se me habían emancipado, me habían dejado vacío. Y me fui a buscar otros.”
“¿En qué año fue eso?”
“En el… hace mucho Helena, mucho tiempo”

En ese momento un ruido llamó la atención del hombre, algo se movía desde el pasillo que daba acceso a los cuartos de la casa. Miró hacia allí y encontró a la pequeña Emilia apenas asomada.
“¿Y esta belleza como se llama?” preguntó.
Su madre respondió sonriendo: “Ella es Emilia. Vení, saluda a Leopoldo. Era amigo del abuelo”
Emilia se acercó y besó al hombre en la mejilla. Luego se acomodó en el sillón y se puso a jugar con una muñeca.

“Es muy linda, hermoso nombre”
“Si, se lo puse en homenaje a…”
“…a su madre” interrumpió Leopoldo.
“Así, es. ¿Conoció a mi madre?”
“Si, la tana Emilia. Una hermosa mujer. Ella abría el ventanal que tenían sus padres en Junquillos y Verdi, al lado de la ferretería, y todo el barrio suspiraba. ¡Esos ojos! Era como un ángel que aparecía cada mañana. Lo que aprendí de italiano fue gracias a ella. Iba a su casa los sábados por la mañana y me daba cosas para que lea”

Helena lo escuchaba y veía como Leopoldo abandonaba el lugar. Mientras recordaba, sus ojos veían otra época, olvidada al mundo, pero tan permanente como un cuadro para él.

“Espéreme un momento Leopoldo, voy a buscar algo” Helena fue a su cuarto y volvió a los pocos minutos. Al hacerlo lo encontró sentado en el sillón jugando con su pequeña hija. “Traje unas fotos, quizás le guste verlas” Se pusieron a recorrer imágenes, y en cada una él contaba historias de lo que veía. Era como si esos dos hombres hubiesen vivido lo mismo. Leopoldo sabía de cada foto, el porqué y el dónde.

“Ah, bien. Acá está. Esta es la que estaba buscando” dijo Helena. Y le acerco una foto donde estaba su madre junto a un hombre, sentados en el banco de la plaza.
Leopoldo la tomó y al hacerlo su pulso le falló. Helena vio como temblaba. Como se llevaba una mano a la boca ocultando el gesto de tragar saliva tratando de desatarse un nudo en la garganta.
“Ése es usted, con mi madre. ¿no?”
“Si, en la plaza de la Iglesia. Un domingo cerca de las fiestas de fin de año”

“Entonces es usted” le dijo ella.
“¿Yo?”
“Si, usted. Mi madre me contó mucho sobre usted. Después de que me separé, anduve muy angustiada ¿sabe? Mi madre fue una gran amiga en ese entonces. Y un buen día me empezó a contar. De alguien que había dejado una marca grande en su vida. Me confesó qué si bien ella amaba a mi padre, hubo otro que, de joven, supo llenarle la cabeza de ideas. Y esas ideas nunca la habían abandonado. Alguien con el que había descubierto un mundo con una música distinta. Decía que ella le enseñaba italiano los sábados por la mañana y él le regalaba otra vida dentro de la suya. Hasta un día me dijo que creía que mi padre algo intuía. Luego me contó que este amante un día se fue y que nunca más supo de él. Pero lo que jamás me quiso decir fue su nombre. Y creo que ahora lo he averiguado”

Leopoldo estaba mudo. Sacó un pañuelo torpemente de su bolsillo y se secó los ojos, que aunque no derramaban lágrimas, las contenían como dos grandes piletas.

“¿Por qué nunca volvió? Todos estos años” preguntó ella.
“Porque se lo juré a tu padre” respondió él.
“Si se lo juró entonces él sabía. Y en la puerta me dijo que fue él quien le dio esta dirección por si un día volvía. Mire, yo llegue a conocer muy bien a mi padre. Él hubiera soportado un romance de verano. Fue otra cosa. Hubo algo más que eso. ¿No es cierto?”

“Yo buscaba ideales Helena, era joven y quería el mundo para mí. Tu madre quería esta tierra, una familia y una vida tranquila… Y los dos queríamos mucho a tu padre. Él me envió una carta unos meses antes de morir. Allí me indicó ésta dirección” Leopoldo no pudo sostener la mirada y bajo su cabeza, hundiéndose en una amargura que podía sentirse. ”Perdón Helena. Dios sabe que no debí hacerlo, pero no pude evitarlo”

Helena lo escuchó atentamente. Luego se levantó de la mesa, caminó al otro lado del cuarto y se quedó mirando por la ventana. “Dice que Dios sabe. ¿Usted cree en Dios Leopoldo?”
El hombre tomó nuevamente la foto y mirándola fijamente replicó: “Yo sí. Pero es él el que no cree en nosotros”

Helena puso a recalentar un poco de sopa. Luego sin pronunciar palabra guardó las fotos, saco tres platos y los acomodó en la mesa. Le dijo a su hija que se lavara las manos y le indicara a Leopoldo donde quedaba el baño. Ya iba siendo hora de la cena.

“El eclipse no fue parcial, y cegó nuestras miradas.
Te vi que llorabas por él”

Té Para Tres – Soda Stereo (Canción Animal, 1990)